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    El coronavirus en Ecuador (305)
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    MONTEVIDEO (Sputnik) — La vida de Elizabeth Hernández Barrios, ecuatoriana de la ciudad de Guayaquil (oeste), cambió radicalmente en menos de dos meses: se enfermó de COVID-19, perdió a su esposo hace unas semanas por la enfermedad, sus cuatro hijos también se contagiaron y aún enfrenta intensos dolores.

    Entre muerte, dolor y pérdida de seres queridos, enfermos de COVID-19 en oeste de Ecuador enfrentan el desafío de sobrevivir a intensos dolores, agotamiento, falta de apetito, reducción del olfato y falta de aire en un sistema sanitario que ha permanecido colapsado.

    Sus habitantes sienten la incertidumbre del futuro, y el presente se ha vuelto muy oscuro, ya que las noticias de muerte son demasiado frecuentes para poder ser procesadas.

    "Perdí a mi esposo por la misma enfermedad, y mis cuatro hijos están cayendo uno a uno con lo mismo. Yo me defino como una sobreviviente del virus porque hace dos meses que estoy enferma y aún tengo recaídas. En los momentos más dolorosos de la enfermedad no podía caminar, me dolía la espalda, la cabeza y me faltaba la respiración", afirmó Hernández Barrios, abogada de 58 años de edad, en diálogo con Sputnik.

    Por su parte, un economista de Guayaquil de 49 años, que habló a condición de preservar su identidad y quien sufre de COVID-19 desde el 15 de marzo, contó a Sputnik, mientras se le quebraba la voz, que su madre falleció por la enfermedad pero no pudo acompañarla en sus últimos días.

    "A mí mamá también le dio positivo el test. Ella estuvo internada y lamentablemente desde el miércoles pasado no soportó. Imagínese yo con mi enfermedad, súmele que mi mamá ya estaba malita. Yo no pude ver a mi mamá antes de morir porque estaba en cuarentena, es un dolor que llevaré por siempre", afirmó.

    Contó que perdió cerca de ocho kilos de peso porque con la enfermedad se pierde el apetito y el sabor.

    "Cuando a uno le dicen que tiene COVID-19, entra en pánico. En el barrio hemos perdido por lo menos tres personas conocidas. Uno termina contando el tiempo al que le va a llegar la muerte", agregó.

    Cura "artesanal"

    Mientras tanto, Hernández Barrios dijo a Sputnik que, a pesar de llevar dos meses con la enfermedad, aún tiene una "hipertensión constante" y no la ha logrado normalizar.

    "Tener COVID-19 en Guayaquil es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Creo que es una desgracia para nuestra ciudad. Hay familias enteras que están falleciendo. Mis hijos han tenido que pagar el servicio de fumigación de mi casa para desinfectarla por COVID-19, porque mi esposo falleció en ella. Yo pedí a las autoridades que la fumigaran mientras que mi esposo estaba enfermo. Nunca se contactaron conmigo. Así como me está pasando a mí, hay cientos de personas que se curan artesanalmente", relató.

    Hernández Barrios afirmó que en los centros de salud nunca le encontraron la enfermedad, no le brindaron la atención adecuada y no la derivaron a un centro hospitalario, por lo que ha tenido que atenderse por medio de centros privados.

    "Demoraran en detectarme la enfermedad dos o tres semanas. Yo ya estaba mal, andaba con los síntomas, no le daba importancia. Asumí que era dengue. Me fui a hacer los exámenes, pero no tenía nada de eso", afirmó.

    Falta de previsión

    La abogada dijo que el Estado ecuatoriano y el Ministerio de Salud no tomaron las previsiones y que el sistema sanitario colapsó. Además, aseveró que los insumos se agotan a diario, no hay suficientes tanques de oxígeno y el personal está "desbordado".

    "Llegó un momento que ya no le ponían ni los nombres, hay personas que aún están desaparecidas. No encuentran a sus familiares ni vivos ni muertos. Eso es una violación fragante a nuestra Constitución sobre el derecho a la salud. Mi hijo tuvo que comprarme los medicamentos para poder contrarrestar el dolor que yo sentía porque no me lo daban en el hospital", agregó.

    Ecuador es el segundo país con más personas contagiadas de COVID-19 en América del Sur, y solo en Guayaquil hay un 50% de los casos confirmados en todo el país.

    Hasta inicios de mes, decenas de cadáveres permanecían por varios días en sus domicilios hasta que las autoridades levanten los cuerpos; los servicios funerarios también llegaron a colapsar, no solo por la cantidad de muertos sino también por el cierre de algunos ante el temor de que sus empleados se contagien.

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