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    El coronavirus en Uruguay (129)
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    MONTEVIDEO (Sputnik) — El sábado 14 de marzo los educadores uruguayos se vieron frente a una situación inédita: las clases presenciales quedaban suspendidas por tiempo indeterminado a causa del COVID-19.

    No habría nadie cuestionando sus argumentos, murmullos en el fondo, miradas de complicidad o de hastío, no verían la cara de suspicacia del alumno que levanta la mano sabiendo que tiene la respuesta a la pregunta que recién hicieron o una cara de tristeza por algo que preguntarían ya entrado el recreo.

    Esto generó un caos avasallante y todo se empezó a desarmar como piezas de dominó que van cayendo unas sobre las otras.

    • La primera ola de caos vino en las casas de los alumnos: ¿quién estaría con los niños y adolescentes mientras los padres y madres trabajan?
    • El segundo coletazo llegó a las casa de los docentes: los profesores y maestros comenzaron a organizarse para hacer frente a este cambio radical: el aula se había transformado en una pantalla.

    Pero Uruguay corría con una ventaja clave: El Plan Ceibal.

    Este fue el programa bandera del primer mandato del presidente Tabaré Vázquez (2005-2010) y consiste en la distribución gratuita de una computadora portátil para cada escolar, estudiante secundario y docente que brinda herramientas informáticas y puso a este país en los primeros puestos de diversos ránkings internacionales de acceso digital.

    La herramienta estaba ahí, pero hasta entonces no era utilizada por muchos docentes, o servía para complementar el trabajo en el curso.

    Pero ¿cómo transformar eso en el único espacio vital de comunicación con los alumnos a dos semanas de haber comenzado las clases?

    Instalada la incertidumbre, comenzó la improvisación.

    La frase que se repite entre los educadores como un rezo es: "mantener el contacto con los chiquilines (niños y niñas)".

    "Yo por ejemplo le di mi número de celular a cada padre o madre, entonces el diálogo es con ellos directamente, subo las tareas a las plataformas y a su vez les mando la foto o la explicación de toda la consigna por WhatsApp. De los 27 niños que tengo en la clase solo con tres no me he podido comunicar", cuenta a Sputnik una maestra de la ciudad de Maldonado (sureste), quien prefirió no dar su nombre.

    "El aula no se suple, lo que uno genera en el contacto directo, en el vínculo no se suple", dijo por su parte a esta agencia Mary Cordero, profesora de Idioma Español en Montevideo.

    Vida doméstica

    Cordero cuenta que el pasar a un entorno virtual de enseñanza comenzó a familiarizarse con cuestiones de la vida doméstica de sus alumnos, y a la vez, estos comenzaron a ser testigos de su vida cotidiana.

    "Nosotros empezamos a ver cuestiones domésticas de los alumnos, si se conecta desde su cuarto, si está hacinado, si comparte, hay cosas que empiezan a meterse en el vínculo", explicó.

    Una de las estrategias que implementó para captar la atención de sus alumnos fue subir videos a YouTube.

    "El primero que grabé se lo envié a un grupo de docentes cercanos, y hubo respuestas divididas. Algunos me decían 'ni loco me expongo, para que después me hagan meme'; otros pensaban que estaba bueno porque en esta situación debe ser divertido para un estudiante recibir otra faceta del docente", señala Cordero.

    Además, explicó que las herramientas con las que contaba antes comienzan a desdibujarse, porque quizás la formalidad del aula ahora no sirve, ya que "lo que importa es lo afectivo, entonces hay que intentar acomodarse".

    "¿Qué juega más? ¿Mi ego personal como docente, mi objetivo? Sí, capaz que me hacen meme, pero prefiero que se rían de eso a que estén angustiados permanentemente porque hace un mes que no ven a los amigos", afirmó.

    Realidad y educación

    La profesora de literatura Amanda Giménez trabaja en un liceo en el departamento de Canelones (sur) al que asisten adolescentes que forman parte de un entorno muy vulnerable desde antes del coronavirus, pero que con la pandemia se agudizó.

    La semana pasada los profesores entregaron canastas de alimentos creadas en base a donaciones.

    "Esa es la realidad de nuestros estudiantes, y como profesores somos conscientes de que hay que seguir con algo curricular por asignatura, pero también sabemos que eso no es lo esencial en este momento; antes de pensar está el hambre", señaló.

    Esta pandemia evidenció, como todas las crisis, el rol fundamental de los educadores.

    "No estamos formados para un trabajo virtual en la educación, entonces estamos todos poniendo lo mejor de cada uno; pero una cosa es ser buena gente y tener sentido común y voluntad y otra cosa es que eso funcione. El mundo no funciona por la buena gente y los valores, funciona porque las cosas se hagan bien y profesionalmente", concluyó Giménez.

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