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El Perucha, vida y obra de resistencia: de leyenda del ciclismo español a okupa en su propio taller

© SputnikEl Perucha en su taller de bicicletas en Madrid
El Perucha en su taller de bicicletas en Madrid - Sputnik Mundo, 1920, 07.04.2021
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El Perucha tiene 87 años y es una leyenda olvidada del ciclismo español. Pedaleó por toda Europa ganando carreras y se codeó con los campeones más famosos de la época. Ahora se enfrenta a un desahucio de su propio taller que la Comunidad de Madrid considera okupado.
El Perucha es Higinio Domingo Perucha, un madrileño de 87 años del barrio de Ventilla; pero en realidad él es, y así lo dice y lo siente, de Chamartín de la Rosa. De cuando este barrio era villa y municipio del norte, al margen de la capital, y mucho antes de que se convirtiese en el centro neurálgico y de negocios que es hoy.
El Perucha es una leyenda olvidada del ciclismo español. Es artesano, mecánico, matricero, padre, vecino, maestro, y su vida es un ensayo sobre la lucidez, pero también sobre la ceguera de los que no quieren ver su historia, que hoy se escribe olvidada en su taller de bicicletas viejo y único de la Avenida de Asturias en Madrid.
La historia del Perucha necesita un poco de atención, y para entenderla hay que empezar por el final y navegar hasta sus orígenes de ciclista improvisado y por sorpresa, que cosechó los mayores éxitos en un silencio sepulcro de las casualidades malditas de posguerra.
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El taller en el que actualmente vive y trabaja el Perucha es, en realidad, según el IVIMA (Instituto de la Vivienda de Madrid), un taller okupado, y sobre él pesa una orden de desahucio. Al Perucha lo pueden echar de ahí en cualquier momento y dejarle literalmente en la calle, a pesar de que sus vecinos y multitud de asociaciones de bikers de Madrid que lo veneran por su habilidad única con las dos ruedas (o con cualquier objeto que las posea. No solo repara y fabrica bicicletas, también carritos, coches para niños, juguetes, etc) velan día y noche para que eso no ocurra nunca. Higinio Domingo es su leyenda, aunque su historia no sea mainstream.
Ciclos Perucha, que es el nombre que recibe su taller y tienda de la mencionada Avenida de Asturias, estaba antes construido en un solar de la cercana calle Cristina a la altura del número 13, sobre unas tierras que según el matricero eran de su familia. De hecho, en este solar vivieron toda la vida, en una casa construida por su propio padre, que era arenero de oficio. Pero, cosas del franquismo no tan excepcionales, la familia nunca pudo legalizar su pertenencia porque un cacique local bien relacionado con varias autoridades franquistas falsificó las escrituras y se quedó con los terrenos.
© SputnikEl Perucha en su taller de bicicletas en Madrid
El Perucha en su taller de bicicletas en Madrid - Sputnik Mundo
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El Perucha en su taller de bicicletas en Madrid
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El Perucha en su taller de bicicletas en Madrid - Sputnik Mundo
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El Perucha en su taller de bicicletas en Madrid
© SputnikTaller de bicicletas del Perucha en Madrid
Taller de bicicletas del Perucha en Madrid - Sputnik Mundo
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Taller de bicicletas del Perucha en Madrid
© SputnikTaller de bicicletas del Perucha en Madrid
Taller de bicicletas del Perucha en Madrid - Sputnik Mundo
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Taller de bicicletas del Perucha en Madrid
© SputnikEl Perucha con el equipo paralímpico de la ONCE, campeón olímpico y del mundo
El Perucha con el equipo paralímpico de la ONCE, campeón olímpico y del mundo - Sputnik Mundo
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El Perucha con el equipo paralímpico de la ONCE, campeón olímpico y del mundo
© SputnikAlex, vecino del Perucha, en su taller de bicicletas en Madrid
Alex, vecino del Perucha, en su taller de bicicletas en Madrid - Sputnik Mundo
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Alex, vecino del Perucha, en su taller de bicicletas en Madrid
© SputnikTaller de bicicletas del Perucha en Madrid
Taller de bicicletas del Perucha en Madrid - Sputnik Mundo
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Taller de bicicletas del Perucha en Madrid
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El Perucha en su taller de bicicletas en Madrid
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El Perucha en su taller de bicicletas en Madrid
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Taller de bicicletas del Perucha en Madrid
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Taller de bicicletas del Perucha en Madrid
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El Perucha con el equipo paralímpico de la ONCE, campeón olímpico y del mundo
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Alex, vecino del Perucha, en su taller de bicicletas en Madrid
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Taller de bicicletas del Perucha en Madrid
Sin embargo, la familia continuó viviendo allí porque estaban seguros de que en algún momento se haría justicia, pero eso no ocurrió y el 12 de febrero de 2003, el Perucha fue desalojado de su taller inicial, la Policía lo vació y los operarios construyeron una tapia sobre la puerta que dolió más por el simbolismo del golpe que por el ruido de las máquinas removiendo escombros para tapar décadas de historia de una España que ahora avergüenza.
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Esto ocurrió como consecuencia del Programa de Barrios en Remodelación en la denominada transformación urbanística de la ciudad de Madrid que gestionó el mismo IVIMA y mediante el cual construyó varios edificios de seis plantas. El Perucha no percibió indemnización alguna porque alegaron que no era propietario de su casa ni de sus parcelas, y las escrituras se las quedó, según denuncian el protagonista y los vecinos de Ventilla, un abogado que trabajaba entonces para la Administración Pública de la Comunidad de Madrid y que según dicen los afectados responde al nombre de Marchamalo Mahín.
En Google, tecleando este nombre de cuento, aparece un hombre común con gafas pasadas de moda, boca de sonrisa discreta y mirada como de preocupación permanente. Las del mecánico no serían las únicas tierras que se quedó por la cara, sino que también robaría hasta 40.000 metros cuadrados de otras fincas en la zona. La estafa es vox populi en el barrio, pero los parias no tienen derecho a voz y estas son las historias de las grandes ciudades que no se cuentan porque a quién le importa la gente común.

¿Quién es el Perucha y por qué es una leyenda del ciclismo en España?

Corrían los años 50 en una España deprimida por la dictadura, los exiliados, las heridas con memoria y la pobreza de casi todos. Higinio Domingo tenía poco más de 20 años y trabajaba en una fábrica como tornero fresador a la otra punta de Chamartín de la Rosa, su pueblo-barrio. Siempre iba y volvía al trabajo en bicicleta, pero no se planteaba el ciclismo como nada más que una necesidad diaria y urgente para poder desplazarse. No había dinero para otra cosa ni para transporte de ricos.
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Pero un día, volviendo a casa pedaleando del trabajo, se cruzó en su camino con un hombre que le llamó mucho la atención por como iba vestido para la época. Iba trajeado de ciclista, con las mallas típicas (el culotte) y el maillot, algo que en la época no era nada habitual. El "romano", como llama Higinio a los que van bien uniformados para las ruedas, le adelantó y le propuso andar juntos un rato.
El rato se convirtió en una vuelta de más de 100 km y el desconocido, sorprendido ante las habilidades innatas del joven Perucha que le siguió la pista vestido de paisano y con una bicicleta de hierro que pesaba unas cuantas toneladas, le dijo: "Tú vales para esto".
Coincidencias de la vida, el romano resultó ser José Luis Abilleira, un corredor que haría sus pinitos en la clasificación de la Vuelta a España, haciéndose con la victoria, varias veces, en las etapas de montaña. Abilleira se hizo un nombre y apadrinó a Domingo, en lo que a aliento se refiere.
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Así que el Perucha empezó a entrenar después del trabajo y a trastear con la construcción de bicicletas. Aquella era la época en la que se hicieron famosos corredores como Anquetil, Federico Martín Bahamontes, más conocido como El águila de Toledo y que fue el primer español en alzarse con un oro en el Tour de Francia. Siempre fue ídolo de Higinio y quiso seguir sus pasos. A Miguel Poblet, dos veces ganador de la Milán-San Remo y vencedor en multitud de etapas en el Giro, la Vuelta o el Tour, también lo conoció y se convirtió en su amigo íntimo.
Todos estos recuerdos de cómo un chaval se convierte en un ciclista todopoderoso en la sombra los cuenta el Perucha a Sputnik más de setenta años después desde su taller okupado, mientras no para de trabajar haciendo piezas únicas para reparar alguna de las bicicletas que le llegan cada día al taller por parte de multitud de aficionados. Está agachado sobre su torno "universal", una máquina de color verde metalizado que tiene solo unos pocos años menos que él y que sigue funcionando como si fuese nueva. Es manual, artesana y dice el Perucha que los mecánicos torneros de ahora ya no la usan porque es compleja y lleva tiempo o requiere paciencia.
La diferencia es que él la prefiere porque puede fabricar piezas que encajen a la perfección con las necesidades de sus clientes, o amigos, porque no cobra por sus servicios y actualmente vive exclusivamente de su pensión de 600 euros al mes.
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El Perucha lo arregla todo y si no existe, se lo inventa, o lo fabrica. Es como Dios, pero omnipresente solo en Ventilla y en el boca a boca de los amantes del ciclismo y nuevos colectivos urbanos aficionados a la filosofía de inspiración punk del Do It Yourself (Hazlo tú mismo, también, por supuesto, las bicicletas), o los riders de las tan extendidas fixies, bicicletas de piñón fijo. Todo un reto para una ciudad como Madrid con sus cuestas imposibles y tráfico demoledor que no perdona vidas.
El Perucha es una leyenda hípster sin adornos, un precursor auténtico de lo moderno a partir de tradiciones inexplorables. Para más inri y poderío trabaja sin guantes y mide a ojo. Y encima no falla nunca. Sus piezas son impecables y perfectas.
Su historia continúa y se hace más interesante cuando el Perucha decide salir de España, después de haber corrido y ganado todas las vueltas y carreras de casi todas las provincias del país. Se va a Francia en bicicleta, y de ahí a Bélgica, Italia y después a Suiza. Se mantiene corriendo en bici y ganando. No se hace rico, por supuesto, pero va tirando y pedaleando por el continente.
Pero en Suiza su vida cambió drásticamente por un golpe del destino desgraciado. Estaba en las inmediaciones del Lago Lemán de Ginebra (acababa de ganar una vuelta al Lago) y le llamó la atención un cartel en la puerta de un bar donde ponía "Se habla español". Así que dejó su bicicleta en la puerta y entró a tomar un café, pero cuando salió su bici ya no estaba. Se la habían robado, y como no tenía dinero para comprarse otra tuvo que quedarse en Suiza y buscar un trabajo.
Allí conoció a un coronel exiliado de la República española y comenzó a trabajar en su empresa de logística. Estuvo en Suiza seis años y se convirtió en habitual entre sus rutinas que fuese el Perucha el que recibía a los exiliados españoles en la estación de tren de Ginebra. Su rostro y sus palabras en castellano era lo primero conocido que veían y escuchaban los recién llegados, llenos de miedo, susto e incertidumbre tras un viaje involuntario huyendo de la miseria y la persecución política.
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Y en Suiza, Higinio también conoció a Consuelo, la que se convertiría en su mujer y madre de sus tres hijos y con la que continúa compartiendo vida hasta el día de hoy. Consuelo resultó ser la hija del coronel republicano para el que empezó a trabajar cuando se quedó sin bicicleta y sin nada, y a ella la conoció de casualidad (como casi todo lo bueno que le ha pasado en la vida), un día paseando junto al lago. Ella iba caminando con su madre charlando en español, y el Perucha, al escucharlas, se acercó atraído por los orígenes en común evidentes.

La vuelta a España del Perucha

Higinio Domingo se cansó del frío, la niebla y la lluvia y le dijo a Consuelo que volvieran a casa, que ya estaba bien de tanto viaje y que echaba de menos Chamartín de la Rosa. Así que desembarcó en su barrio de toda la vida a mediados de los ochenta y montó su taller de la calle Cristina en los terrenos de su familia. Poco a poco sus manos comenzaron a hacerse un nombre en la ciudad y en el país, y llegó a reparar las bicicletas de famosos corredores profesionales de la época como Marino Lejarreta, Anselmo Fuerte o Félix García Casas, que fue campeón de España.
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En 1985 se convirtió en seleccionador del equipo de ciclismo con diversidad funcional de la ONCE, y también en su mecánico jefe. Para ellos diseñó y construyó los tándems que supusieron una revolución en la industria del ciclismo para personas invidentes. Con esas máquinas, su equipo lo ganó todo: los Juegos Paralímpicos de Barcelona, Atlanta y Sidney, la Vuelta a España y el campeonato del Mundo.
Y lo que vino después es la historia ya contada de ascenso y caída de un antihéroe. Mientras pule una pieza descatalogada en su torno septuagenario, el Perucha enseña a esta agencia los milímetros escondidos de su taller donde atrapa sus tesoros más valiosos; y de repente comienza a sacar de una bolsa blanca sin fondo decenas de maillots de su mejor época con sus equipos y victorias. También muestra sus últimas construcciones, cuadros de hierro sin peso con su marca; algunos son encargos, otros regalos para sus amigos y para sus hijos, que han seguido su estela, sobre todo el mayor, Óscar. Hay varias fotos de él vestido de romano y también del Perucha dando vueltas por el mundo en el taller.
Las puertas del local que Higinio no abandona nunca están siempre abiertas y de lunes a lunes, y en un momento de compartir recuerdos entran Álex y César, dos jóvenes del barrio que suelen pasar por allí para echar una mano y para aprender las técnicas del que llaman "el maestro de los maestros".
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Sobre su amenaza de desahucio, Álex dice que "perder al Perucha es perder un capital intelectual del ciclismo que no podemos permitirnos".
"Perucha arregla cualquier tipo de artilugio que llega al taller", continúa; y César añade que "aparte de arreglar bicicletas y ayudar a la gente, es maestro tornero matricero y enseña a los vecinos y a todos los que llegan desde cualquier rincón de Madrid, a arreglar sus bicicletas, a fabricar piezas o a soldar un cuadro. Cualquier cosa que necesiten saber, el Perucha se lo enseña. No queda otro como él".
En su taller se arreglan al mes una media de 70 bicicletas y sin pretenderlo se ha creado una escuela. Los grupos de aficionados que se conocen allí incluso organizan rutas para salir a pedalear, tanto por la ciudad como por la sierra, a través de ciclovías verdes. A Higino le gusta ver su taller lleno de gente, y dice que así pasa el tiempo y evita las preocupaciones. Esos muchachos y muchachas le dan la vida y le hacen esconder el miedo que siente hasta lo más profundo de sus entrañas, aunque le cueste asimilarlo en voz alta.
"Me siento cadáver", responde cuando este medio le pregunta cómo se siente en estos momentos de incertidumbre. Y se para en seco para aguantar el llanto, pero ya no es capaz de decir nada más, y cambia de tema. El último aviso de desalojo llegó hace poco más de un año, pero la pandemia, por el momento, le ha salvado. Qué ironía. Además, justo al día siguiente de la visita de Sputnik a su taller le tocaba vacunarse en el Hospital Isabel Zendal de Madrid. Es que no lo parece ni cuando habla ni cuando trabaja con sus manos, pero el Perucha ya está más cerca de los 90 que de los 80 años. Y ahí sigue. Estoico.
En mitad de su taller okupa, el Perucha ha construido un barco de madera. Literalmente. Y es enorme, mide 12 metros de largo y está ahí, como custodiando las bicicletas colgadas o dispuestas por todas partes. Alguien le dijo en algún momento que para que un desalojo se hiciera efectivo, primero había que sacar todas las cosas de la casa a desahuciar, aunque no hay ciencia ni ley que respalde esta habladuría, salvo la literalidad práctica y física de los hechos. Pero al Perucha le gustó la idea y construyó un barco que a priori parece inamovible, y claro, la lógica es aplastante: si el barco no se mueve porque no hay manera de sacarlo por la puerta, él tampoco.
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Aparte de todo, hay un segundo simbolismo para esa construcción que el matricero explica convencido de lo que dice. Es algo militante, y muy de la España de su época.
"Este es como el barco de Chanquete, de la película aquella, ¿te acuerdas?"
"¿Verano Azul?"
Hablamos de la serie más famosa de la década de los ochenta y los noventa en España. La que cuenta las aventuras de un grupo de preadolescentes que pasan el mejor verano de su vida en algún pueblo de la Costa del Sol que nunca se nombra. Allí conocen y se hacen amigos de Chanquete, un marinero retirado que vive en su barco encallado en la playa. En algún momento de la serie, las autoridades quieren desalojar a Chanquete de su barco y los muchachos organizan toda una revuelta para evitarlo. Inventan hasta una canción que ha sido la banda sonora de tantos momentos épicos de varias generaciones de niños y niñas millenials de España. "Del barco de Chanquete no nos moverán", dice su frase más célebre, y el "No nos moverán" es el "No Pasarán" de la generación Nintendo, el Bella Ciao made in Spain o en Ventilla o Chamartín de la Rosa.
"Pues eso", dice el Perucha. "Que no nos moverán".
Y no hay nada más que añadir al respecto porque está todo demasiado claro.
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