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El efecto Barshim-Tamberi y la lucha contra la desesperanza

© AFP 2021 / Ina FassbenderEl atleta italiano, Gianmarco Tamberi, y el atleta catarí Mutaz Essa Barshim en los JJOO en Tokio
El atleta italiano, Gianmarco Tamberi, y el atleta catarí Mutaz Essa Barshim en los JJOO en Tokio - Sputnik Mundo, 1920, 07.08.2021
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Dos atletas olímpicos frente al juez de su competencia. A lo lejos escuchan el murmullo indistinguible de los que les apoyan, de otros competidoers que ríen o lloran. El mundo se para por un instante, la cámara transmite sus rostros y una expresión de absoluta conciencia no puede ser contenida por los lentes oscuros del catarí, Mutaz Essa Barshim.
Durante algunos segundos, ambos escuchan lo que se presenta como un dilema: se encuentran empatados en el primer lugar. Tienen la opción de seguir compitiendo hasta que alguien gane o pueden, simplemente, acordar compartir la victoria. "¿Ambos podemos tener el oro?", pregunta Barshim. La respuesta afirmativa del juez no admite debate. Para qué seguir compitiendo, si los dos pueden disfrutar la misma gloria. Tanto Barshim como Tamberi deciden por el bien común.
El deporte suele regalarnos esta clase de gestos. En 2020, el atleta español Diego Méntrida que competía en el triatlón de Bilbao, al percatarse que su adversario James Teagle se había equivocado de camino justo antes de llegar a la meta final, decidió detenerse y permitir que quien lo había superado durante toda la carrera no se quedara sin esa victoria. "Merecía ganar", diría Méntrida a los medios. Teagle reconocería este gesto del español, llamándolo "deportista íntegro".
Podríamos seguir enumerando situaciones similares en las que las breves rivalidades han quedado relegadas por acciones que bien valen, mucho más que un like en redes sociales. Así como lo describe la Carta Olímpica, las competiciones no buscan sino "contribuir a la construcción de un mundo mejor y más pacífico, educando a la juventud a través de una práctica deportiva conforme con el Olimpismo y sus valores". Lo que nos regala Barshim y Tamberi es la oportunidad perfecta para plantear asuntos que no suelen tener últimamente mucho centimetraje en la telaraña digital y que, sin embargo, son cruciales para cada persona que habita este planeta.

Los enemigos de todo lo bueno

A contracorriente del sentimiento provocado por las olimpiadas y por los excelsos gestos de los y las atletas, una noticia irrumpe con perturbadora disonancia.
"Varias personas necesitaron de asistencia médica en la proyección de la película ganadora de Cannes", informa el corresponsal ruso del portal Lenta. La película Titane, de la la directora francesa Julia Ducorno que recibiría la Palma de Oro, premio principal del 74 Festival de Cine de Cannes, estaba tan plagada de escenas de "sangre, asesinatos y orgías" que fue necesario que los médicos se viesen en la necesidad de socorrer a varias "decenas de espectadores" mientras que otras "abandonaron el salón".
Una situación similar ocurrió en el 2018, en el mismo festival de Cannes con otra película de asesinos seriales.
'Titane', captura de pantalla - Sputnik Mundo, 1920, 18.07.2021
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Varias personas necesitaron asistencia médica en la proyección de la película ganadora de Cannes
En dicha oportunidad, le correspondería a Lars Von Triers y su película La casa de Jack, cuya proyección ocasionó, según lo reportase Ramin Setoodeh de la revista Newsweek, que muchos espectadores salieran de la sala al no poder soportar las grotescas escenas que incluían "la mutilación de mujeres y niños".
Una frase contenida en el guion escrito por Lars Von Triers, es digna de estudio:

"Algunos afirman que las atrocidades que cometemos en la ficción son deseos ocultos que no llevamos a cabo en nuestra civilización controlada. Por eso nos expresamos mediante de nuestro arte. No estoy de acuerdo. Creo que el cielo y el infierno son lo mismo, el alma pertenece al cielo, el cuerpo al infierno. Pienso en todas las cosas que he hecho en mi vida sin sufrir el más mínimo castigo"

Al detenerse en dichas ideas, en especial la última línea, es imposible no pensar en que hoy se conmemora un año más desde que la humanidad conoció el horror nuclear. Muchos conocen que el 6 y 9 de agosto, Estados Unidos lanzó sobre población civil dos bombas nucleares que arrasaron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, lo que pocos conocen es que unos meses antes, el infierno ya se había posado sobre la faz de la tierra.
El 9 de marzo de 1945, el general del Ejército estadounidense, Curtis LeMay, luego de analizar informes de inteligencia, ordenó la implementación de la operación Meetinghouse. Más de 300 aviones Boeing 29 lanzaron más de 1.700 bombas de napalm M69. En cuestión de horas, 100.000 seres humanos fueron incinerados en sus propias casas. El secretario de Defensa, Robert McNamara, al rememorar dicho bombardeo, junto con la decisión de probar la bomba atómica sobre un Japón prácticamente ya derrotado, confesó: "De no haber ganado la guerra habríamos sido juzgados como criminales de guerra".
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En noviembre de 1945, se juzgó en Núremberg a los líderes militares que diseñaron y ordenaron crear lugares como Auschwitz. LeMay nunca fue juzgado. Falleció en 1990 de un ataque al corazón en su casa de California, "sin el más mínimo castigo".

Ingenierías de desesperanza

El miedo, afirma Joanna Bourke, podría estar convirtiéndose en el signo de nuestro tiempo. "Hoy tenemos tanto miedo como en la Edad Media y más que en el siglo XIX" sostiene la historiadora neozelandesa.
Para Bourke existe una exacerbación del miedo como mecanismo de control, específicamente desde los ataques terroristas del 11 de septiembre. A su juicio, hay Gobiernos como los de Estados Unidos y Reino Unido que han promovido la paranoia colectiva, para desarrollar toda suerte de políticas de orden social.
"La gente tiene mucho miedo, vivimos en un mundo sobrecargado de peligros: la alimentación, el cáncer, el cambio climático… estamos sobreexpuestos a información que produce miedo", puntualiza.
Los medios masivos de difusión son tremendamente responsables de esta escalada de temor. ¿Pero con qué fin? ¿Podríamos considerar que esto solo se trata de la "industria del entretenimiento" o efectivamente hay algo que no estamos perdiendo?
Es innegable que existe una necesidad de mantener a las sociedades del planeta en un "Estado de emergencia permanente", tal como lo diría el antropólogo Michael Taussig. Generar a través de cualquier medio y estrategia un profundo malestar que no permita establecer lazos armónicos y pacíficos entre los semejantes.
Esto tiene su razón, en un mundo donde los conflictos no sean la norma sino una extraña y dolorosa perturbación, sería mucho menos efectivo mercadear guerras, desahucios, golpes de Estado, sanciones económicas. Colonizar de miedo, de horror, la mente y el corazón de todos, es el primer paso para aceptar que no hay sino la desesperanza y la impotencia como únicos caminos posibles a seguir. Dividir, pero también desalentar, siempre será conquistar.
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Teniendo semejante desequilibrio en cuanto a los mensajes que pueblan el imaginario colectivo, conviene saber el verdadero valor del gesto de Barshim y Tamberi.
Estamos transitando los estadios superiores de una sociedad caracterizada por lo que la filósofa mexicana Sayak Valencia llama el 'capitalismo gore'. Es decir: "la obediencia ciega a las demandas de hiperconsumo (…) que nos ponen de frente con nuestra imposibilidad de consumirlo todo y desemboca en frustración constante y esta, a su vez, en agresividad y violencias explícitas".
El economista Aguilera Klink, esquematiza como esto se traduce en nuestros modelos económicos y políticos:
"Hemos aprendido (más bien hemos sido adoctrinados en) una idea de la ´naturaleza humana´, en el sentido de que ‘somos egoístas por naturaleza’, que conduce ‘naturalmente´ a una idea de racionalidad económica y del hombre centrada en la maximización de los beneficios. En otras palabras, considera al hombre como si solo fuera un agente racional, entendiendo por racional el que sigue un comportamiento maximizador sin sentimientos ni valores morales que, además, ignora las relaciones con el medioambiente y se olvida de que dependemos de él. De hecho, el medioambiente desaparece de nuestras estructuras mentales y emocionales gracias al aprendizaje recibido pues aprendemos a no ver lo que tenemos delante ni aquello que es vital para poder vivir como seres humanos. Hemos perdido la conciencia de nuestra dependencia de la naturaleza y de que somos naturaleza, en definitiva, hemos perdido (nos han enseñado a perder) la conciencia de nosotros mismos y no nos hemos enterado", explica Klink.
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Se nos quiere convencer de que esa es nuestra naturaleza, pero también el sentido de la historia. El sistema económico ha terminado siendo, en resumidas cuentas, un sistema de civilización. El egoísmo es la escala para medir las relaciones humanas y El príncipe, la biblia de las relaciones políticas. Somos más que eso y Barshim-Tamberi lo demuestran, así como muchas otras y otros. Lo que arriesgan sus vidas para evitar que los que huyen de las guerras mueran ahogados en el Mediterráneo, quienes se atreven a llevar sus barcos con alimentos hasta los puertos de naciones bloqueadas.
No ceder a la desesperanza es entender esto. Aunque no es suficiente. Generar una alternativa implica visibilizar y denunciar los mecanismos para desalentar modelos políticos, de producción y consumo distintos (Escala global), detener las políticas de odio que generan fragmentación social (escala regional y nacional) y desconfianza/desencanto inter/intra personal (escala individual). Pero el trabajo es inmenso y no puede comenzar sin antes mantener una premisa: la economía y el mundo material, se fundan sobre la base de una decisión ética que es en sí una idea acerca del buen vivir en esta tierra. Las realidades físicas generan unas presiones, sí, pero son las expectativas y la espiritualidad quienes las modelan. Si no logramos entrar al juego del imaginario, poblarlo con imágenes, con símbolos, seguiremos siempre a la defensiva y confundiendo pequeños avances con estructuras permanentes. Si queremos salvar el planeta de la debacle, primero debemos sanar la relación con nuestros semejantes (y con nosotros mismos), es este el efecto positivo al que aspiramos, nuestra Ahimsa, nuestra Sumak Kasay, la lección que nos deja Barshim-Tamberi.
LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK
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