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    Ante una marcada ausencia del Estado, la población boliviana se las arregló para sobrevivir a la primera ola de la pandemia de COVID-19. Este virus dejó enseñanzas en la sociedad para enfrentarse a futuros rebrotes que, de ocurrir, volverían a encontrar un sistema de salud sin capacidad de respuesta.

    La primavera llegó a estas latitudes. Cochabamba se tiñó de violeta, por las flores de miles de jacarandás que pueblan sus calles. También su millón y medio de habitantes empezaron a asomar de sus casas, luego de meses de un confinamiento que parecía eterno. La mayoría no olvida salir con su barbijo o mascarilla, pero a gran parte de la población ya se le pasó el miedo y anda con el rostro visible, sin importarle que lo identifiquen como irresponsable.

    Jacarandá en Cochabamba, Bolivia
    © Sputnik / Sebastián Ochoa
    Jacarandá en Cochabamba, Bolivia

    Según datos oficiales, en Cochabamba hubo 13.500 contagios y 1.100 muertes. Pero parecían muchas más en el invierno pasado, cuando los hornos crematorios no paraban de funcionar, los cementerios quedaron chicos y largas filas se hacían para comprar un químico desinfectante, el dióxido de cloro, que mucha gente bebió con la esperanza de matar al virus en el organismo.

    "Me da un poco de miedo, porque en todos estos meses el Gobierno boliviano podría haber equipado, o implementado planes para enfrentar esta situación, pero no lo ha hecho", dijo a Sputnik la socióloga Ilze Monasterio, investigadora de la asociación civil Ciudadanía. 

    Bolivia ocupa el tercer puesto en el ranking mundial de fallecimientos per cápita por COVID-19, con 69,9 muertes por cada 100.000 personas, según la Universidad Johns Hopkins, Estados Unidos, aunque desde principios de septiembre se evidencia un descenso en la cifra de muertes y contagios.

    Luego de meses dignos de las plagas bíblicas, con gente que moría en la vía pública o en la puerta de hospitales totalmente desbordados, sin personal de salud porque la mayoría también se había contagiado, todo hace pensar que la primera ola ya pasó. 

    Ahora, la población se relaja y se propone volver a la antigua normalidad, pero se espera con cautela la llegada de una segunda ola. Y es que una segunda ola encontraría al país —otra vez— sin capacidad para contener el virus y atender a quienes resultaran contagiados. 

    "Los centros de salud y los hospitales siguen con deficiencias graves. El personal médico aún padece el déficit de materiales de bioseguridad. En cuanto a su estabilidad laboral también siguen habiendo brechas que deben ser subsanadas", resaltó Monasterio. 

    Precarización en enfermería

    En estos días, en la ciudad de Tarija, al sur del país, se vencen los contratos de tres meses para 280 enfermeros y enfermeras. La Alcaldía y la Gobernación departamental evalúan la forma de hacerse cargo de su continuidad laboral, ya que el Ministerio de Salud se desentendió del tema, según comentaron. 

    A partir de este 1 de octubre, el Gobierno de facto de Jeanine Áñez determinó avanzar en la flexibilización del confinamiento que ya lleva siete meses. Se permite el tránsito en las calles desde las 5 AM hasta la medianoche. Los domingos, se podrá circular hasta las 16 horas. Todas las actividades están permitidas, salvo las nocturnas, por lo cual bares, karaokes y espacios similares solamente podrán atender hasta las 21.

    Todos los establecimientos deportivos, incluidas las piscinas, pueden reabrir mientras cumplan los protocolos de bioseguridad y el distanciamiento social requerido. Los cines y los teatros comenzarán a abrir al 50% de su capacidad.

    Hasta ahora, en Bolivia se registraron más de 135.000 contagios. Según el último reporte epidemiológico del Ministerio de Salud, el 30 de septiembre hubo 670 casos. De ellos, 466 correspondían a la ciudad de Tarija, a donde se mudó el epicentro de esta crisis sanitaria. 

    En mayo pasado ya había atacado con fuerza al departamento amazónico de Beni. A partir de junio, hizo estragos entre las poblaciones de Santa Cruz de la Sierra y Cochabamba. En julio estalló en La Paz. Pero ahora, los departamentos donde ya arrasó el coronavirus registran como mucho 20 contagios diarios.

    Más control

    Socióloga Ilze Monasterio
    © Foto : Gentileza asociación civil Ciudadanía
    Socióloga Ilze Monasterio

    "Este Gobierno hace lo mismo que muchos de los Gobiernos de América Latina, que venían arrastrando una crisis política institucional desde antes de la pandemia. Han utilizado esta situación para imponer medidas de acción autoritarias, represivas. Han impuesto un control excesivo arbitrario, militar y policial", describió Monasterio.

    "Es paradójico, pero el Gobierno boliviano seguía abasteciéndose de gases lacrimógenos, mientras los médicos no tenían ni barbijos para atender a los enfermos", agregó.

    Al comienzo de la pandemia, en toda Bolivia no había más que 100 respiradores artificiales para una población de 11 millones de personas. En ese momento, el Gobierno de Áñez se había comprometido a adquirir 500 nuevos respiradores, para lo cual pagó 4,7 millones dólares a una empresa española. 

    Cada aparato costó 28.000 dólares, cuando en realidad costaban 7.000. Esta causa, que está en investigación pero no avanza, reporta un daño al Estado por tres millones de dólares. Por este motivo estuvo preso quien era ministro de Salud, Marcelo Navajas, pero ahora se encuentra con prisión domiciliaria.

    Hubo otros casos de corrupción en la compra de equipos para enfrentar al coronavirus, que están en investigación y afectaron seriamente a la imagen de Áñez. Finalmente, tuvo que retirar su candidatura para la presidencia de las elecciones del próximo 18 de octubre, por lo mal que medía en las encuestas. 

    Así que Bolivia tuvo que atravesar una pandemia con no más de 100 respiradores. "El país ya acarreaba una abandono crónico en su sistema de Salud, desde la época republicana, que tampoco ha sido subsanado en el Gobierno pasado. Pero estos hechos de corrupción en plena pandemia fueron para muchos sectores algo imperdonable, una burla al pueblo boliviano", dijo Monasterio.

    Peligroso dióxido de cloro

    "Yo también he usado dióxido de cloro. La gente no sabía cómo combatir una enfermedad nueva. El mismo Estado no ha dado ningún protocolo. Hubo mucha desinformación, así  que mucha gente ha usado el dióxido de cloro y se ha vuelto famoso", contó Helga Cauthin, politóloga e integrante de Nuestra Olla Común, un colectivo de activistas que se creó durante la pandemia para colaborar con alimentos en los barrios más empobrecidos de Cochabamba.

    "El Senado ha aprobado el uso del dióxido de cloro en una ley. El departamento de Cochabamba también ha aprobado una ley regulando su uso. Muchas universidades, como la de Tarija y la de Oruro, lo están elaborando. La gente lo ha tomado, algunos se han intoxicado, porque es un poco como la lavandina. Así que si tomas mucho te intoxicas", explicó Cauthin.

    Ante la desinformación, también la desesperación, gran parte de la población comenzó a automedicarse con píldoras cuya eficiencia para combatir al COVID-19 no está comprobada. Es el caso de la azitromicina, un antibiótico; y la ivermectina, un antiparasitario de uso veterinario.

    Muchos optaron por recurrir a la medicina tradicional, que consiste en plantas y hierbas que milenariamente se usaron en estas tierras. "Las usé. No te curan, porque no hay cura para el coronavirus, pero me han ayudado a bajar la carga viral", explicó Cauthin. 

    "La manzanilla sirve para la inflamación, también el wira wira ayuda a desinflamar los pulmones. El jengibre es bueno para el resfrío y beneficia al sistema inmunológico. También la miel y el matico, que es una planta del oriente que tiene compuestos similares a la ivermectina", detalló.

    A pesar de que se recuperó hace un mes, Cauthin comentó que le ha quedado fatiga y debilidad corporal. En marzo pasado, cuando comenzó el confinamiento, ella junto a otros activistas comenzaron a reunir donaciones de ropa, alimentos y medicamentos para llevar a los barrios de la zona sur de Cochabamba, la más afectada por la pobreza y también por el COVID-19. Es posible que ella se haya contagiado realizando esas tareas.

    "Hacemos colectas y cocinamos en ollas comunes. Se reparten raciones de alimentos entre los vecinos más pobres. Ellos se han organizado por su cuenta para apoyar a los que estaban enfermos, también a las madres solteras. La solidaridad entre sectores populares ha ayudado un poco", comentó Cauthin. 

    En esta zona queda el basurero municipal de K'ara K'ara, cuya entrada bloquearon varias veces este año, para reclamar atención de parte del Gobierno ante la pandemia. En muchas ocasiones fueron reprimidos por la Policía como toda respuesta.  

    Decesos

    Según el Ministerio de Salud, hay registrados 7.931 decesos por coronavirus hasta el 30 de septiembre. Pero según el Servicio de Registro Cívico (Sereci), entre junio, julio y agosto hubo un exceso de mortalidad de 14.000 personas. Es decir, un aumento desproporcionado en la cantidad de muertes, en comparación con periodos anteriores y sin pandemia. De acuerdo con estos datos, la cantidad de fallecidos sería el doble.

    Monasterio, que nació en Beni, visita allí a su familia cada vez que puede. 

    Para ella fueron muchos más. "Realmente la situación se salió de las manos, en el sentido de la cantidad de muertes, del colapso de los hospitales. Trinidad, la capital de Beni, no cuenta hasta hoy con un hospital de tercer nivel. Solamente había dos respiradores. La gente moría en sus casas, esto lo digo con conocimiento de causa".

    "Ha sido devastador ver un cementerio lleno, que se ha tenido que construir solo por esta pandemia", agregó.

    Con la mayoría de las actividades laborales y recreativas en plena reactivación, pareciera que pocos aceptan recordar aquellos paisajes de muerte y desolación, que transcurrieron hace apenas dos meses.

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    corrupción, salud pública, Gobierno de Bolivia, Jeanine Áñez, COVID-19, coronavirus, coronavirus en América Latina, pandemia de coronavirus, Bolivia
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