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    Se sabe que la pandemia amenaza la supervivencia de millones de personas. Se asume que el colectivo de artistas será uno de los más damnificados por la crisis económica aparejada al coronavirus. Pero apenas se menciona la fragilidad contractual que deja a los cantantes líricos a merced de una inestabilidad tenaz y constante.

    "Estamos poniendo en riesgo una generación de artistas importantísima". Lo tiene claro y así lo expresa Marcelo Lombardero, quien fue director artístico del Teatro Colón y del Teatro Argentino de La Plata, los dos espacios culturales más relevantes de Argentina. El primero se limita a pagar al personal estable que tiene a su cargo. El segundo bajó el telón de su sala principal en 2017, durante la gestión del expresidente Mauricio Macri (2015-2019), y desde entonces arrastra problemas edilicios que siguen sin ser resueltos.

    Argentina puede provocarse a sí misma un daño cultural irreversible "si no logramos que los artistas se sostengan, lo que puede provocar un hueco generacional", insiste Lombardero. Será, en ese caso, "un desperdicio y un prejuicio para el acervo cultural del país", añade el reconocido barítono que dejó el canto para volcarse en la dirección de escena.

    El destrato que reciben los artistas es tan lacerante como necio. El propio Estado es el que ha preparado durante años a sus artistas, fuera porque pasaron por conservatorios nacionales, provinciales, o por el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, una de las instituciones de enseñanza más insignes del país. Un esfuerzo productivo desperdiciado.

    Sin apoderados que los representen, los cantantes líricos se ven apremiados a firmar sus contratos cuando las obras están ya en curso. Los no asalariados, que son la mayoría, han visto cómo las funciones se cancelaban y sus contratos se rescindían sin compensación debido a una cláusula siempre presente: la de fuerza mayor. Y una pandemia lo es.

    "No ha habido en la historia de este país un sindicato u organización gremial que nuclee a artistas porque desde la autoridad ha estado vigente la idea de la dividir, la de no organizar", observa Lombardero.

    Reacción al abuso

    Pero eso acaba de terminar. Desprotegidos ante los entes oficiales, y en un contexto donde se hallan en retirada las iniciativas privadas, unos 40 cantantes líricos han comenzado a asesorarse sobre cómo cambiar sus condiciones de trabajo. Se reconocen con el derecho de adquirir una identidad como cuerpo artístico, aunque aseguran que no representan a nadie.

    Gustavo López Manzitti es un tenor cuya voz ha resonado en el Teatro Colón y en prestigiosas casas de ópera de Europa y EEUU. También es conocido por haber integrado Les Luthiers entre 2001 y 2003. Con ese prontuario, el artista es consciente de que el imaginario popular atribuye a los solistas líricos una fastuosidad y una opulencia que en realidad es exclusiva de las grandes estrellas. La vulnerabilidad es la moneda corriente con la que suelen ser retribuidos los demás.

    "No tenemos ingresos fijos, pero seguimos pagando cada mes la cuota de autónomo", describe López Manzitti.

    "Los cobros se demoran uno o dos meses, cuando no un año, si trabajamos con orquestas. Los salarios se pactan con meses de antelación y no hay manera de actualizarlos en un país con tanta inflación. Ahora el Teatro Colón ha comenzado a pasar en directo algunas representaciones, pero no nos pagan porque en el contrato también cedimos los derechos de imagen".

    Este rosario de vulnerabilidades es compartido por los miles de cantantes líricos que tiene el territorio argentino y que llegan a cobrar hasta un 90% menos que los procedentes del extranjero. Muchos se resignan a dar clases virtuales. No pueden participar en funciones a través de la web, pues todo intérprete sabe que el tiempo real no existe con el desacople de décimas de segundo que hay en la transmisión por Internet.

    En algún momento hubo algún intento de agremiación que no prosperó. "Ésta es la primera vez que veo a todos unidos y pensando más allá de la pandemia, que fue el detonante", revela López Manzitti.

    "Estamos pensando en derechos más claros, garantizar una buena formación de los cantantes más jóvenes, brindar una especie de piso para que esto se ponga en movimiento. No es fácil porque ninguno sabe de cuestiones legales, pero nos estamos asesorando con abogados y asociaciones. Aprendemos durante el camino. Quedarnos de brazos cruzados sería ridículo".

    Las respuestas, de hecho, han comenzado a llegar. Desde el Teatro Colón lamentan la situación y han explicitado su vocación de ayudar, pero no hay propuestas concretas de una institución cultural que ha destinado su presupuesto de temporada a la lucha contra el COVID-19. Así que los propios cantantes han comenzado a presentar protocolos y sugerencias de seguridad para retomar las presentaciones en el mundo que nazca tras el flagelo de la pandemia.

    Habrá quien menosprecie este intento de unión de un colectivo criticado por elitista, caricaturizado quizás porque desempeña sus tareas encima de un escenario. "Es un sinsentido", responde López Manzitti. "Entre los cantantes puede haber divismo y otras características superficiales, pero el gran segmento de cantantes que anda por todo el mundo no tiene una vida de glamour. La realidad es que somos gente que trabaja como cualquier otra en condiciones contractuales bastante malas".

    El tiempo dará cuenta de si ésta es una bisagra en la historia de los cantantes líricos de Argentina.

    La cuarentena vigente en Argentina desde el 20 de marzo se prolongará al menos hasta el 28 de junio.

    Etiquetas:
    trabajo, música, teatro, Argentina
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