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La escritora catalana Clara Usón a Sputnik: "Los rusos son grandes desconocidos, y es una pena"

© Foto : Cortesía de Iván Giménez- Seix Barral La escritora catalana, Clara Usón
La escritora catalana, Clara Usón - Sputnik Mundo, 1920, 25.05.2021
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La escritora catalana se ha convertido en una de las principales referentes de la literatura española del siglo XXI, y ha recibido numerosos premios como el de Biblioteca Breve, el Premio de la Crítica, el Premio Ciutat de Barcelona y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, entre otros.
Clara Usón (Barcelona, 1961), estudió Derecho porque pensaba que esa carrera le permitiría vivir como a ella le gustaba siendo una veinteañera en la España postfranquista. Usón pertenece a esa generación de jóvenes que se aferraron a una libertad deseada durante décadas y que imitaba a una Europa posmoderna que vivía de fiesta y de sueños. Las drogas llegaron a su vida como a la de tantos compañeros de su quinta, y su obsesión por la muerte y el suicidio la llevaron a coquetear con la pesadilla de tocar fondo varias veces.
Acudió a demasiados funerales de los que un día fueron sus compañeros de juergas, pero a ella le salvó su madre, a la que hasta después de muerta casi odiaba, porque su progenitora era una mujer antigua castigada por el patriarcado que se sentía culpable por no haber engendrado varones; y eso, la niña Clara lo mamó hasta la huida.
Usón decidió dejar la abogacía cuando sobrevivió (varias veces) a la sobredosis de sustancias y pasiones, y comenzó a escribir porque era lo que le gustaba, a pesar de pensar que iba a morirse de hambre. Sin embargo, la catalana se ha convertido en una de las referentes más importantes de la literatura española, con numerosos premios y reconocimientos de la crítica a su obra.
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Acaba de reeditar El viaje de las palabras, una de sus novelas más exitosas, donde su personaje principal, Lucía Almandoz, protagoniza un viaje que era un sueño de Usón. Lucía es una joven barcelonesa que se encuentra afanada en la escritura de su tesis doctoral sobre Antón Chéjov, y de forma inesperada se ve transportada al año 1892, donde comienza una relación con el escritor ruso.
En entrevista con Sputnik, Clara Usón explica porqué se enamoró de Chéjov y de la literatura rusa cuando solo tenía doce años y alternaba sus libros con los del Pato Donald. La escritora explica porqué el intercambio cultural con Rusia debería ser un imperativo para la sociedad occidental y cómo ve el futuro inmediato de la sociedad post pandémica.
En esta entrevista hablamos de los miedos que permanecen y de porqué nos empeñamos en construir fronteras inútiles y desiguales.
Clara, usted ha dicho: “Hay quien cree en Dios, yo creo en Chéjov”. ¿De dónde viene ese amor hacia el escritor ruso?
—Me viene de muy atrás. Por casualidad yo empecé a leer a Chéjov a los 12 años, pero no tenía ni idea de quién era. Es porque hice un viaje y tenía que estar unos meses fuera de mi casa, en Córcega con una familia francesa, y mis padres tenían una edición de la editorial Aguilar de los cuentos completos de Chéjov. Era de esas ediciones con papel cebolla, muy fino, con letra muy pequeñita, con prólogo de Juan Eduardo Acuña… Y yo me llevé al viaje los libros del Pato Donald y ese, y después cuando acabé de leer los libros del Pato Donald me metí con Chéjov. No sé cómo puede ser que a los 12 años me interesara, pero lo cierto es que me encantó, y desde entonces no lo he dejado. Fue un flechazo.
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—¿Y lo pudo entender a los 12 años? Es un autor que cuesta, incluso en la edad adulta.
—No me lo explico, no era una niña que leyera Shakespeare a los 5 años. Era una niña normal y corriente, pero yo creo que estábamos destinados a encontrarnos. Son historias en las que pasan pocas cosas, con una gran hondura psicológica. No sé cómo pasó, pero lo cierto es que me enamoré de Chéjov y desde entonces sigo.
—¿Y esto le llevó también enamorarse o por lo menos preguntarse sobre Rusia, el país del escritor?
—A raíz de este flechazo con Chéjov, yo empecé a leer autores rusos y la verdad es que me fascina la literatura rusa, especialmente la del siglo XIX, que creo que es una de las cumbres de la literatura mundial en lo que corresponde a la narrativa y también a la poesía de Pushkin. Hay autores como Tolstói, Dostoyevski, Turguénev, Chéjov, Lérmontov, Gógol, Leikin, entre tantos otros. Es que los he leído a todos… Son maravillosos.
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—¿Y cuál es su favorito?
—Chéjov y luego Tolstói. Ellos tienen obras insuperables. Van más allá. La muerte de Iván Ilich, entre otras cosas. Dostoyevski no me gusta tanto, pienso, puede ser por la influencia de Chéjov, porque a Chéjov no le gustaba Dostoyevski, claro, y yo soy de Chéjov. Chéjov decía que era un poco histriónico, que gesticulaba demasiado… Y a mí me pasa un poco, me ponen algo nerviosa los personajes de Dostoyevski, me gustan sus novelas cortas como El jugador, El eterno marido, Crimen y castigo, pero nunca he podido soportar Los hermanos Karamázov porque me suenan un poco a falsos, pero eso es por influencia de Chéjov, claro, es que no puedo evitarlo (risas).
—¿Y ha podido usted viajar a Rusia? ¿Conoce el país de sus autores favoritos?
—Pues no y me encantaría. Nunca he viajado a Rusia. La tengo en mi cabeza, además investigué muchísimo para esta novela y sobre todo investigué sobre la Rusia del siglo XIX, la tremenda desigualdad, la Rusia fascista, la de los siervos, la que tuvo esclavos hasta 1861. De hecho, Chéjov era nieto de un esclavo, de un siervo. Chéjov tenía la particularidad de que no era un aristócrata, todos los demás escritores que mencionaba antes eran de la nobleza o de la pequeña nobleza; pero Chéjov era hijo de un comerciante que quebró y nieto de un siervo. Nació en Taganrog y desde muy jovencito estuvo ganándose la vida con unas historias cómicas que las firmaba como Antosha Chejonté y luego ya evolucionó y mantuvo a toda su familia. De esto también hablo en la novela…
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—En 'El viaje de las palabras', el personaje principal Lucía Almandoz es una joven barcelonesa que está escribiendo su tesis doctoral sobre Chéjov, y de repente se ve transportada de manera inesperada en el tiempo a 1892, donde se encuentra con él. Si usted pudiera viajar en el tiempo, ¿dónde viajaría, Clara?
—Pues ahí, claro. Es que esa era mi fantasía, mi sueño secreto, trasladarme a la Rusia del siglo XIX, ser una condesa y conocer a Chéjov. Y lo cumplí con está novela (Risas).
—Lo suyo es casi como un amor platónico…
—Absolutamente. Además sé que no soy el tipo de mujer que le gustaba a Chéjov, no me hubiera hecho ni caso, y él era un hombre maravilloso, pero un poco misógino. Claro, es que era un siglo en el que, aunque él era un hombre muy moderno, todavía tenían la idea de que la mujer debía ser guapa y no muy lista.
Realmente, para mí es la persona que me gustaría ser y que nunca he sido. Pues más allá de ser escritor, era médico. Él decía que la medicina era su esposa y la literatura su amante o viceversa, y como médico ayudó muchísimo a los muzhik, a los campesinos, que no les cobraba.
Si había una epidemia de cólera, él dejaba de lado lo que tuviera que hacer y se ponía a montar hospitales, a lo que hiciera falta. Era un hombre que dedicó su vida a los demás. Te hablo de él como si fuera un santo, pero no es un santo.
—Y por seguir con la temática rusa antes de pasar a otra cosa. ¿Usted cree que vivimos en un mundo donde hay rusofobia?
—Los rusos son grandes desconocidos y es una pena. Rusia también es una gran desconocida. No acaba de ser Europa, ni acaba de ser Asia. Pero es tan grande, tiene tantos contrastes. Yo sí que creo que Rusia está por descubrirse, que debería haber más intercambio cultural con Rusia, que los europeos deberíamos ir a Rusia, que los rusos deberían venir aquí. Deberíamos conocernos mejor, la cultura sirve para eso. Cuando tú lees una novela de Tolstói, un cuento de Chéjov, comprendes que somos iguales. La condición humana es la misma en todas partes y eso sirve para acercar a los pueblos. La cultura es lo que tenemos en común y es universal. A mí me han influenciado mucho más los autores rusos del siglo XIX que los autores españoles del siglo XIX, mucho más Chéjov y Tolstói que Pérez Galdós.
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—Lo que creo que sí es innegable es que vivimos en una sociedad de miedo a lo desconocido, a lo extranjero, a lo que es diferente a nosotros. Usted es catalana, pero su padre no es catalán y por lo tanto su familia era lo que se llamaban los charnegos. ¿Usted cree que estamos involucionando, que vamos más hacia el individualismo y hacia el odio a lo que no conocemos, hacia la imposición de fronteras desiguales?
—Absolutamente. La xenofobia, el nacionalismo… Yo creo que el nacionalismo es la causa de todos los males en Europa. El narcisismo colectivo, si lo quieres llamar así. Nosotros contra los otros, la culpa de todo la tienen los otros. ¿Lo ves? Reino Unido ahora desde el Brexit, Boris Johnson está convenciendo a todos los británicos de que todo lo malo viene de Europa. Y aquí unos dicen que todo lo malo viene de Cataluña y otros que todo lo malo viene de España.
Es lamentable es que nos aferremos a esta idealización del territorio para no dejar entrar en nuestros territorios a todos esos seres desamparados que hay en el mundo, todos esos miles de refugiados.
—¿Cómo en Ceuta?
—Marruecos utiliza a sus ciudadanos como peones, incluso los engaña. Es muy triste, Y no evolucionamos. Tú lees un cuento de Chéjov y lo que les pasa por la cabeza a sus personajes, cómo reaccionan, el tema de la incomunicación, podría ser perfectamente un cuento contemporáneo; no mejoramos en ese sentido, podemos tener más avances tecnológicos y científicos pero nuestras pasiones, la envidia, el odio, el deseo, todo eso sigue ahí…
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—Clara, usted es una mujer pasional, que vivió una juventud al borde del abismo. Lo ha descrito usted misma. Perdió un poco el norte a finales de los 70, pensó en el suicidio, se metió en las drogas, estuvo en clínicas de desintoxicación… ¿Fue gracias a sus experiencias personales por lo que retrató muy bien la España de los 80 en otra novela suya, Corazón de Napalm?
—Yo reflejé lo que viví. Yo no fui única. En realidad es un retrato generacional, porque yo me dejé llevar como todos. Fue una época de explosión de libertad, pero estábamos desorientados.
Salimos de una dictadura y yo tenía 14 años cuando murió Franco. Nos emborrachamos de esa libertad y a diferencia de los jóvenes de hoy, que no ven ningún horizonte positivo, que creen que las cosas están mal, tuvimos la gran suerte de tener la percepción de que todo iba a mejorar, de que nuestro futuro iba a ser mucho mejor que la vida que habían tenido nuestros padres.
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Y nos apuntamos a la fiesta, quisimos celebrarlo a lo bestia. En España casi no había habido drogas, el 68 aquí pasó de puntillas y de pronto empezamos a hacer lo que creímos que hacían los europeos, porque los imitábamos en todo. Ahí entraron las drogas y hubo una auténtica carnicería porque no teníamos ni idea de que las drogas tenían consecuencias.
La mía fue la generación que alternó los funerales de los abuelos con los de los amigos y eso es fuerte.
—¿Y eso es lo que le ha llevado a usted a decir que está un poco obsesionada con el suicidio, y que la muerte aparezca también como algo recurrente en sus libros, así como las familias disfuncionales?
—Te voy a citar uno de los inicios de novela más célebres del mundo: "Todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su manera", de Ana Karénina, de Tolstói.
Después nos endosa mil y pico páginas apasionantes; pero sabemos que es una familia desgraciada, porque mil páginas de una familia feliz nadie las aguantaría.
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Y en cuanto al suicidio es una obsesión que tengo desde muy joven. Tengo fascinación por el suicidio.
Esa tentación de escaparte cuando las cosas se ponen complicadas yo la he tenido siempre y sí hubo una época en la que esa fascinación por el suicidio me llevó a varias sobredosis, a entrar y salir de hospitales, de clínicas psiquiátricas; y finalmente a entrar en un centro de desintoxicación. Era una absoluta pesadilla. La fascinación se convirtió en pesadilla, y aún eso sigue estando ahí, porque la vida es absurda como decía Camus.
—Y la que le salvaba siempre era su madre, aunque la odió durante mucho tiempo…
—Eso lo conté en El asesino tímido. Tuve una relación tormentosa con mi madre, porque además era la época del franquismo,
Entonces claro, para mi madre, tener una hija era como tener un ser de segunda categoría porque las mujeres no teníamos derechos. Mi padre, además, ya le había dejado claro a mi madre que quería tener hijos, pero mi madre tuvo dos hijas.
Ella, inevitablemente, en su subconsciente pensaba que había fallado dos veces y mi relación con mi madre, aparte de que ella tenía una relación muy complicada con mi padre, fue muy mala; hasta que de pronto, muy mayorcita yo, con treinta y bastantes años, cuando me metí yo en esa espiral de sobredosis, hospitales y depresiones profundas; ella fue quien me salvó.
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—Ahora hemos vivido una pandemia, una época de prohibiciones, la gente está cansada, florecen los discursos de la ultraderecha… ¿Qué crees que va a pasar? ¿Nos espera una época de libertad mal entendida o libertinaje?
—Pues no tengo ni idea, pero la verdad es que me preocupa. Marx decía: "La historia se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como comedia".
En España no hubo una ruptura con el fascismo y eso lo estamos pagando. Lo de Madrid es un caso… Estamos en un momento muy peligroso.
—Y más allá de la política, ¿habrá un resurgir de "yo hago lo que me da la gana, y me da igual mi vecino"?
—Eso ya es la falta de solidaridad absoluta. Pero sí lo están fomentando los políticos. Lo de Ayuso es sumamente populista, es una seguidora de Trump.
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Y los jóvenes son las peores víctimas en la pandemia. En España hay un 40% de paro juvenil y los que no están en paro tienen unos salarios de miseria, que no les permiten independizarse. Y eso es un drama del que los gobernantes no se están ocupando. Hay un peligro de que los jóvenes dejen de creer en la democracia, porque si la democracia no piensa en ellos, ni en resolver sus problemas, puede surgir otra vez un político populista fascista que diga: "Yo os voy a arreglar todo" y eso es muy seductor. A mí me da mucho miedo, la desigualdad para mí es un problema enorme, que no estamos abordando.
—¿Qué le llevó a querer escribir después de estudiar Derecho?
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—Fue porque no me gustaba el Derecho. Cuando yo era joven vivía entregada a la fiesta. Ibas al trabajo de lunes a viernes y mientras tanto estabas toda la semana planeando el fiestorro del fin de semana. Y al mismo tiempo, también era más conservadora que ahora, los escritores se mueren de hambre, yo sabía que quería escribir, porque siempre he sido una lectora devota y cuando lees mucho el instinto de emulación surge y dije: "Voy a contar yo mis historias"; pero también sabía que los escritores especialmente en España se mueren de hambre, y estudié Derecho y empecé a trabajar como abogada, me ganaba bien la vida. Era como una mal casada, con un marido serio, que te ofrece seguridad, estabilidad, pero del que no estás enamorada; es un matrimonio de conveniencia y todo va bien hasta que de pronto te enamoras de otro.
Y en ese momento de pronto, empecé a escribir en mis ratos libres, que eran pocos; porque siempre había querido hacerlo. Fue un proceso largo y después de mi pesadilla personal llegó el momento en que pudo más el deseo que la prudencia.
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