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    LIMA (Sputnik) — El presidente de Perú, Martín Vizcarra, quizá nunca tuvo intención de estar en el cargo. La jefatura máxima del país le cayó por cosas del azar y, con casi 2 años y medio al mando, ha llevado adelante su gestión sin bancada en el Congreso, una labor de equilibrista y el primer caso de ese tipo en la historia del país andino.

    Recapitulemos primero cómo Vizcarra llegó al poder. En las elecciones de 2016, gana la presidencia Pedro Pablo Kuczynski, a quien Vizcarra acompañó en su plancha como primer vicepresidente. En esos comicios, el partido opositor, Fuerza Popular (fujimorista, derecha), consiguió 73 curules en un Congreso de 130, una mayoría aplastante y una bancada muy superior a la entonces bancada oficialista de Peruanos por el Kambio (derecha), que sólo obtuvo 18 representantes.

    La líder de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, perdió la presidencia en segunda vuelta por un margen muy estrecho - poco menos de 50.000 votos de diferencia - y eso, por conversaciones privadas que fueron reveladas por la prensa, evidenció que el fujimorismo tenía la idea de que la elección le fue "arrebatada", sin más sustento que la frustración por haber estado tan cerca para nada. Desde entonces, Fujimori y sus congresistas obstruyeron la labor de Kuczynski, con su destitución como su principal objetivo político.

    Luego de una relación tensa, el Congreso de mayoría fujimorista logró que Kuczynski renuncie por escándalos de corrupción, aunque luego de dos intentos por sacarlo del cargo. En ese momento, marzo de 2018, Vizcarra asumió la presidencia por sucesión. El fujimorismo aplaudió el cambio de presidente, quizá en la idea de que asumía un mandatario blando y manejable.

    Apenas un provinciano

    Por su parte, la bancada oficialista, leal a Kuczynski, otorgó su apoyo al nuevo presidente, pero fue una posición que no se tradujo en la realidad. En tiempos convulsos, surgieron diferencias entre un personaje al que, el propio partido que lo ayudó a alcanzar el poder, nunca imaginó que esto se haría realidad.

    A Vizcarra nadie lo quería, al menos en la presidencia; algo que quedó evidente cuando uno de los principales congresistas de Peruanos por el Kambio y hombre de confianza de Kuczynski, Carlos Bruce, declaró en 2019 que Vizcarra no era "un político" sino "sólo un exgobernador regional" (cargo que ostentó entre 2011 a 2014) y que fue incluido en la plancha presidencial porque se necesitaba "un provinciano" ya que habían "demasiados blancos", en referencia Kuczynski y la segunda vicepresidenta, Mercedes Aráoz, ambos de rasgos pobremente "mestizos".

    Con Vizcarra como jefe de Estado sucedieron dos cosas: el fin de la breve primavera que tuvo con el fujimorismo cuando éste reparó en que el presidente estaba imbuido de reales ganas autónomas de gobernar; y la ruptura con su bancada. Se configuró así un escenario inédito en la historia republicana: un presidente solitario, llevando las riendas sin nadie que se la juegue por él en el Legislativo.

    Sin embargo, Vizcarra no tardó en darse cuenta de cómo salvar esa orfandad y apeló al aliado que, ciertamente, lo ha apoyado y ayudado a mantenerse firme en el mando: el pueblo peruano, su capital político más importante.

    Enfrentado con un Congreso que gozaba de bajísima aprobación ciudadana, durante 2019 Vizcarra peleó por llevar adelante las reformas políticas y judiciales que asumió como políticas de Estado. El parlamento buscaba que nada cambie. Por su parte, la ciudadanía empezaba a acumular encono pidiendo el cierre del Legislativo. El jefe de Estado conseguía poder respaldado por su aprobación cada vez más alta.

    Con un ojo en los sondeos

    En septiembre del año pasado, luego de que el Congreso le negara dos veces su apoyo, Vizcarra lo disuelve bajo el aplauso del más del 80% de peruanos. Si ha habido algo que ha ayudado a Vizcarra a gobernar sin apoyo congresal, es gobernar con apoyo ciudadano; aunque eso le haya significado una labor de equilibrista pues el pueblo es volátil y así como te da sus favores un día, al menor sentimiento de descontento también te los retira.

    Con un nuevo Congreso elegido en reemplazo del cesado y que asumió en enero de este año, las cosas no cambiaron para el presidente pues igualmente no tiene representación ni bancada.

    Sobra decir que a estas alturas, el jefe de Estado de Perú no tiene afiliación a ningún partido. Insólito ciertamente, pero esa orfandad la ha sabido sortear tratando de no perder su único capital político: la ciudadanía; en un escenario que lo ha obligado a gobernar mirando constantemente los sondeos de aprobación y, según sus críticos, a "pechar" al Congreso -que la mayoría de la ciudadanía sigue cuestionando - cada vez que su aceptación baja.

    Como se dijo, Vizcarra propuso una reforma política que incluía, entre otros aspectos, que las elecciones congresales se realicen luego de las presidenciales, de manera que la ciudadanía, conociendo quien es el presidente, vote a sus parlamentarios con la idea de mantener un equilibrio de fuerzas y evitar que se repita el caos que ha provocado tener un jefe de Estado desamparado. El Congreso no aceptó esa propuesta y quizá a Perú le quede pasar por otro Gobierno difícil luego de las elecciones generales del año que viene.

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