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    SAN SALVADOR (Sputnik) — "Si todos nos ayudáramos sería bonito, pero algunos se están aprovechando", lamenta M., madre soltera que vive el drama de muchos pequeños empresarios en El Salvador luego de tres meses de cuarentena obligatoria.

    M. conversa con Sputnik contrariada, pues el dueño del local que arrienda para su negocio ya le dijo que no le rebajará 1% del alquiler, y que ni siquiera había contemplado esa posibilidad porque, como a todos, a él también le urge el "pisto" (dinero).

    "El problema es que llevo desde marzo a golpe de ahorros, pagando la seguridad social de mis empleados, locales, insumos… Mucho desembolso, pero de retorno, solo miedo", nos cuenta, bajo condición de anonimato, más por desahogarse que por denunciar.

    Esta semana tuvo un atisbo de esperanza, pues su negocio está entre las actividades que la administración del presidente Nayib Bukele incluyó en la primera fase de una esperada reapertura económica en medio de la pandemia del coronavirus SARS-CoV-2.

    Sin embargo, sus empleadas se rehusaron a incorporarse por miedo al contagio. Después de todo, la cuarentena terminó, pero la enfermedad persiste, y luego de tanto encierro la gente ha salido a las calles ansiosa, con más miedo a morirse de hambre que de COVID-19.

    M. es una mujer empática y puede entender la inquietud de sus empleadas, pero siente que ellas no comprenden la suya, o parece no importarles: ya necesita abrir, porque los pagos siguen, las deudas crecen y la ayuda prometida por el Gobierno no acaba de llegar.

    Cuando la iniciativa no basta

    Abogada de profesión, M. no espera maná del cielo y se "rebusca": aparte de dos locales de servicio dirige una venta de refrigerios en una concurrida arteria de San Salvador, y renta dos viviendas, herencia familiar, en una colonia de clase media-alta.

    Sin embargo, todas las iniciativas económicas se desplomaron debido al confinamiento domiciliar obligatorio decretado por Bukele el pasado 21 de marzo, ante la inminente entrada de la pandemia y su eventual propagación por el país.

    "Mis inquilinos no me pagan hace tres meses, porque tampoco están ingresando, y ya deben impuestos a alcaldía por viviendas que están a mi nombre", nos cuenta, y a continuación hace un mohín de escepticismo cuando se le pregunta por el apoyo gubernamental.

    En sus cadenas nacionales, que ya son vistas en El Salvador como un nuevo género en la industria del entretenimiento, Bukele afirma que ningún pequeño o mediano empresario será abandonado, y habla de créditos favorables para resucitar sus negocios.

    En teoría, esa ayuda vendrá del Banco de Desarrollo de El Salvador (BANDESAL), cuyo presidente, Juan Pablo Durán, afirmó que los empresarios afectados por la pandemia solo tendrán que firmar un pagaré para acceder al financiamiento.

    Se habla de 600 millones de dólares para asistir a unas 200.000 personas, ya sea mediante subsidios directos y préstamos a bajos intereses, sobre todo para pequeñas empresas informales, cuyo personal cotice en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social.

    El problema es que recién ahora BANDESAL trabaja en la actualización de una base de datos, y entre la presentación de la solicitud, su trámite y aprobación, a M. le preocupa que el dinero caiga, con buen tiempo, a finales de año. Y al final es una deuda más.

    Riesgo de colapso

    No solo el sistema de salud, la situación de la pequeña y mediana empresa también está al borde del colapso en El Salvador, donde los potentados pueden resistir, los empleados públicos son asunto del Estado y el sector informal nunca ha tenido mucho que perder.

    Sin embargo, para los emprendedores la cuesta se hace más larga y empinada, y no pocos se verán forzados a cerrar negocios que han sido su proyecto de vida, fruto de sueños y desvelos, de tenacidad y sacrificios.

    "Estamos ante un ajedrez que te obliga a pensar y sopesar cada movida. Está duro para el empresario enfrentar solo lo que se viene, la ola es bien fuerte", reflexiona M., que para abrir sus locales tendrá que hacer una inversión extra, por protocolos sanitarios.

    De entrada, tendrá que comprar alfombras para desinfectar zapatos, lejía para empaparlas, mascarillas y alcohol gel para sus empleados, guantes, basureros para desechar los barbijos y rótulos para regular el acceso de los clientes, sin contar sus costos habituales.

    A M. le ayudaría que su arrendador fuera flexible con el alquiler; que resultara elegible para el salvataje de BANDESAL y que el dinero llegara pronto; que pudiera abrir al menos uno de sus negocios, y que las "maras" (pandillas) no lleguen a incordiar.

    También le ayudaría que sus empleadas vencieran sus reticencias y fueran a trabajar, pero para sus miedos M. no tiene un remedio, ni corazón para ponerse drástica como patrona: "Estamos hablando de la vida, no las puedo obligar".

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    COVID-19, pandemia de coronavirus, coronavirus en América Latina, coronavirus, cuarentena, El Salvador
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