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    MANAGUA (Sputnik) — Solo por el hecho de haber sido conquistado por el Almirante Horacio Nelson, cuando era un joven capitán de la Armada británica, el Castillo del Río San Juan tiene un lugar en la historia, y para Nicaragua constituye además un símbolo de resistencia.

    Lejos de la fama y la fotogenia de las fortalezas homónimas del Morro, que custodian La Habana y San Juan de Puerto Rico, el guardián de la vía fluvial escribió en piedra la historia de la entereza del actual territorio de Nicaragua frente al apetito colonizador de Gran Bretaña en el Caribe.

    Edificado por orden de la Corona española en 1775 a la orilla del río San Juan, en un recodo conocido por los indígenas como Raudal del Diablo, el baluarte fue bautizado como Castillo de la Pura y Limpia y Concepción, en honor a la Virgen María, a la postre patrona del país centroamericano.

    En la actualidad El Castillo, la forma abreviada como lo identifican los nicaragüenses, constituye además uno de los principales focos de atracción turística del llamado País de Lagos y Volcanes.

    Imaginario patriotico

    "Hablar de El Castillo es hacerlo del imaginario patriótico nicaragüense porque esa zona del río San Juan, que le llamaban Desaguadero o El estrecho dudoso, constituye una explicación de la identidad nacional y la defensa de la soberanía frente a invasores extranjeros", dijo a Sputnik el catedrático Miguel Ayerdi, de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.

    "Ese sentimiento permanece sin borrarse porque ahí está El Castillo. Como parte del discurso patriótico nacional el río San Juan ha sido el sueño de un canal interoceánico que aporte prosperidad al país, tema sobre el cual existe consenso más allá de las banderías políticas", agregó.

    El historiador recordó que el San Juan, cuyo curso marca la frontera con Costa Rica, fue la primera vía de comunicación de Nicaragua con el exterior, y que ese valor estratégico lo hizo escenario de repetidas incursiones de corsarios y piratas.

    El río San Juan une las aguas del mar Caribe con las del Gran Lago de Nicaragua (o Cocibolca), al fondo del cual se levanta la ciudad de Granada, que junto a la de León fueron los dos principales núcleos urbanos de la antigua provincia adscripta a la capitanía General de Guatemala.

    Tanto el inglés Gallardillo como el francés William Dampier consiguieron entre 1665 y 1685 saquear la ciudad fundada al borde del mayor lago de Centroamérica en 1524 por el conquistador Francisco Hernández de Córdoba, recordó Ayerdi.

    Adelantar la defensa de la "Gran Sultana" frente a esas correrías determinó la edificación de El Castillo, de figura cuadrilonga y dotado de cuatro baluartes, tres cuarteles, capilla para oficiales y soldados, más otras dependencias como talleres y hospital.

    Examen bélico de un futuro almirante

    En 1780, a pesar de la resistencia que pudiera ofrecer el joven castillo español, Inglaterra decidió acometer la empresa de conquistar la vía fluvial-lacustre-terrestre que a través del sur de la actual Nicaragua comunicaba el mar Caribe con el océano Pacífico.

    El trazado de la que luego fue conocida como Ruta del Tránsito y enlazaba a las ciudades de Nueva York y San Francisco, se iniciaba con la remontada aguas arriba del San Juan, antes de atravesar el Cocibolca y el Istmo de Rivas, una franja de tierra de unos 17 kilómetros de ancho que separa el lago del Pacífico.

    En 1780 una expedición británica al mando de Lord George Germain navegó aguas arriba del San Juan con la intención de tomar la fortaleza y asegurar el control del Lago Nicaragua.

    Germain encargó a un capitán de 21 años que respondía al nombre de Horatio Nelson la dirección de las tropas que atravesaron la selva y atacaron la fortificación desde unas pequeñas elevaciones situadas en la retaguardia que todavía son conocidas como Lomas de Nelson.

    Casi un siglo después el gran escritor estadounidense Mark Twain, en un reportaje inspirado en su viaje transatlántico por la Ruta del Tránsito, se hizo eco de aquella página del expediente militar del futuro Almirante.

    "Al mediodía doblamos triunfalmente un recodo del río y ante nuestra vista irrumpió un majestuoso castillo español, reliquia colonial de los días del pirata Morgan y de sus hombres sin entrañas. Se asienta en la cumbre de un cerro con la selva a sus espaldas. Dícese que el Almirante Nelson, entonces sólo un simple Alférez de Navío, lo tomó un día y que esa fue su primera hazaña. La acción, que con 250 hombres le llevó varias horas, fue sangrienta y muy luchada", puede leerse en su extensa crónica de viaje "Divertido resbalón a través de Nicaragua".

    Nelson logró rendir la guarnición española, pero sus fuerzas fueron diezmadas por un enemigo invisible, la malaria, y debieron abandonar El Castillo en medio del bochorno tropical.

    Enclave turístico

    La más emblemática, por historia y solidez, de la cadena de 12 fortificaciones construidas por el imperio español en tierra de la actual Nicaragua, representa un enclave especial de la industria turística nacional.

    "Al pie del cerro yace un caserío de unas ocho casuchas desgranadas sobre doscientas yardas de la ribera": así era en los primeros días de enero de 1867 el poblado que avistó Mark Twain a las faldas de El Castillo.

    Dos siglos y medio más tarde El Castillo es un pintoresco pueblecito fluvial de vida en extremo apacible, por cuyas calles estrechas la mayor circulación es de bicicletas y peatones.

    Además de la piedra sedimentada en historia, la exuberante naturaleza del entorno ofrece al veraneante la posibilidad de iniciar caminatas al interior de la Reserva Biológica Indio Maíz.

    Y los más aventureros pueden imaginarse compañeros de viaje de Mark Twain mientras desandan río abajo, ahora en botes y kayaks, la corriente impetuosa del San Juan, que de vez en cuando muestra las reliquias de vapores hundidos, como las ruinas navales que identifican los raudales de Machuca y Los Sábalos.

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