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    RÍO DE JANEIRO (Sputnik) —"Quédense en casa", "no salgan a la calle"; es el mantra que repiten constantemente las autoridades para luchar contra el coronavirus, pero en Brasil, igual que en otros países de Latinoamérica, millones de vendedores ambulantes informales ya notan las consecuencias desastrosas de la falta de movimiento en la calle.

    Mauro Sousa da Lima, de 52 años, vive en la región portuaria de Río de Janeiro, y hasta hace poco combinaba un trabajo en un restaurante entre semana con otros trabajos informales los fines de semana; servía como "churrasqueiro" (cortador de carne en los asados) en eventos y hacía caipirinhas en las fiestas callejeras al aire libre; ahora se quedó sin nada de un plumazo.

    "Mi situación y la de muchos colegas es bastante complicada, de la gente que trabajaba en la calle ya hay muchos pasando necesidades, porque es imposible guardar dinero", cuenta Mauro a Sputnik, lamentando haber dejado de ganar 2.000 reales al mes (casi 400 dólares) por la ausencia de trabajo en la calle.

    La mayoría de vendedores ambulantes viven prácticamente al día: buena parte de lo que ganan lo invierten en reponer la mercancía y en pagar el alquiler de los carritos ambulantes; casi nadie tiene un colchón financiero para sobrevivir unos meses sin trabajar: "Y encima el Carnaval de este año fue muy malo, porque llovió mucho", lamenta Mauro.

    Según datos oficiales, en Brasil hay 38,6 millones de trabajadores informales (el 41% de la población con trabajo); gran parte de ellos son personas que no pueden hacer teletrabajo ni dedicar el tiempo que les sobra a hacer cursos de yoga online o cantar en los balcones: la desesperación predomina en miles de familias.

    Para paliar la situación están surgiendo iniciativas novedosas: en Internet, el crowfunding #UnidosporlosAmbulantes movilizó sobre todo a los clientes que compran sus bebidas en estos vendedores durante el Carnaval y otras fiestas de calle en Río.

    En apenas unos días el proyecto consiguió recaudar 11.000 reales (más de 2.000 dólares) casi el doble de los previsto, con los que se comprarán alimentos para los trabajadores que ahora están parados, y ahora se abrió una segunda fase de recaudación para beneficiar a más ambulantes.

    Otros trabajadores que también están en una situación especialmente sensible son los llamados "catadores", personas que rebuscan entre la basura en la calle para seleccionar cartón, plástico, latas y otros materiales para venderlos a peso en empresas de reciclaje.

    Hanna Rodrigues, fundadora de la empresa Teiares, que ofrece un servicio de gestión de residuos, está ayudando a varias cooperativas de catadores de Río de Janeiro cuyos trabajadores dejaron de recibir material en los almacenes.

    "Muchas empresas cerraron y ya no generan residuos para que ellos los puedan seleccionar, además los trabajadores tenían miedo de que los residuos lleguen contaminados", comenta a Sputnik Rodrigues, recordando que en este tipo de trabajo abundan las señoras de avanzada edad.

    Son mujeres que además de estar en el grupo de riesgo, en la mayoría de casos son las cabeza de familia en casas muy humildes de la periferia de la ciudad: ahora, otra recaudación de recursos online busca comprar alimentos mientras están en cuarentena.

    "Queremos comprar cestas con comida básica; son trabajadores muy vulnerables, muchos viven en favelas, en lugares en condiciones muy difíciles, con muchas personas es una sola casa", dice Rodrigues, que agradece también las donaciones de empresas, como un restaurante que se vio obligado a cerrar y donó toda la comida que tenía guardada en las neveras.

    Los trabajadores informales son los primeros brasileños en sentir en la piel la crisis económica y social que se asoma en Brasil de la mano del SARS-Cov-2, y que según algunas previsiones, como la de un grupo de economistas de la Fundación Getúlio Vargas, podría suponer una contracción del PIB del 4,4% este año.

    Para paliar los efectos de la falta de trabajo en la calle, el Gobierno aprobó recientemente una ayuda de 600 reales (113 dólares) al mes durante dos meses para los trabajadores informales, pero esta subvención se enfrenta a numerosos obstáculos burocráticos y está tardando en llegar a los bolsillos de quienes más lo necesitan.

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