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Jesús Carrasco: "No creo que tengamos una deuda incondicional con nuestros padres"

© Foto : Iván Giménez- Seix Barral Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), autor de las novelas Intemperie y Llévame a casa
Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), autor de las novelas Intemperie y Llévame a casa - Sputnik Mundo, 1920, 13.04.2021
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El extremeño Jesús Carrasco vuelve con 'Llévame a casa', una novela intimista que habla sobre la familia y las responsabilidades que los hijos adquieren con los padres. El texto habla de la huida de los lugares que nos vieron crecer y que nos avergüenzan; y el encontronazo previsible y posterior con esos orígenes a través de unos ojos diferentes.
Jesús Carrasco (Badajoz, 1972) irrumpió en el panorama literario español en 2013 con el rotundo éxito que cosechó su novela Intemperie, un drama rural y angustiante que nos narra casi en forma de thriller la huida de un niño de su pueblo natal en algún punto recóndito. Intemperie se tradujo a veinte idiomas e incluso fue llevada al cine por Benito Zambrano y protagonizada por Luis Tosar.
Después de eso, Jesús Carrasco se fue a Edimburgo y escribió dos novelas que no salieron del cajón. No le gustaron, perdió la inspiración o no fue capaz en aquel momento de transmitir lo que él es. Fue, según asegura el propio autor, una experiencia "frustrante".
Ahora, Carrasco llega con otra novela: Llévame a casa (Seix Barral). Un texto autobiográfico que protagoniza Juan, un hombre que dejó la casa de sus padres en un pueblo de Toledo y consigue independizarse en el extranjero. La muerte del padre le hace volver y afrontar responsabilidades, recuerdos y miedos que afloran casi sin darse cuenta.
Una vez allí, su hermana le cuenta que su madre padece alzheimer y que ella no puede atenderla, así que Juan se ve obligado a renunciar a su vida despreocupada y quedarse en el pueblo de donde siempre había querido huir y con el que siente que ya no tiene nada en común.
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Allí deberá cuidar de su madre y encargarse del negocio familiar; y mientras transcurren las páginas de Llévame a casa casi sin darnos cuenta, el texto profundiza en las relaciones entre padres e hijos, en las responsabilidades irremediables que se adquieren en el seno familiar y en las diferencias evidentes a la hora de comunicarnos que se dan entre una y otra generación.
Jesús Carrasco dice que tardó solo un mes en escribir esta novela que promete, al menos, llegar al mismo éxito que Intemperie. En una época donde la pandemia nos ha hecho irremediablemente parar y reflexionar sobre nuestra forma de vida, Llévame a casa habla sin tapujos y con maestría sobre los tabúes que suelen dormir en lo más profundo de nuestros orígenes.
—'Intemperie' era una novela más oscura, también con lo rural como telón de fondo, pero narra una huida de un niño que nos mantiene en vilo desde el principio casi en formato de thriller. Con 'Llévame a casa' vemos lo contrario, un hijo que vuelve a casa. ¿Por qué ha decidido escribir a la familia esta vez, la vuelta a la familia?
—Creo que tiene que ver con un proceso mío personal, vital y no sé si está relacionado con el confinamiento, pero sí ese proceso vital me lleva a una atención más detallada sobre lo que me rodea o una mirada mucho más cercana. Y eso automáticamente se transforma en literario. Estoy más atento ahora a lo que me rodea, a lo más cercano, a la casa, a la familia, a todo esto.
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Eso por una parte. Y por otra parte, supongo que también tiene que ver con mi edad. Cuando uno llega a esta edad tus padres ya están mayores, empiezan a necesitar ayuda, cierto auxilio, cierta compañía, ciertas cosas que antes no necesitaban o que uno pensaba que no necesitaban y que son mucho más patentes. Entonces, supongo que esos dos elementos se han conjugado para que de una forma bastante natural surgiera esta novela que efectivamente es familiar y que se separa de lo que venía haciendo hasta ahora.
Esta novela llega después del éxito rotundo de 'Intemperie', después de una mudanza a Edimburgo y también de una crisis de escritor con dos novelas que se quedaron guardadas en el cajón y no llegaron a publicarse. ¿Qué le hizo ver la luz para escribir 'Llévame a casa', para retomar la inspiración?
—Supongo que tiene que ver con esas dos novelas que se han quedado en el cajón y que de momento se van a quedar en el cajón. Son procesos muy trabajosos. Escribir una novela tampoco es algo que se haga en dos días ni que sea una ocurrencia. Requiere mucho trabajo, mucha concentración, mucho esfuerzo; y después de ese proceso terminé francamente agotado.
Y quizás, producto de ese cansancio, de ese agotamiento, decidí hacer un intento dirigiendo mi escritura y mi atención a algo mucho más próximo, un material que fuera para mí diario, cotidiano, que no tuviera que irme al otro lado del mundo a escarbar para conseguirlo. Y ese material cercano es lo que te decía antes: la familia, los afectos, el propio espacio doméstico.
—¿Echó de menos a la familia estando en Edimburgo?
—Sí, eché de menos a la familia estando en Edimburgo, claro. Mi familia, los amigos. Para mí los amigos son parte de la familia, es una extensión de la familia, la familia elegida, porque siento la misma confianza y me puedo dejar caer igual en brazos de un buen amigo que de un familiar. Yo creo que es una experiencia común también para cualquiera que ha vivido fuera. Se da cuenta uno de lo que tenía tan cerca y que a veces, en fin, te altera, y cuando estás lejos, piensas "pues tampoco era para tanto, y además, los echo de menos".
—Usted tiene un poco de Juan, ¿verdad? De su protagonista de la última novela. Sé que tiene tintes autobiográficos. ¿Me podría decir qué tiene de Juan, qué ve de usted en Juan y viceversa?
—La miopía, seguramente. Compartimos miopía o hemos compartido miopía. Yo intento salir de esa miopía como puedo, aprendiendo en la vida, aprendiendo precisamente a mirar con un buen foco, a lo que me rodea, lo más cercano, lo más próximo. Esa miopía, esa incapacidad que tiene Juan, el protagonista, para ver lo que tiene más cerca y para discernir lo que es importante de lo que no lo es, en un momento determinado de la vida; esa miopía también me afecta a mí.
Me ha afectado y supongo que me seguirá afectando. Uno no es consciente de lo cerca que tenía cierta cosa o de lo que le estaba costando aprender determinada lección hasta que no sucede. Y cuando sucede, dices: “Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo es posible que no me diera cuenta de esto?”.
El otro día lo hablaba con un amigo. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que en España viajáramos en autobuses con la gente fumando, incluso en los aviones? Era algo absolutamente normal, como tantísimas otras cosas, no nos dábamos cuenta, pero una vez que hemos superado esa fase, decíamos: "¿Pero cómo no nos dábamos cuenta, cómo podíamos comer en un restaurante con gente fumando puros a nuestro alrededor?"
Pues algo así le sucede a Juan y algo así me sucede a mí. A veces tardo en darme cuenta de que las cosas importantes están cerca. Son muy muy próximas, son muy evidentes para mucha gente, pero para mí y para Juan, en este caso, no lo son tanto.
—En esta época donde está de moda mirar a la 'España Vacía', donde la pandemia y el teletrabajo nos han hecho parar por la fuerza y volver al campo… Usted escribe a lo concreto, al núcleo, a esos orígenes. ¿Esta vuelta es real? ¿Estamos cambiando como sociedad o es postureo?
No lo sé. Habría que preguntarle a cada uno de los que se han ido. No creo que haya postureo para cambios de rumbo tan radicales. Yo creo que quien decide abandonar, por ejemplo, su vida en la ciudad, con su trabajo, sus seguridades, sus rutinas, sus dinámicas, e irse al pueblo o a un campo, requiere mucha valentía y mucho arrojo.
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Otra cosa es que aguanten o no aguanten, que encuentren su lugar o que no lo encuentren. A lo mejor tampoco lo encuentran en Nueva York o en una ciudad tipo.
Cada uno va haciendo su camino. Lo que sí que espero es que sea permanente y que esta gente que va de la ciudad al pueblo, al campo, que generalmente es gente joven o más o menos joven, se queden, se fijen en la España rural y que contribuyan a recuperar un espacio que está muy vacío, muy vaciado y que necesita ser ocupado por muchos motivos.
Cuando un territorio como el territorio rural o ciertas provincias de España se quedan tan vacías significa que el propio patrimonio cultural se queda vacío, que los ancianos que se quedaron allí se van muriendo y no tienen una escuela o una gente joven, alguien que les ayude con la bolsa de la compra. En fin, es volver a inyectar un poco de vida en esa España que se ha ido languideciendo y en muchos casos muriendo. Espero que se revierta, que esa población se vaya fijando. Ojalá.
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—En su libro 'Llévame a casa' se plantea como tema central la responsabilidad que tienen los hijos con los padres cuando se hacen mayores. ¿Usted cree que tenemos una deuda con nuestros padres incondicional? ¿Dónde están los límites?
No creo que tengamos una deuda incondicional con nuestros padres. Es deseable. Yo creo que los hijos se harán cargo de los padres o que los atiendan cuando estos los necesiten, porque en la mayor parte de los casos ha sido a la inversa.
Yo creo que es deseable, pero no creo que sea un mandato ni divino, ni social, a veces ni siquiera ético. Si tu familia no te ha procurado un sustento amoroso suficientemente sólido, si te han maltratado, por ejemplo, ¿con qué ganas tú tienes, o como hijo puedes tener para atenderlos a ellos cuando se hacen mayores, por ejemplo, como es el caso de este libro?
Yo no creo que haya un mandato regido por algo invariable. Yo creo que cada familia tiene que alcanzar su pacto. La familia sabe que es una estructura muy delicada. Cada una tiene una característica, todas tienen ciertas fragilidades, todas tienen muchas fortalezas y todas tienen su forma particular, y cada familia tiene que organizar su pacto conforme a esas circunstancias.
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Yo no creo que haya un mandato. En otro tiempo sí lo hubo, un mandato social, una obligación social, una estructura muy rígida que obligaba a los hijos, y particularmente, a las hijas, a hacerse cargo de los padres cuando envejecían. Yo creo que eso ya no es así, por suerte, porque hemos ganado libertad. Yo creo que cada familia tiene que organizar, organizar su pacto.
Lo que sí creo es que la sociedad, el estado de bienestar, tiene que participar en ese cuidado. No es posible que solamente las familias se hagan cargo de los de los mayores, porque en muchos casos esos mayores son dependientes, y con dependencias que no cualquiera puede controlar y no tiene por qué controlar. Yo creo que tiene que haber una buena mezcla entre el estado de bienestar y familia para algo que es inevitable, y que es indudable, que es el cuidado de las personas, de cualquier ciudadano y particularmente de los que son más débiles.
—Su novela es una oda a lo concreto, a los recuerdos que afloran de la infancia y que nos hacen los adultos que somos. ¿Por qué ha decidido darle una importancia suprema a los detalles? ¿Y cuáles son esos detalles que a usted le han evocado escribir esta novela tan intimista?
—Yo creo que en mis novelas hay una atención particular hacia los detalles. Siempre hay momentos en el texto que se dedican a una sombra, a un escalón, a una cuadra, una escalera, una ventana.
¿Por qué lo concreto? Porque yo creo que lo concreto lo encierra todo también. Es decir, cuando hablo de lo concreto, lo que intento poner en valor es la mirada. Puedes necesitar viajar a las Cataratas Victoria para conocer la felicidad, o puedes conocer la felicidad mirando un tiesto en tu propia casa. Entonces, ¿qué cambia en esas dos experiencias si el resultado es el mismo, la felicidad o el placer, o el bienestar o la sabiduría? La mirada.
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Yo intento llegar a entrenar esa mirada y buscar esa felicidad, esa plenitud, esos significados que la vida encierra, el valor emocional de las cosas o de las relaciones personales, a través de cosas muy cercanas.
En la novela hay muchos ejemplos de eso. Un flan, por ejemplo. Un flan en un frigorífico. Ese flan es un producto de consumo más, es un alimento más, pero en esa familia y en ese contexto y en ese frigorífico, tiene un valor emocional, como una forma de dar amor y de recibir cierta consciencia por parte del personaje.
Simplemente se trata de ir encontrando esos objetos, esos rincones cotidianos, esa materialidad que nos rodea y cargarla de lo que en verdad está cargada en la vida de todos. El recuerdo, en todos los objetos que nos rodean, en todas las casas, tienen un significado y eso es una experiencia que se repite, uno por uno con todas las personas.
—¿Me puede dar algún ejemplo, Jesús, de cuál es su flan, algún objeto o algún sabor, algún olor que le evoque tantas cosas, algo que le despierte alguna emoción especial?
Hay muchos, infinidad de cosas. Lo primero que se me viene a la cabeza es el martillo de mi padre. Mi padre tenía un martillo, un martillo normal que había heredado de su padre y no creo que se pierda mucho más tiempo, no viene del siglo XIV. Debe ser de mi abuelo, un martillo normal de ferretería. Pero yo siempre veía a mi padre trabajando con ese martillo. Y es la poca herencia, eso y una máquina de escribir. Son objetos que para mí son importantísimos. Es mi padre, es su trabajo, es el valor que le concedía a las manos, es lo que nos ha legado. Es mi memoria agradecida también de quién fue mi padre.
—¿Usted cree que estamos enfermos de globalización ahora? Porque parece que siempre tenemos un inconformismo que no sé si es saludable, en el sentido de que siempre queremos lo que no tenemos o no podemos tener.
Yo creo que estamos enfermos de capitalismo. Para mí es evidente y para muchas personas. Yo creo que está claro. Queremos lo que no tenemos por consumo. Somos una sociedad de consumo; y el capitalismo induce en los individuos esa insatisfacción permanente, esa necesidad, ese sentirse vacío, la necesidad de tener que adquirir algo o tener que ir a algún lugar para conseguir el bienestar, la paz, la tranquilidad, la calma, el equilibrio.
Evidentemente estamos muy ocupados con ese asunto. Y los medios, y la globalización como expresión, pues abundan en esa idea. Tiene, por supuesto, dimensiones positivas la globalización también. Claro que las tiene. Solo que si dejamos que todos estos procesos que abarcan al mundo entero y a todos los seres humanos estén, digamos, dirigidos desde intereses empresariales o económicos…
Desde luego ellos no van a pensar en nuestro bienestar. Los poderes económicos no piensan en nuestra paz y en nuestra calma, piensan en nuestra calidad como consumidores y a veces como ciudadanos acríticos.
Bueno, de eso es de lo que yo creo que estamos enfermos. Pero tampoco creo que sea nada nuevo. La sociedad siempre ha encontrado placebos y lugares con los que distraerse y en los seres humanos son también necesarios los descansos.
Es la educación, la lectura, la cultura, las familias y el entorno social los que deben revertir eso, el contraatacar y el hacer que seamos los seres humanos más sanos posibles, que no necesitamos irnos a Australia, por ejemplo, para sentirnos satisfechos.
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Tampoco digo que encontremos toda la felicidad en un tiesto.
También es una cosa que no a todo el mundo tiene por qué interesarle. Pero seguro que hay un equilibrio mucho más saludable para nosotros, en particular y también para el planeta. Porque todos estos movimientos ya sabemos todos los efectos que tienen para para el medio ambiente.
—No sé si usted dice esto del capitalismo y la sociedad del consumo por experiencia, porque ha trabajado como publicista para bancos…
He pensado más o menos siempre igual, creo yo. Pero la consciencia ha sido diferente. Esa miopía de la que hablaba antes también se transforma, se traslada a la mirada en lo laboral. Yo trabajé en publicidad durante bastantes años y lo hice con alegría, lo hice y me entregué profundamente. Hice las cosas lo mejor que pude.
No creo haber hecho daño particularmente a nadie. No me siento culpable ni nada parecido. No sé si lo volvería a hacer. Como decía, no es algo de lo que me avergüence en absoluto, pero sí que es cierto que yo he participado de esa cadena, de la generación de una necesidad que no existía. Yo vendía productos que yo no compraría. De hecho, nunca he comprado. Entonces, bueno, supongo que forma parte de las sombras de uno, y los cambios del transcurso vital.
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La vida me ha puesto en otro lugar ahora. Me ha dado la oportunidad de vivir de la literatura, pero eso tampoco es ajeno al mercado ni a la venta. Yo vendo libros. Vivo de vender libros, de que la gente compre libros. Es cierto que lo que ofrece un libro, desde luego, es un valor que para mí es mucho más limpio, más nítido y más útil que un producto bancario en aquel momento. Pero no dejo de estar inserto en el mercado y en el mundo del consumo. Necesito que los lectores compren mis libros para poder seguir viviendo de lo que vivo.
—¿Y qué es lo que más le preocupa en esta época de pandemia y en su día a día de su vida en Sevilla?
De la pandemia me preocupa el hecho de que sea una crisis tan evidente, o sea, que se pueda catalogar como crisis y supongo que también, por el aprendizaje que tuve o que tuvimos de la crisis de 2008, veo que esta crisis no va a resultar muy aleccionadora, me temo.
Al principio de la pandemia y del confinamiento yo me mostraba muy optimista. Era de esa corriente de personas que decíamos: "Bueno, esto es una oportunidad para la reflexión, para cambiar muchas cosas". Pero poco a poco voy viendo a mi alrededor cómo ese impulso no se asienta, más bien tengo la sensación de que vamos a cometer los mismos errores.
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Veo la especulación inmobiliaria en el centro de Sevilla. Aquí, como en toda España, están los bares cerrados, y los restaurantes y los hoteles. Y el turismo desapareció en marzo del año pasado y no ha vuelto prácticamente nada, casi no hay turistas. Sin embargo, veo cómo los apartamentos de turistas y los bares están aprovechando para reformarse.
Estoy notando una especie de acumulación de tensión y el día que abran la puerta, esto va a volver a ser un parque temático de turistas. Hablo de Sevilla, la ciudad en la que vivo, y supongo que esto pasa en Barcelona y en muchísimos otros lugares.
Lo que veo es que quizás no estamos aprovechando esta parada para equilibrar un poco las tensiones, por ejemplo. Es difícil vivir en una ciudad en la que todo está orientado hacia al turismo. Es difícil formar una comunidad, un grupo en el barrio.
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Tengo la sensación de que saldremos de esta pandemia y no habremos aprendido todo lo que podríamos haber aprendido. También es cierto que uno vislumbra el fin de la pandemia como una puerta que se abre. Yo creo que va a ser algo muchísimo más gradual y mucho más imperceptible. Poco a poco iremos cambiando cosas, iremos abriéndonos y quizás la última mascarilla nos la quitemos dentro de no sé cuántos años.
—¿Cómo es la relación con sus hijos y cuánto le han inspirado para su novela?
—Cuando hablaba de la atención a lo cercano, en realidad, lo que más atención requiere, a lo que más atención dedico y quiero dedicar es a mis hijos y mi familia, a mi mujer. Ese es el círculo más cercano y al que intento darle toda mi posible atención o mi cuidado. Quiero estar presente de una forma absoluta.
Mis padres también lo estuvieron. La generación que me precedió también estuvo muy atenta a nosotros, a mis hermanos y a mí, pero de otro modo. Había, por ejemplo, una forma de comunicarse diferente. O más bien, hemos inaugurado una nueva forma de comunicarnos nosotros, nuestra generación.
Nuestros padres tuvieron una trayectoria vital diferente por vivir un momento histórico como el que habían vivido, posguerra y luego primera democracia. Ellos y nosotros no nos comunicamos de la misma forma.
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Entre mi generación y nuestros hijos, mis hijas en este caso, pues hay otra forma mucho más franca de hablarse. El concepto de autoridad paterna, materna, se ha diluido un poco, o se ha transformado en otra cosa. Ya la autoridad no se asienta en ser el padre o ser la madre, si no en algo que tú te vas ganando, un respeto, en una forma de estar todos los días, de atender, enseñar, de cuidar, de querer, de comunicarse, de hablar…
Bueno, estableces una relación mucho más horizontal, yo creo que para bien. Yo creo que cualquiera de nosotros, de mi generación, al menos, hubiéramos dado cualquier cosa por haber tenido esa conversación, por ejemplo, sobre sexo con nuestros padres en el momento adecuado y no haberlo descubierto todo por nuestra cuenta, a veces de muy mala manera.
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En ese sentido creo que hemos mejorado muchísimo y supongo que seguiremos mejorando en lo que viene. Porque esta ola, digamos, de horizontalidad, de comunicación o de expresión de los afectos, es más general ahora que cuando mis padres nos criaron.
—¿En qué proyecto está envuelto ahora? ¿Cuál va a ser su próxima novela?
Pues tengo entre manos, supongo que es algo parecido a un ensayo, desde luego no es un texto académico, no es ese tipo de ensayo, no estoy capacitado para ello, pero esa es una observación, precisamente de lo cercano. Es algo así como un elogio de las manos. A través de las manos, en este caso, mis manos, pues estoy intentando indagar sobre lo que me rodea. Es una suerte de diario, ensayo narrativo sobre el trabajo manual y, digamos, es el punto de partida, pero va mucho más allá. Intento mirar el mundo a través de las manos en ese libro y ver qué sale. Estoy en ello ahora, y no sé cuánto tiempo me ocupará, pero es una escritura que me tiene muy contento, la verdad.
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