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"Falta una reflexión profunda": el décimo aniversario del final de ETA reivindica la memoria crítica

© AFP 2021 / A. ArrizurietaUna pareja camina delante de un mural en apoyo a ETA de Alsasua (Navarra)
Una pareja camina delante de un mural en apoyo a ETA de Alsasua (Navarra) - Sputnik Mundo, 1920, 20.10.2021
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La banda terrorista dejó la lucha armada el 20 de octubre de 2011, tras 43 años de existencia y 854 víctimas mortales. Una década después, la sociedad intenta recordarlas y que la paz se acompañe de pedagogía sobre lo ocurrido.
El 20 de octubre de 2011, un vídeo de dos minutos y 37 segundos ponía el punto final a la lucha armada de ETA. Tres encapuchados de la banda terrorista vasca anunciaban el "cese definitivo" de la violencia terrorista y emplazaban a España y Francia a un "proceso de diálogo directo". De esta forma se cerraban 43 años de atentados con 854 víctimas mortales, más de 7.000 heridos y 86 rehenes. La sociedad se abría a un periodo de paz con la rémora del dolor, el sectarismo o el reto del perdón.
Diez años después de aquel mensaje, con la disolución y el desarme efectuados, aún quedan flecos. Visualmente, la presencia de la banda ha quedado atrás. Se han extinguido prácticamente los carteles en referencia a miembros o las pintadas en el País Vasco y muchos presos de ETA han pedido perdón. El apoyo es residual, aunque perviven los homenajes y la ausencia de aquellos a quienes eliminaron por unas ideas independentistas tornadas en estériles: el nacionalismo de la región ha logrado un papel político preponderante, alejado de los métodos asesinos.
Cuando estos encapuchados daban la noticia, ETA atravesaba un desgaste que se traducía en escaso respaldo social, inoperatividad y asedio de las autoridades. Desde el disparo mortal al Guardia Civil José Pardinas, el 7 de junio de 1968, hasta el de Jean-Serge Nérin, agente de la policía francesa, el 16 de marzo de 2010, esta agrupación terrorista había ido oscilando entre los asesinatos a las fuerzas de seguridad o políticos y las acciones indiscriminadas. Entre 1975 y 1982 asesinó a 363 personas, cerrando su historial de bombas con un coche en el Campo de las Naciones de Madrid, sin heridos. Era el siguiente al colocado en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, que terminó con la vida de dos personas.
Un episodio que, según José Luis Rodríguez Zapatero, presidente de Gobierno entonces, fue "clave" para el desenlace total. Antes hubo más fechas esenciales, como la manifestación multitudinaria por el secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco, en julio de 1997, o la formación de la plataforma ¡Basta ya!, fundada en 1999. Poco a poco, sus actuaciones fueron espaciándose, con un "alto al fuego permanente" incumplido y una paulatina institucionalización de sus miembros o simpatizantes en formaciones como Herri Batasuna, Euskal Herritarrok o Eusko Alkartasuna.
Arnaldo Otegi, antiguo miembro de ETA y una de las figuras clave de la política vasca, expresó el 18 de octubre su lástima por el dolor provocado. El actual coordinador general de EH Bildu, junto al secretario general de Sortu, Arkaitz Rodríguez, reconoció a las víctimas y dejaron caer una disculpa velada.
"Queremos trasladarles que sentimos su dolor y afirmamos que nunca debería haberse producido. A nadie puede satisfacer que aquello sucediera. No se debería haber prolongado tanto en el tiempo. Desgraciadamente, el pasado no tiene remedio", confesaron, "nada de lo que digamos puede deshacer el daño causado. Pero estamos convencidos de que es posible aliviarlo desde el respeto y la memoria. Sentimos enormemente su sufrimiento y nos comprometemos a mitigarlo".
Afirmación inaudita en la llamada izquierda abertzale, próxima a ETA, que va acompañada de un intento de reparación emocional tras diez años en paz. Según Manuel Reyes Mate, cuando ETA se disolvió estaba en un momento "crítico, de debilidad organizativa y social" contrario al origen, con una ligazón a la izquierda revolucionaria. "Hizo mucho daño a las víctimas y deshumanizó a los actores", explica a Sputnik el filósofo, que ha investigado las secuelas en el caso de la Alemania nazi e introduce el concepto de "deber de memoria": "Aquí parece que se intenta pasar página a toda máquina y el proceso de duelo se mantiene".
"Si fueran coherentes, los dirigente relacionados con ETA abandonarían su actividad política, porque está claro que han ido cambiando por su beneficio y hay que cuestionar el crimen como arma nacionalista", advierte Reyes Mates, que cree que hace falta una reflexión profunda. También lo piensa Raúl López Romo, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco: "La izquierda abertzale tuvo que girar de técnica porque ETA perdía apoyo social. Fue una desgracia para el País Vasco".
López Romo detalla a Sputnik los diferentes puntos de inflexión en la existencia de la banda y apunta cómo ahora hay dos tendencias. Una es la de querer pasar página muy rápido y otra la de conocer más. El integrante del Museo Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo en Vitoria ve imprescindible trabajar por "la permanencia de la memoria" y la "prevención de la radicalización". "Nadie dice que si no conseguimos enterrar a ETA no se repita", arguye quien alude a varios estudios en los que un 60% de jóvenes reconoce no saber quién es Miguel Ángel Blanco o que por fin va a haber una generación que vote sin tener impregnado el miedo del siglo pasado.

"Estos diez años han dado libertad a los amenazados, pero ha habido una tendencia al olvido. Debemos trabajar por una memoria crítica y porque haya una autocrítica de los adeptos profunda, real. Han sido muchos años de complicidad por todo, incluso por la violencia", aduce.

Gaizka Fernádez Soldevilla, compañero de López Romo en el centro de la memoria, coincide en que "ha cambiado la perspectiva" y en que "ha habido una evolución histórica a mejor de las víctimas". "Al principio estaban sin protección, se quedaban sin nada, sobre todo mujeres de agentes de las fuerzas de seguridad que tenían que marcharse sin sueldo ni casa. La administración las abandonaba", comenta a Sputnik. La primera Ley a su favor, señala, es de 1999, y versaba en la "solidaridad". Ahora rige una de 2011 que ya menciona el "reconocimiento y la protección".

"Ha sido una década interesante, donde se ha aprendido a vivir sin la amenaza del terrorismo y sin escoltas. Hay un intento de normalidad, pero sigue el discurso del odio. Todavía en el País Vasco existe cierto miedo a hablar de política, hay sectarismo y heridas abiertas. La parte judicial está por resolver, con más de 300 asesinatos sin resolver", analiza Fernández.

Coautor junto a una decena de pensadores (como Reyes Mate o López Romo) del libro Del final del terrorismo a la convivencia, Fernández habla de dar pasos hacia una sociedad "abierta, tolerante y cohesionada". "Estamos mejor, pero no está todo resuelto. Habría que renunciar a los homenajes y que se haga memoria desde la pedagogía", cavila quien ve positiva la proliferación de obras de ficción tan populares como la novela Patria o la película Maixabel, estrenada recientemente en cines: "Todo lo que haga que el tema se conozca es positivo. Ha provocado un interés e incluso un acercamiento de sus lectores a textos más académicos".
La concienciación, según indica Inés Rodríguez a Sputnik, ayuda a empatizar. Y eso sirve como alivio para los afectados, arguye la coordinadora del departamento psicosocial de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). "La experiencia es distinta en cada persona, pero las víctimas del terrorismo presentan una mayor prevalencia de trastornos psicopatológicos que la población general (que también sufre otro tipo de eventos traumáticos)", cuenta. "El más prevalente es el de estrés postraumático, pero no es el único: se observa una mayor prevalencia de de trastornos de ansiedad, trastorno depresivo mayor y los trastornos por abuso o dependencia de sustancias", añade. La profesional esgrime que la sensación de injusticia interfiere en las consecuencias patológicas. "Necesitan un reconocimiento, que se pida perdón", razona quien cree que en el caso de ETA hubo un momento incipiente en que la sociedad lo veía distante, de una región y unos objetivos concretos, y luego se extendió.
Carmen Anguita, víctima de terrorismo en España - Sputnik Mundo, 1920, 02.06.2021
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Miguel Folguera es un ejemplo. El 17 de mayo de 1987 sufrió un atentado en el cuartel de Madrid en el que trabajaba como Guardia Civil. Ahora es el presidente de la Asociación Plataforma de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo (APAVT) y ve el dolor como "similar en todas las víctimas". "Pero las de ETA ven cómo se organizan homenajes y se les humilla, no como las de otros terroristas. La diferencia está ahí y en que hemos sufrido 40 años", observa, una década después de esa conclusión de la lucha armada.
"Siempre hemos contado con un amplio respaldo de la ciudadanía", matiza Folguera a Sputnik, "pero ahora les vemos en las instituciones y con un discurso en el que no condenan lo que ocurrió". Esta víctima de ETA pide que se reconozca de verdad que no hubo perdón ni motivos para los atentados, así como la investigación de los casos sin resolver. Además, en cuanto al futuro y al fin de la actividad violenta espera que "no se modifique el relato". "Aquí no ha habido una guerra. Nosotros no decidimos ser víctimas, ellos sí decidieron ser asesinos. Nosotros pusimos la nuca y ellos la bala. No queremos que se manipule la historia", zanja.
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