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Edelweiss, la secta española que ofrecía salvación y funcionaba como factoría de explotación sexual

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Imagen referencial de tráfico de personas - Sputnik Mundo, 1920, 10.10.2021
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Un grupo surgido en Madrid a mediados de los 70 como excursionistas de montaña derivó en una formación filonazi donde los líderes abusaban de los niños captados.
"Nos creíamos con poder, en posesión de un secreto que nadie sabía". "Me sentí usado. Nunca se me olvidará. Era una impotencia absoluta". Ambas frases provienen de antiguos miembros de Edelweiss y, aunque parecen opuestas, concentran lo que significó aquel periodo en sus vidas: seguridad, confianza, pertenencia a un grupo, y a la vez temor, trauma, vacío. Porque, como todos los colectivos de este tipo, el estado de sus integrantes cabalga de un extremo a otro. Quizás es ese péndulo emocional el que facilita otros rasgos comunes: el silencio, la obediencia, la lealtad.
Repite el mismo patrón que en el resto de asociaciones de este tipo, con otro más: la existencia de un líder fuerte, carismático, que maneje ese pinball sentimental. Y ellos lo tenían. Se llamaba Eduardo González, más conocido como Eddie, y fundó en 1971 Edelweiss, secta que tuvo en España poco más de una década de vida. Durante ese espacio temporal, se dedicó a montar un grupo de estética filonazi (él era un antiguo legionario con querencia por el Tercer Reich) que reclutaba a niños de entre 10 y 15 años con el señuelo de librarse de una catástrofe y que escondía toda una maquinaria de abusos.
La Tierra, aseguraba Eddie, iba a desaparecer en 1992 por culpa de un cataclismo nuclear. La salvación pasaba por unirse a este grupo y huir a Nazar y Delhais, dos planetas donde reinaba el amor homosexual y donde solo llegarían los elegidos. Con esta premisa captaban el líder y sus secuaces a estos jóvenes, de perfil heterogéneo pero con un denominador común: la vulnerabilidad. Incluso si procedían de una esfera social acomodada, la ausencia de cariño o de un modelo les hacía volcarse en Edelweiss.
"Sentía que era diferente, que tenía un futuro más prometedor que mis amigos", reconoce otro de los exmiembros en una serie documental reciente producida por RTVE. Medio siglo después de su surgimiento, la entidad pública ha rescatado en cuatro capítulos la historia de la que puede ser la primera organización así en el país. Un grupo que catalogan sus propios integrantes como "totalmente piramidal", de funcionamiento paramilitar y que, a pesar de su inocente apariencia, fue muy destructivo: las personas que pasaron por Edelweiss sufrieron abusos sexuales y vejaciones como parte de la convivencia diaria.
El origen, de hecho, era más ligero. En 1970, Eddie fundó la Asociación Juvenil de Montaña Edelweiss, que se cambió por Boinas Verdes de Edelweiss en 1971. La sede era la parroquia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en el distrito madrileño de Chamartín, donde se apuntaban los interesados. Durante la primera década, el número de alistados rondaba los 400. Y corrieron las primeras demandas por corrupción de menores. En 1976 llegó a entrar en prisión, pero solo unos meses. Al salir, formó la Guardia de Hierro de Delhais, con Carlos de los Ríos y Ignacio de Miguel García-Mas como responsables, y siguió con la secta.
Algunos de los reclutados tenían unas circunstancias familiares complicadas, como confiesan los protagonistas de la serie emitida por RTVE. Todos rondaban entre los 10 y los 15 años y estaban en proceso de domar su personalidad. En Edelweiss sintieron el compañerismo y la preparación para el Armagedon o el cataclismo final. Esa preparación consistía tanto en un entrenamiento de ejército, con castigos físicos y pruebas de supervivencia extremas, como en ser carne de relaciones íntimas homosexuales. Estas servirían para la vida en los otros planetas, donde el amor libre gay era una de las pautas.
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"Juro por mi honor luchar y pertenecer a la Guardia de Hierro de Delhais hasta mi muerte, defendiendo tres conceptos fundamentales y universales: amor, justicia y libertad, aplicándolos a mí mismo, caminando por el sendero de la verdad, hasta que alcance la perfección en el planeta Delhais, al servicio de mi príncipe, el Gran Alain", entonaban los miembros al entrar, refiriéndose a ese otro planeta donde escapar y a Eddie, el mandamás.
Con el tiempo, esas formas de ganarse el espacio exterior iban cincelando otras aptitudes, como el miedo o la vergüenza. No satisfacer a Eddie o los guardias suponía un revés en la autoestima, ya de por sí mermada. El líder jugaba a capricho con sus sentimientos, como lo hacía con sus teorías o la ideología: de adepto a Franco se convirtió en socialista con la Transición. Avanzaba la década de los ochenta y, aunque crecían las sucursales por todo el territorio español, se desmoronaba su chiringuito: a esa fábrica de explotación sexual de menores, que atravesó los límites de las parroquias o instalaciones donde se asentaban, se le sumó la de tráfico de personas.
Un intento de venta de un chico le costó un seguimiento policial que terminaría en los tribunales. Aun con el temor latente de sus miembros, Eddie se sentó en el banco de acusados junto a Carlos de los Ríos y Ignacio de Miguel García-Mas. La condena para el líder, en 1991, fue de 168 años de cárcel, que se quedaron en seis. Y para los secuaces más directos, de unos 65 años, aunque fueron reducidos por su condición de víctima-verdugo: a ellos, tal y como contaron en el juicio, también se les obligó a prostituirse.
Viendo las escenas de estas sesiones y los testimonios de las víctimas se comprueba la magnitud de esta organización. La devastación personal y ese modus operandi poco visto hasta entonces en España salieron a la palestra mediática y quedó registrada como una de las primeras sectas del país, a pesar de que en el sumario no se la considere como tal por ausencia de esta categoría jurídica. El final abrupto de Eddie, degollado en 1998 por uno de sus discípulos, fomentó los estudios posteriores y la leyenda de Edelweiss.
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Luis Santamaría del Río, teólogo y fundador de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), enmarca Edelweiss con ese término ya que "el núcleo básico" es la "manipulación de sus miembros" y desgrana la coyuntura que impulsó su crecimiento: "Era un momento de pérdida de fe católica, del nacimiento del fenómeno OVNI y de inició de la libertad en la sociedad española". Además, Santamaría define al líder como carismático y bien relacionado con la élite. "Había una obediencia ciega", resume a Sputnik.
"Había una razón para ser parte —que la humanidad se encaminaba al abismo y ellos estaban seguros— y luego unos miedos para perpetuar la jerarquía y el silencio: desde los básicos de vergüenza hasta los más profundos de marginación o estigma", analiza el experto, que ve en el componente sexual un rasgo presente en la mayoría de sectas. "Hay dos elementos comunes que son la economía y el sexo. Muchas veces no es el fin, sino el medio para controlar", explica Santamaría, "y otro punto importante es que el líder se siente por encima de la ley, como un elegido de Dios; eso hace que castigue o premie a su capricho y consiga unos fieles muy infantilizados".
Miguel Perlado, psicólogo criminal, resalta esas mismas características: "Una secta es un grupo de manipulación dirigido por algún gurú autoproclamado que controla la personalidad del resto". Lo paradigmático de Edelweiss, sostiene, es que no tenía en principio un motivo religioso o espiritual, sino que era un grupo de montaña. "Se veía saludable y caían rendidos a Eddie cual flautista de Hamelín", disecciona a Sputnik.
Además, Perlado se detiene también en el contexto y sintetiza la evolución comparándolo con otros lugares aventajados, como Estados Unidos. "Era la época de la contracultura, de romper las normas y los cánones sociales. Aquí, lo sexual empezó como algo liberador y acabó como destrucción", esgrime, anotando cómo su potencia fue debilitándose cuando "se vieron las fisuras": "Perdura por miedo a represalias y por miedo a ser el único que sufre, pero luego se va desvelándose y cae", zanja. Aun así, en España sigue vivo el recuerdo de esta obscena secta que iluminaba las mejores emociones antes de transformarlas en oscuridad.
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