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Injurias, manipulación y propaganda: el misterio sin resolver del cadáver de un intelectual español

© Sputnik / Alberto García PalomoEstatua de Miguel de Unamuno en Salamanca
Estatua de Miguel de Unamuno en Salamanca - Sputnik Mundo, 1920, 12.06.2021
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Con 'La doble muerte de Unamuno', Manuel Menchón y Luis García Jambrina retoman los últimos meses del escritor en Salamanca. Se había producido el Golpe de Estado y sus palabras molestaban a un Régimen que quiso apropiarse de su figura.
Quería emular a su querido Don Quijote y acabó como San Manuel Bueno, su personaje: de mártir. Miguel de Unamuno fue, ante todo, un intelectual a la contra. Huía como de la peste, repetía, de que le clasificaran. De las etiquetas. Este escritor de teatro, poesía, artículos o novelas estuvo en constante revisión de sus ideas. Desde la juventud en su Bilbao natal hasta el deceso en Salamanca, el autor de Niebla o La tía Tula solo se casó con la duda.
Resumiendo mucho su pensamiento poliédrico, Unamuno abogó por la paz durante las guerras carlistas, contra el nacionalismo mientras en el País Vasco se empezaba a teorizar sobre él, se opuso tanto a la monarquía como al régimen de Primo de Rivera (que le costó el destierro en la isla canaria de Fuerteventura), apoyó a la II República y después la puso en tela de juicio. Incluso pasó de un agnosticismo beligerante a una especie de espiritualidad cercana al cristianismo. Él quiso ser definido, si acaso, como "liberal".
Su sepulcro, en el cementerio de Salamanca (ciudad al noroeste de España), reza: "Méteme, padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo desecho, de tanto bregar". Y es cierto que tuvo una vida convulsa. Sobre todo en los últimos meses. Desde que proclama la República en esta provincia castellanoleonesa, a Miguel de Unamuno se le acumulan los acontecimientos.
Vuelve a ocupar el cargo de rector en la Universidad, mantiene sus polémicas con personalidades de la época (el filósofo Ortega y Gasset, el escritor Pío Baroja, compañero de la llamada Generación del 98, Ramón María de Valle-Inclán, etcétera), publica tribunas en medios internacionales, sufre el ataque de distintos bandos ideológicos, aplaude el alzamiento militar del 36 y luego lo reprueba… En fin: su afán de hurgar en el fondo del pensamiento le lleva a una cruzada con desenlace funesto, como el de su adorado Alonso Quijano.
© Foto : Cortesía de Cristina CandelManuel Menchón y Luis García Jambrina, autores del libro 'La doble muerte de Unamuno' (Capitán Swing)
Manuel Menchón y Luis García Jambrina, autores del libro 'La doble muerte de Unamuno' (Capitán Swing) - Sputnik Mundo, 1920, 11.06.2021
Manuel Menchón y Luis García Jambrina, autores del libro 'La doble muerte de Unamuno' (Capitán Swing)
"Las personas inclasificables suelen ser molestas, pues no podemos simplificarlas ni reducirlas a un solo concepto o categoría, especialmente en España, donde somos muy dados a proclamar esa falsa y terrible disyuntiva de 'o estás conmigo o estás contra mí', como si las cosas fueran tan sencillas y no cupieran otras opciones, incluso varias a la vez", apuntan Luis García Jambrina y Manuel Menchón en el libro La doble muerte de Unamuno, editado recientemente por Capitán Swing.
Jambrina y Menchón —profesor de la Universidad de Salamanca y cineasta, respectivamente— han elaborado una investigación inconclusa sobre las causas que acabaron con la vida del eterno candidato a Premio Nobel. Lo hacen prácticamente como una intriga, partiendo de un documental anterior filmado por Menchón. El malagueño, de 44 años, estrenó en 2015 La isla del viento, una película de ficción sobre la experiencia del catedrático en el exilio. Y en 2020 presentó Palabras para un fin del mundo, una narración de los últimos días de Unamuno con documentos audiovisuales inéditos.
"Unamuno enseña a hacerse preguntas y cuestionar todo, y ese era también nuestro objetivo", arguye Menchón a Sputnik, apasionado por el escritor y a quien ve necesario recordar. "En los años 30 fue de los primeros que alertó sobre las fake news y la manipulación informativa", añade. Su defunción, que da nombre a la obra, no es solo física, sino también metafórica: España asemejó su figura con la incoherencia en sus razonamientos. Como dice Jambrina (Zamora, 1960), lo "perturbador" es que el bilbaíno ha quedado como un Judas de la República, mientras Lorca ha quedado como un emblema.
En ese detalle reside, quizás, la clave del libro y de la película. La doble muerte de Unamuno y Palabras para un fin del mundo siguen los pasos de aquel periodo entre un levantamiento militar encabezado por Francisco Franco y la muerte de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936. En ambas se analiza no solo el motivo de este final, sino los prolegómenos y las circunstancias o los protagonistas del momento.
© Sputnik / Alberto García PalomoPlaca en la casa salmantina de Miguel de Unamuno
Placa en la casa salmantina de Miguel de Unamuno  - Sputnik Mundo, 1920, 11.06.2021
Placa en la casa salmantina de Miguel de Unamuno
Hay varias. Poco después del 19 de julio de 1936, día de la sublevación en África, la ciudad cayó en poder de las tropas franquistas. Y la sede de la Oficina de Prensa y Propaganda se ubicó en el Palacio de Anaya de Salamanca. José Millán-Astray, fundador de la legión y al mando de este organismo, usó algunas de las artimañas a su alcance para convertir a la población: sus discursos estaban cargados de odio, ocultaba noticias, tiraba de demagogia y aborrecía la cultura. "Muera la inteligencia, viva la muerte", llegó a exclamar.
Resaltaba la barbarie con la que los nacionales avasallaban a civiles. Unamuno vio cómo asesinaron a Casto Prieto Carrasco, amigo y alcalde de la ciudad. O cómo fusilaban a Salvador Vila, alumno y compañero de oficio. En las tertulias del Café Novelty, en una esquina de la Plaza Mayorsalmantina, la inquietud era cada vez más fuerte. El catedrático seguía lanzando columnas beligerantes contra el régimen y sus vilezas. A Millán-Astray le tildó de "grosero" o de "loco histrión".
Y todo lo que había criticado de la II República, o incluso lo que había valorado de la insurrección, se desvanece. Pronto, Unamuno pide clemencia, acusa al nuevo Gobierno e incluso suplica perdón a Franco para allegados presos. Nada le sirve: la Guerra cada vez es más cruenta. Algunos otros puntos del mapa sucumben y los dirigentes republicanos van adoptando diferentes estrategias ante esta contienda fratricida.
El momento cumbre llega el 12 de octubre de 1936. El que hoy es Día de la Hispanidad era la Fiesta de la Raza. En el paraninfo de la Universidad se celebró un acto encabezado por Unamuno y Millán-Astray. A su lado, Carmen Polo, esposa de Franco. El rector quiso aprovechar la festividad para enarbolar un alegato humanista. Mencionó a José Rizal, considerado traidor por impulsar la revolución en Filipinas, y se desató la algazara: el público vociferó, le interrumpió y levantó el brazo a modo de saludo nazi; Millán-Astray tomó la palabra para gritar: "¡Muerte a la intelectualidad traidora!".
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Entonces, Unamuno culminó con las célebres palabras "venceréis, pero no convenceréis". "Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España", esgrimió delante de la audiencia y antes de salir escoltado del edificio.
Fue a partir de aquel acto en que el viejo profesor se tornó en proscrito. Se le quitó su acta de rector, sufrió un arresto domiciliario y murió en menos de tres meses. Acerca de esos últimos instantes aún pesa el misterio: ¿Qué le ocurrió realmente? ¿Por qué no hubo autopsia? ¿Quién estaba con él? ¿Cómo se organizó tan rápidamente el sepelio? ¿Por qué se silenció posteriormente?
"La muerte de Unamuno fue un relato falangista", acuña Menchón, "pero su destino estaba sellado". Los autores del libro no dan ninguna respuesta ni veredicto, simplemente emiten preguntas. A partir de las manipulaciones en documentos, de los datos que se han ido descubriendo y de los cambios de testimonios o pesquisas propias, dejan en el aire ese episodio oficial. "Hay muchas incógnitas y un cúmulo de irregularidades", afirma Menchón.
Aclara el director y guionista que ninguno de los dos es juez, pero que existen varios procedimientos dudosos. "Se apropian de su muerte con un funeral por todo lo alto cuando la firma de defunción se hace una hora antes", puntualiza. Entra en ese cóctel de sospechas la presencia de Bartolomé Aragón, supuesto seguidor de Unamuno y pupilo de la Universidad que fue testigo de su fallecimiento.
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"No aparece matriculado como alumno y encima era un falangista de la oficina de Prensa y Propaganda en Huelva", anota Menchón, señalando las cinco cartas que mandó poco antes el escritor avisando de su persecución y la donación de su biblioteca en vistas de su próximo desenlace. "Queríamos indagar en los motivos de su muerte, porque es un personaje fundamental y se le hizo pasar por contradictorio o directamente se le silenció", expone García Jambrina valorando su pensamiento "orgánico", que transita entre dos siglos: "Vivió 36 años en el XIX y 36 en el XX. Y siempre fue fiel a lo que iba pensando en cada momento".
Queda en vilo si hubo envenenamiento o si tuvo de forma natural una hemorragia bulbar, tal y como se registró. Y queda en vilo una recomposición de su figura: esa segunda muerte simbólica que el pueblo español propició. "Unamuno era una bomba de relojería para los sublevados, y no es una exageración", cree García Jambrina, que el 17 de junio dialogará sobre su influencia con Menchón en el Instituto Cervantes de Madrid.
Si le ejecutaban como a Lorca, la opinión pública cambiaría y la repercusión internacional podría "haber alterado el curso de la Historia", en palabras del coautor, que opina cómo Unamuno sigue levantando pasiones. Se optó por lo panegírico o los cuentos de hadas: "A un hombre que había sufrido ya una larga agonía durante todo su vivir, Dios le concedió no tenerla a la hora de morir", decoraba una necrológica.
"El relato tiene incoherencias, lagunas. Y Unamuno es una víctima más del franquismo, que lo acalló de forma deliberada. Por lo menos, si antes estaba en el purgatorio, ahora está en el limbo", asegura García Jambrina. Hasta el homenaje por el 30 aniversario de la muerte se retrasó. Consistió en instalar una escultura frente a su casa salmantina, en la calle Bordadores. Hoy sigue ahí, con las manos en la espalda, la mirada al cielo y uno de sus versos tallados en mármol: "Del corazón en las honduras guardo tu alma robusta. Cuando yo me muera guarda, dorada Salamanca mía, tú mi recuerdo".
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