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    El asesinato a golpes de un jóven de 19 años perpetrado por un grupo de 10 jugadores conmocionó al país y despertó las críticas sobre la violencia que subyace detrás de la cultura alrededor de este deporte, tradicionalmente reservado para las élites masculinas.

    Fernando Báez Sosa estaba de vacaciones con amigos en la ciudad balnearia de Villa Gesell, en la costa argentina, cuando, después de un supuesto altercado dentro de un local bailable nocturno, fue atacado por una pandilla de otros menores de 21 años hasta provocarle la muerte.

    La agresión, de la que hay numerosos testigos y que fue videograbada por transeúntes, fue realizada por grupo de 10 amigos oriundos de la ciudad bonaerense de Zárate, quienes se conocen por jugar en un club de rugby local. Dos de ellos fueron identificados como quienes propiciaron los golpes mortales, mientras que los otros están procesados como partícipes del crimen.

    "Por supuesto que la práctica del deporte del rugby no implica la construcción de machistas sino que se dan ciertas características que tienen que ver con un orden de poder: por lo general, quienes juegan al rugby en Argentina son de clases sociales altas, pertenecen a ciertas élites que excluyen, que refuerzan los mandatos del patriarcado y, en ese sentido, legitiman la violencia", dijo a Sputnik Gisela Stablun, referente de la organización feminista Mala Junta.

    A pesar de que la mayoría de quienes juegan o han jugado este deporte se desvinculan del accionar de una minoría que ostenta y ejecuta este nivel de agresividad fuera de la cancha, los reiterados abusos de poder denunciados en el pasado han transformado en estigma el estereotipo de jugador de rugby como ejemplo de individuo prepotente, machista, homofóbico y clasista.

    Y es que los no es la primera vez que hombres identificados con este deporte se ven involucrados en escándalos por su accionar. En los últimos años, se hicieron públicos otros casos en los que diferentes grupos de rugbiers estuvieron involucrados en golpizas, incluyendo la muerte del joven Ariel Malvino en 2006 en Brasil a manos de tres argentinos, quienes todavía siguen impunes. Además, recientemente jugadores de un club de la ciudad de La Plata fueron denunciados por filtrar fotos íntimas de mujeres sin su consentimiento.

    "Es importante remarcar que estas personas no son irracionales, no son locos, enfermos, bárbaros, sino que son miembros de esta sociedad, que culturalmente avala estas acciones. Muchas veces se problematizan como hechos aislados y no se piensan como un problema estructural", comentó Stablun.

    ¿Es el rugby parte del problema?

    Tackle en juego de rugby
    Tackle en juego de rugby

    En su libro Machos de verdad: Masculinidades, deporte y clase en Argentina, el doctor en Comunicación Juan Branz publica el resultado de ocho años de investigación académica, que toma como punto de partida el mundo del rugby en Argentina para describir cómo la cultura interna de los clubes construyen y sustentan las estructuras de poder.

    Ante la consulta sobre cuáles son los elementos del universo del rugby en Argentina que lo hacen blanco de las críticas que lo señalan como catalizador de la violencia machista, Branz respondió a Sputnik:

    "La modelación y modulación, histórica, de la construcción de una masculinidad dominante; de sus cuerpos, su lenguaje, sus mitos, tradiciones y sus prácticas; la estructuración, la internalización de pautas culturales, tanto personales como grupales, están vinculadas a la distinción de las clases dominantes en Argentina".

    El rugby es un deporte en equipo de alto contacto, violento en la práctica, pero circula entre sus cofradías el refrán autorreferencial que se trata de un deporte de animales jugado por caballeros, para diferenciarse de otros, como el fútbol, donde la ecuación sería inversa. Esta imagen de superioridad sirve para mantener el juego controlado a pesar de lo brutal de los choques, siguiendo un estricto pacto para no lastimar gratuitamente.

    Sin embargo, implica un hermetismo tradicionalista contrario a una apertura a clubes en sectores populares, a jugadoras mujeres, a equipos LGBT, ejemplos hoy existentes pero minoritarios dentro de un universo de por sí reducido. Por otro lado, la hidalguía brilla por su ausencia entre los rituales de iniciación de los clubes al pasar a la primera división, donde los relatos de violencia son un secreto a voces, imágenes comparables a lo que ocurre en las fraternidades universitarias en EEUU.

    "La exhibición de múltiples potencias (económicas, intelectuales, morales, sexuales, físicas) es singular en el rugby, porque permite acumular capitales y, en consecuencia, el más importante: el simbólico, el del prestigio. La sociabilidad entre grupos de clases dominantes debe alcanzarse y sostenerse. De allí, ciertos esfuerzos por garantizar, autopercibirse y ser percibido como un varón prestigioso", analizó el docente de la Universidad de La Plata.

    Branz explicó que se trata de un prestigio emparentado con una cultura vinculada a la historia y a los mitos de una supuesta cercanía a Europa, un código de valores propios de "varones deseables, refinados (pero con bravura), blancos, urbanos".

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    La mayoría de los imputados por el asesinato de Fernando no eran jóvenes de clase alta pero son el reflejo de una cultura interna acostumbrada a no cuestionar los patrones de comportamiento que llevan una y otra vez a episodios violentos.

    Llama la atención la falta de voces y referentes dentro del mundo del rugby en Argentina que incentiven la reflexión, la aceptación de un problema que ya no es latente sino evidente. Lo que abunda es el silencio y los mecanismos de defensa y victimización.

    "La grupalidad en el rugby es central. La presencia de otros garantiza ser visto (y ver) la exhibición de múltiples potencias: físicas, sexuales, intelectuales, etcétera. Ahí radica la eficacia para ser considerado un 'verdadero hombre'. La potencia se muestra y luego se narra. Si la práctica fuese individual, sin testigos, pierde eficacia", explicó Branz.

    La violencia machista no es excluyente de ninguna élite, algo bien sabido en un país donde el deporte popular por antonomasia, el fútbol, se juega sin hinchada visitante para evitar los enfrentamientos entre barras bravas y cuyo historial de asesinatos es extenso. Es la impunidad y la cultura del "aguante", del nosotros contra un otro diferente, lo que eterniza la violencia, potenciado siempre por la manada.

    Etiquetas:
    violencia social, jóvenes, rugby, asesinato, Argentina
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