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    QUITO (Sputnik) — Hace un par de meses Smiler, un pequeño niño de 3 años, con discapacidad física e intelectual, fue afectado por el COVID-19 y gracias a la ayuda de los líderes comunitarios de Valle Hermoso, un barrio vulnerable ubicado en Monte Sinaí, en Guayaquil (oeste) pudo obtener atención y medicinas para sobrevivir al virus.

    En Monte Sinaí el COVID-19 se sumó a la pobreza, falta de servicios básicos, problemas de drogadicción, violencia y analfabetismo, entre otros.

    "La situación en Valle Hermoso es muy dura; la mayoría de familias ha perdido el trabajo; nosotros ayudamos a que Smiler vaya al hospital y cuando salió tuvo medicina terapista; también ayudamos a que se entregue a la familia kits de alimentos porque con Smiler viven otros ocho niños, de entre 2 y 12 años, a cargo de su abuela", cuenta a Sputnik Dennise Rosado, una líder comunitaria de la zona.

    La comunidad de Monte Sinaí se conformó por sucesivas invasiones a lo largo de varios años, por lo cual sus habitantes no tienen legalizadas sus viviendas; solo en Valle Hermoso habitan 250 familias, cada una de las cuales en promedio tiene siete integrantes.

    La gran mayoría de los habitantes de Monte Sinaí se dedican a las ventas informales, pero la pandemia dejó sin trabajo a un 90% y, al no tener una dirección postal como referencia, les es más complicado encontrar un trabajo.

    Vigilancia

    Rosado tiene 25 años, un hijo de siete años y 6 meses de embarazo; es líder comunitaria desde los 19 años y ahora es parte de un grupo de 80 líderes que velan por el bienestar de los pobladores de Monte Sinaí.

    Es parte de la estrategia de Vigilancia Epidemiológica Comunitaria del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), que desde hace 10 años está presente en esta zona con la organización Desarrollo y Autogestión (DyA).

    Magdalena Zambrano, de 47 años, también es líder comunitaria en Monte Sinaí y al igual que Rosado se encarga de visitar los hogares para detectar problemas de salud, falta de medicinas, entre otras cosas.

    Entre marzo y abril, los meses más duros de la pandemia en Guayaquil, cuando en la ciudad colapsaron los servicios sanitarios y funerarios, en la cuadra donde vive Zambrano todos se contagiaron del COVID-19; ella hacía el seguimiento de cada caso, procurando que se hagan las pruebas PCR y tengan la respectiva atención médica.

    El virus también llegó a la casa de Zambrano y toda su familia se contagió, incluida su hija Brithany, de 8 años, quien tiene 76% de discapacidad física e intelectual.

    "Primero se contagió mi esposo, luego yo, mi hijo Allan y por último Brithany. Quedé en shock cuando le salieron las pruebas positivas (…) no esperaba que mi hija se contagiara", comenta Zambrano.

    Como consecuencia del COVID-19, Brithany fue afectada por el Síndrome Inflamatorio Multisistémico, que le produjo fiebres altas, sarpullido en el cuerpo y lesiones en su boca, entre otros síntomas.

    Zambrano contactó a DyA y la asistencia llegó oportunamente: la niña recibió atención médica, tratamiento y acompañamiento para superar la enfermedad.

    Tras varias semanas de tratamiento, Zambrano y toda su familia lograron vencer al COVID; ella se reintegró a sus labores de líder comunitaria y recorre nuevamente las calles de Monte Sinaí para ayudar a quienes lo necesiten.

    Unicef y DyA, en coordinación con el Ministerio de Salud y la participación activa de pobladores de Monte Sinaí, implementan la estrategia para la detección temprana de casos de COVID-19.

    Katherine Silva, oficial de Salud y Nutrición de Unicef en Ecuador, comenta a Sputnik que a más de la detección temprana del COVID, la Estrategia de Vigilancia Epidemiológica Comunitaria contempla atención integral en salud, a través de la identificación de vulnerabilidades en los niños, niñas, adolescentes y mujeres embarazadas.

    Además, se realiza apoyo y seguimiento de cada caso para lograr salud y bienestar en el marco del cumplimiento de sus derechos.

    Los líderes comunitarios se basan en el rumor epidemiológico: si escuchan que alguien se siente mal, que alguna a persona falleció con COVID, o que tiene algún problema respiratorio notifican al establecimiento de salud.

    A su cuidado tienen a mujeres embarazadas, niños que no han asistido a ponerse las respectivas vacunas, personas que están enfermas, niños con posibles casos de desnutrición, entre otros casos.

    En Monte Sinaí, donde los servicios de salud son limitados, la labor de líderes comunitarios como Rosado y Ortíz es fundamental pues ellos se preocupan por conocer quién tiene diabetes, asma, hipertensión u otras condiciones de salud para que reciban atención oportuna.

    También promueven el registro de nacidos vivos, identifican niños y niñas con desnutrición, anemia, tuberculosis, VIH, u otros problemas de salud; incluso verifican si están estudiando o no.

    Además de Guayaquil, el programa funciona en las provincias de Pichincha (centro norte) e Imbabura (norte).

    En Guayaquil son 6.000 familias y dentro de ellas unos 1.700 niños, niñas, adolescentes y embarazadas que han podido acceder a servicios de salud durante la emergencia sanitaria por el COVID-19.

    En Imbabura, el trabajo se realiza con comunidades Kichwas, se trabaja con 6.000 familias y se llega a cerca de 24.000 personas, enfatizando el tema de la interculturalidad.

    En Pichincha, el programa llega a más de 3.500 familias, aproximadamente 14.000 personas de 51 barrios.

    Según Silva, tanto en COVID-19 como en servicios esenciales hay resultados importantes, además de todo el empoderamiento de la comunidad, que se ha involucrado en la estrategia.

    Etiquetas:
    COVID-19, Guayaquil, Ecuador
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