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    MONTEVIDEO (Sputnik) — La pandemia de COVID-19 dejó el planeta en un estado convulso, desconcertado, como si acabara de despertar de un sueño perturbador, intentando descifrar dónde está, qué día es, en qué hora estamos.

    Millones de contagios, cientos de miles de muertos, dolores y angustias varias, economías arruinadas, decenas de millones sin trabajo y la incertidumbre rondando como un buitre hambriento.

    Hubo un mundo antes del COVID-19 y, aunque aún no sabemos cómo será, habrá otro, completamente distinto, esperando al final de este camino de cuarentenas, distancia social y tapabocas.

    En este torbellino de cambios, una de las características más representativas y a la vez más vergonzosas de la región también parece estar mutando: las cifras de homicidios.

    Sea por los confinamientos y las cuarentenas, por el cierre de la gran mayoría de los establecimientos comerciales, o por una mayor presencia policial y militar en las calles, el COVID-19 está logrando algo en lo que han fracasado estrepitosamente casi todos los países de la región: bajar los asesinatos.

    Cuarentena mata homicidio

    Con la mayor tasa de homicidios del mundo, triplicando la media global, según los últimos datos de la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito, la región está presenciando algunos cambios en las modalidades delictivas, producto de la pandemia de COVID-19 y de las medidas que están tomando los gobiernos para combatirla.

    Así, la mayoría de los países están viendo descender los homicidios. Al mismo tiempo, el encierro potencia la posibilidad de que se cometan otros delitos, como la violencia doméstica y el abuso sexual intrafamiliar, mientras que el uso de las tecnologías de la información y la comunicación propician estafas y fraudes en el mundo virtual.

    ¿Será esta la nueva normalidad en términos de seguridad?

    Quizás el ejemplo más elocuente sea el del llamado Triángulo Norte, que integran El Salvador, Guatemala y Honduras.

    Con el endémico problema del narcotráfico y las pandillas, estos tres países supieron encabezar los rankings mundiales de homicidios hace apenas unos pocos años. Sin embargo, todos vieron caer el número de asesinatos durante los dos últimos meses.

    En El Salvador, donde abundan los cuestionamientos al presidente Nayib Bukele y su manejo de la pandemia, en lo que va de mayo el promedio fue de 2,1 homicidios dolosos por día, la cuarta parte del mismo mes de 2019, y la semana pasada tuvo tres días sin registrar este tipo de crímenes.

    En Honduras, desde que a mediados de marzo el Gobierno comenzó a aplicar el toque de queda, se registraron 217 homicidios menos que el mismo periodo del año pasado.

    Guatemala, en tanto, tuvo 154 homicidios en marzo y 174 en abril, cifra considerablemente menor a los 262 registrados en febrero, según datos del Instituto Nacional de Ciencias Forenses.

    También países como Argentina, Perú, Chile y Colombia han visto caer las cifras de los homicidios, en algunos casos de manera significativa.

    Brasil, en tanto, donde la letalidad policial es de las más altas de la región, la disminución de los operativos fue clave para que bajara el número de homicidios.

    Un estudio de la Red de Observatorios de Seguridad del estado de Río de Janeiro detectó que entre la primera y la segunda quincena de marzo hubo una disminución de 74% en el número de operaciones que la Policía Militar hace contra el narcotráfico en las favelas, y esta caída también repercutió en el número de muertes, que bajaron 60%.

    Los criminales no se calman

    "Delitos sigue habiendo; de repente no salen a la luz, o la prensa no lo puede poner al nivel de lo que es el COVID-19, pero delitos hay. Disminuyen algunos y aumentan otros", asegura a Sputnik un policía uruguayo que habló en condición de anonimato.

    Precisamente Uruguay fue uno de los pocos países que vio incrementar los homicidios durante los últimos meses, en comparación con 2019.

    En marzo y abril de este año, los dos primeros del nuevo Gobierno, este delito aumentó 15,38% respecto a los mismos meses de 2019, según cifras del Ministerio del Interior.

    Esta situación lo emparenta con México, donde ni siquiera la pandemia ha logrado atenuar la escalada de violencia y muerte que atormenta al país norteamericano desde hace unos 15 años.

    El 19 de abril pasado México tuvo su día más sangriento en lo que va de este año, con 105 homicidios dolosos, según datos del Gobierno Federal. No obstante, la tierra del chile y del tequila culminó abril con una baja en los asesinatos respecto a marzo.

    "Ni siquiera porque existe esta situación del coronavirus se han calmado [los criminales]", se lamentaba días atrás el presidente Andrés Manuel López Obrador en una de sus conferencias matinales.

    Con la región como nuevo epicentro de la pandemia, es dable esperar que la caída de los homicidios, en general, se mantenga.

    Resta saber qué tan coyuntural será el nuevo coronavirus y cómo continuará impactando en la seguridad pública de la región.

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