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    El país centroamericano concentró sus políticas durante los últimos años en garantizar la seguridad alimentaria de su población repartiendo semillas híbridas. Eso trajo otras dificultades y Sputnik te cuenta cuáles.

    Cinco décadas atrás, en los albores del conflicto armado en El Salvador, la situación del campo salvadoreño era muy complicada: a la falta de acceso a la tierra, se sumaba la carestía de los productos necesarios para trabajarla.

    "Eran pocas las personas que tenían tierra, porque la tierra se concentraba en pocas manos. El único recurso que tenía la gente era ir a las huertas de café o a la zafra de caña, dónde podía ganar un poco de dinero, en condiciones deshumanizantes", explicó a Sputnik, el sociólogo salvadoreño, Jaime Rivera Miranda, desde el Departamento de Chalatenango, al norte de El Salvador.

    Rivera Miranda es de origen campesino, de un municipio llamado Arcatao, que junto a otros pueblos del fronterizo Departamento de Morazán se involucraron en el conflicto armado, porque les sobraban los motivos.

    La única forma que tenían de sobrevivir era trabajar el campo, sin embargo la explotación era muy grande, no tenían dónde dormir, sólo recibían una comida al día que en general, no servía. Esas condiciones muy feas los motivaron a organizarse y exigir mejores condiciones", explicó la fuente.

    Es así que al fin del conflicto, uno de los reclamos en El Salvador articulado en el proceso de paz tuvo que ver con el reparto de la tierra agrícola. Así, el Estado se comprometió a dar un pequeño terreno a los excombatientes dónde pudieran cosechar para comer.

    "En algunos casos no se cumplió, pero la mayoría de la población en este municipio sí obtuvo un terreno para producir", explicó el sociólogo.

    Semillas híbridas para todos

    El dilema afloró con una nueva cara: la tierra necesaria para la subsistencia había llegado, pero el agro salvadoreño había sido descuidado durante dos décadas de represión estatal que, junto a un empobrecimiento generalizado de la población hacían que, aunque la gente tuviera la tierra y la voluntad de hacerlo, no tenía con qué producir.

    El campo no lograba satisfacer las necesidades alimenticias de su propia población y se habían adoptado algunas variantes: cosechar sorgo y hacerlo harina para usarlo como sustituto de las tortillas de maíz. Rivera explicó que el sorgo se daba mejor en esa zona sin fertilizantes que el maíz y por eso, la gente mudó el hábito alimenticio para ajustarse a lo que tenía alrededor.

    El acceso a la tierra tras los acuerdos de paz motivó en Arcatao algunos cambios: actualmente en 70% de la población produce granos básicos como el maíz, frijol y calabaza —ayote, como se le dice localmente— pero "ahora es diferente porque la producción se hace siempre con fertilizantes, hay mayores comodidades y la mayoría de la población tiene por lo menos un terrenito dónde producir", explicó la fuente.

    El cambio que se operó también durante la última década en que la izquierda, que llegó al Gobierno con el Frente Farabundo Martí para la liberación nacional (FMLN) promovió desde el Estado políticas referidas al sector campesino y agrícola del país, que durante una década busco el fomento de la "seguridad alimentaria y nutricional" en El Salvador.

    "Desde que la izquierda entró al poder, el Estado apostó por la seguridad alimentaria y nutricional mediante la entrega de semillas híbridas a la población", explicó el sociólogo salvadoreño a Sputnik quien dijo que junto a las semillas, se entregan fertilizantes como parte de la política social de apoyo campesino.

    "Sin embargo, a veces considero que la población se va acomodando un poco y cada vez más, solamente a recibir de una manera asistencialista", señaló el investigador.

    Esta minireforma agraria que repartió tierra en El Salvador tras el conflicto, promovió que en los últimos veinte años la mayoría de la población de los municipios del norte, pegados a la frontera con Honduras, empezaran a producir para su subsistencia. El problema, alertó Rivera Miranda, fue que en vez de favorecer las semillas comunitarias, se prefirió desde el Gobierno difundir semillas híbridas, que están regidas por el derecho de las empresas que las producen y las venden a los Estados.

    El sociólogo respondió sobre qué efectos ha observados de la aplicación de esta política diciendo que hay una pérdida de las semillas criollas y con ellas, de la soberanía nacional.

    "En El Salvador más que nada se ha trabajado la Seguridad alimentaria pero no la Soberanía, que implica poder preservar tus variedades adaptadas a estos suelos, hacer bancos de semillas autóctonas, y muchas más. No se le toma la debida importancia a nuestra semilla criolla", concluyó.

    La reciente salida del FMLN del Gobierno nacional que impulsó este modelo abre la incertidumbre sobre el rumbo que tomarán estas políticas de apoyo. En 2019, El Salvador eligió a Nayib Bukele por la mayoría absoluta de los votos —un millón y medio de personas— como presidente constitucional del país, quien hizo su trayectoria política dentro del Frente —como alcalde de Nuevo Cuscatlán en 2012 y de San Salvador, la capital, en 2015— pero quebró su vínculo político en el año 2017.

    Menos de dos años después, Bukele fue electo presidente de la República por su propia alianza bautizada GANA, junto al pequeño partido de centro, Cambio Democrático.

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