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La amenaza de las superbacterias: cuando una simple brecha puede ser letal

© Foto : Pixabay / Gerd AltmannBacterias (imagen referencial)
Bacterias (imagen referencial) - Sputnik Mundo, 1920, 20.11.2021
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El uso inadecuado de antibióticos aumenta el riesgo sanitario global que entrañan las superbacterias, a cuyo fomento ha contribuido la pandemia de COVID-19. En España, donde 4.000 personas mueren al año por infecciones provocadas por bacterias resistentes, se registra un descenso del 32% en su consumo en salud humana y de casi un 57% en la animal.
Las autoridades sanitarias del mundo, empezando por la OMS, alertan de que los fármacos antibióticos cada vez son menos eficaces y que a la Humanidad le puede estar aguardando un escenario en el que una simple brecha o herida podría ser letal, ya que conllevaría una infección de tipo bacteriano para la que no habría cura. Las operaciones quirúrgicas tampoco serían factibles.
Esta hipotética situación, en la que la que la administración de antibióticos sería inútil, la provoca el uso desmedido y a menudo innecesario de este tipo de fármacos, circunstancia que están aprovechando las bacterias. Es un fenómeno bien conocido; se están haciendo ultrarresistentes a la acción de los antibióticos porque estos actúan contra las bacterias sensibles, pero favorecen la proliferación de las que no lo son. Y, para colmo, la información genética de esta resistencia se transmite de unas bacterias a otras, incluso de especies distintas. El resultado es que las bacterias sensibles pueden hacerse resistentes.
El problema de este fenómeno radica en su magnitud: la resistencia bacteriana a los antibióticos ha aumentado en los últimos años de forma inquietante y anualmente ya mueren en el mundo unas 700.000 personas por infecciones bacterianas contra las que los antibióticos ahora son inútiles. La progresión estimada arrojaría un saldo de 10 millones de víctimas mortales en 2050.

El COVID-19 como acelerador

A las infecciones pulmonares de tipo vírico suelen seguir a otras de tipo bacteriano, que pueden ser la causa de un desenlace fatal. Así sucedió durante la pandemia global de la gripe española de 1918, cuando la mayoría de los fallecimientos se debieron a neumonías bacterianas secundarias.
Así que cuando llegó la pandemia de coronavirus, para la que de inicio no había un tratamiento específico, a los enfermos se les administró por si acaso azitromicina, un antibiótico de amplio espectro. De resultas, aunque las infecciones secundarias solo afectaban al 15% de los pacientes graves, el 75% del total de los pacientes la recibieron. Esto supuso que, durante la primera ola de COVID-19 en España, en los hospitales el uso de azitromicina se incrementara un 400% y el de doxiciclina otro 517%. Es decir, la pandemia creo las condiciones para que las bacterias aprendieran a hacerse resistentes.
"Se hizo un uso compasivo", explica en conversación con Sputnik Víctor Jiménez Cid, catedrático de Microbiología en la Universidad Complutense. "Como era un fármaco conocido, sin efectos secundarios imprevisibles, se utilizó por si acaso", añade, subrayando que la idea era hacerlo como con la gripe, "de la que la gente mayor muere no tanto por la infección vírica como por que el virus te barre el epitelio ciliado y te deja expuesto a infecciones bacterianas secundarias".
"Pero no fue así. Lo grave del COVID-19 no han sido las infecciones secundarias, sino la tormenta de citoquinas. Tuvieron más éxito los antiinflamatorios de verdad. Así que el uso de la azitromicina puede calificarse de erróneo o poco ponderado".
Víctor Jiménez Cid
Microbiólogo

El modelo predictivo

La OMS advierte que el uso indiscriminado provocará una "catástrofe de resistencia a antibióticos" en el mundo y se habla de una regresión a la época en que no habían sido descubiertos. En los hospitales se guardan los de último recurso, por si todo lo demás falla. Pero hay bacterias que resisten todos los antibióticos conocidos, incluso los de último recurso.
En 2014 el primer ministro de Reino Unido encargó al economista Jim O'Neill el análisis de las perspectivas del problema. Dos años después, en su informe pronosticaba para 2050 la muerte de 10 millones de personas en todo el mundo a causa de infecciones causadas por bacterias inmunes a la acción de antibióticos. El uso desmesurado de estos a partir de 2020 puede haber adelantado los plazos. Sin embargo, el científico Jiménez Cid afirma que las opiniones en torno al llamado informe O'Neill son variadas.
"En realidad todo atiende a un modelo predictivo, pero el informe O'Neill no lo hizo la comunidad científica, sino una entidad más interesada en temas económicos", explica, aludiendo al "coste insostenible" para los sistemas de salud que puede tener una pandemia. "La estimación se basa en la frecuencia de aparición de mutaciones en las bacterias que las hacen resistentes a los antibióticos".
El informe O'Neill incide en que las muertes auguradas para 2050 son más que las esperadas por cáncer y diabetes juntas. "Y es un mantra que repiten las agencias y sociedades científicas para demandar atención sobre este tema", admite Jiménez Cid, que advierte del peligro del amplio uso de antibióticos en el ámbito veterinario. "Muchos de los problemas vienen de ahí. Las bacterias han aprendido en las granjas, al haber estado superexpuestas a antibióticos. Pero esas bacterias luego acaban en nuestro entorno. Y tienen la mala costumbre de intercambiar material genético entre sí".

Las superbacterias

El acrónimo ESKAPE hace referencia al grupo de seis bacterias que han probado no sólo su capacidad para relativamente escapar de los efectos de casi cualquier antibiótico, sino también por ser la causa principal de las infecciones hospitalarias: Enterococcus spp, Staphylococcus aureus, Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii, Pseudomonas aeruginosa y Enterobacter. "Son los seis bichitos que causan mayor mortalidad por infección de bacterias resistentes. Y están en los hospitales, los llevamos en el intestino", recuerda Jiménez Cid.
"Y la gente que está en las UCI puede sufrir infecciones por los llamados patógenos oportunistas, que son bacterias inofensivas para las personas con un sistema inmunitario normal, como la Escherichia coli, que está en el intestino, pero que puede infectar una herida y 'liarla parda' porque ha estado expuesta previamente a antibióticos", señala este microbiólogo, que explica que para prevenir esta situación se recurre a una prueba llamada antibiograma "para determinar cuál es el perfil de sensibilidad al arsenal de antibióticos que tenemos de ese aislamiento concreto". Pero el antibiograma tarda unas 24 horas en realizarse, por lo que en un caso grave "se decide un tratamiento de amplio espectro".

No hay antibióticos nuevos

El problema se ve acrecentado además por una lógica empresarial. Los antibióticos son medicamentos con rentabilidad muy escasa y las farmacéuticas no arden en deseos de desarrollar otros nuevos. Según la OMS, si en la actualidad se están investigando más de 5.700 posibles nuevos tratamientos contra el cáncer, solo hay 43 antibióticos en fase de experimentación clínica.
"Hay medicamentos caros que tratan problemas crónicos y que se toman durante toda la vida, como los antihipertensivos. El desarrollo de un antibiótico cuesta lo mismo desarrollarlo, pero el retorno en el mercado es escaso; son baratos y solo los tomamos durante unos pocos días", ejemplifica Jiménez Cid. El resultado, resalta, es que desde finales de los años 80 no hay ninguna línea nueva de moléculas nuevas con actividad antibiótica. "No hay una nueva generación de antibióticos. Seguimos tirando de los mismos y los bichitos son cada vez más resistentes".

Unos países más que otros

El uso inadecuado de antibióticos se da especialmente en varios de los países en desarrollo, donde muy a menudo se detecta resistencia las carbapenemas, un tipo de amplio espectro. "India es una fábrica de superbacterias", asegura Jiménez Cid. "Prácticamente no hay control sobre antibióticos, puedes comprar los de última generación en una farmacia de barrio. Además hay fábricas que los vierten al medioambiente, con lo que se genera mucha resistencia".
Hay sociedades muy medicadas y las comparaciones por países pueden resultar odiosas, incluso en en Occidente. "Si consideramos a EEUU como el paradigma del primer mundo, nosotros no estamos ni mucho menos tan hipermedicados como ellos, allí sí que tienen un problema", afirma. En España las diferencias sociales no se traducen en diferencias en cuanto al acceso a la atención sanitaria y los medicamentos. "Respecto a otros países europeos, antes siempre suspendíamos, porque abusábamos de los antibióticos, con gente que se saltaba el tema de las recetas. Y en particular fallábamos en sanidad animal, en el uso abusivo de antibióticos en las granjas", explica.

La situación en España

En general no es mala y ha mejorado mucho. En 2014 se activó el Plan Nacional frente a la Resistencia de los Antibióticos (PRAN) para revertir la tendencia. El 18 de noviembre, en el marco del Día Europeo para el Uso Prudente de los Antibióticos, el PRAN dio a conocer unos datos que invitan al optimismo.
Entre 2014 y 2020 el consumo nacional de antibióticos descendió un 32,4% en salud humana y un 56,7% en sanidad animal. Ni siquiera la subida registrada en el consumo hospitalario de antibióticos durante la primera ola de la pandemia de COVID-19 ha hecho variar la tendencia decreciente iniciada en 2014. De los 27 países que comunican datos al Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC), entre 2014 y 2020 España presenta el sexto mayor descenso en el consumo de antibióticos en salud humana, abandonando así los primeros puestos del ranking.
La media nacional de consumo en salud humana ha pasado de las 28 DHD (dosis por 1.000 habitantes) de 2015 a las 19,8 DHD de 2020. La media en la UE es de 16,4 DHD. Con todo, se estima que unas 4.000 personas mueren cada año en el país a causa de infecciones provocadas por bacterias resistentes. En el ámbito veterinario, el descenso es más acusado, al pasar de los 418,8 mg/PCU (miligramos de principio activo por Unidad de Corrección de Población) de 2014 a los 181,2 mg/PCU de 2020.

Optimismo científico

La perspectiva que dibuja el informe O'Neill podría no ser tan sombría, pues la mayor parte de la comunidad de expertos en microbiología cree que el problema se va a poder solucionar. "Aun con poco presupuesto, en España el PRAN ha trabajado muchísimo", asegura Jiménez Cid.
La racionalización del uso de antibióticos gracias a unos protocolos eficaces es un logro a destacar. "Hay hospitales de referencia que han conseguido reducir la cantidad de resistentes en los últimos años de manera espectacular", recuerda este microbiólogo, quien subraya también el descenso abrupto en el uso de la colistina, un antibiótico muy tóxico reservado para último recurso, pero "que se usaba de forma masiva en granjas de cerdos".
En resumen, España ha estado mal pero ahora está mucho mejor. Pero queda tarea por hacer, también a nivel mundial. "Lo que hay que hacer es investigar el desarrollo de nuevos antibióticos y por otro lado cuidar bien a los que tenemos, no abusar de ellos. Son las dos líneas de actuación que promulga el PRAN", sostiene Jiménez Cid, quien además lidera un proyecto de concienciación sobre el uso cabal de antibióticos en colaboración con el PRAN.
"Se llama Micromundo y lo traje de EEUU, allí se llama Small World Initiative". Funciona en 30 universidades de España y Portugal. "Nuestros estudiantes llevan equipos de trabajo a institutos para hacer un experimento: intentar aislar nuevos antibióticos a partir de microorganismos del suelo, porque en definitiva los antibióticos son armas químicas que producen unas bacterias para matar a otras", concluye.
Una persona toma un medicamento - Sputnik Mundo, 1920, 08.09.2021
Ciencia
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