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Obispo sobre la violencia en Buenaventura: "La gente hasta extraña a la guerrilla de las FARC"

© AP Photo / Fernando VergaraEl obispo de Buenaventura, Rubén Darío Jaramillo Montoya
El obispo de Buenaventura, Rubén Darío Jaramillo Montoya - Sputnik Mundo, 1920, 23.03.2021
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La ciudad de Buenaventura en el Pacífico colombiano vive una cruenta guerra de bandas que tiene disparados los homicidios, las desapariciones forzadas y los desplazamientos urbanos. Spuntik documentó la situación humanitaria del principal puerto de exportación e importación del país sudamericano.
Buenaventura es la capital de Colombia sobre el océano Pacífico. Por sus aguas entra y sale más del 49% del comercio del país con el mundo. Su población no alcanza al medio millón de habitantes y sin embargo concentra problemas grandes: pobreza del 41 % de sus habitantes, una deserción escolar cercana al 10 % y una violencia endémica que tiene arrinconados a sus habitantes y prendidas las alarmas de los organismos humanitarios.
Recientemente, la representante en Colombia de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Juliette de Rivero, instó al Gobierno colombiano a tomar cartas en el asunto y atender la crisis que vive el puerto.
Tras un recorrido por las comunas de Buenaventura, donde se libra una sangrienta guerra entre bandas paramilitares, De Rivero declaró que en lo que va del 2021 ha registrado 41 homicidios, la desaparición forzada de 13 personas y el desplazamiento forzado de más de 8.000, además de recibir denuncias sobre amenazas a líderes y lideresas defensores de derechos humanos que vienen alzando la voz para llamar la atención de Estado y la comunidad internacional.
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La oficial de la ONU en Colombia instó a una acción concertada entre los Gobiernos nacional, departamental y local para desmantelar las redes criminales, a través de la acción de la justicia, la inversión social, el desarrollo con enfoque de derechos humanos. Y declaró: "La violencia está destruyendo la cultura y el tejido social de las comunidades negras y de pueblos indígenas que viven en el territorio y que representan más del 90 % de la población".
También se refirió a lo más doloroso que encontró en su visita: "El camino que recorren las familias, y en particular las madres, de las personas desaparecidas forzosamente es uno de los más violentos y solitarios que he observado en mi vida".

Violencia en Buenaventura

Es tal la situación humanitaria que se vive en el puerto que en los primeros días de febrero más 500 jóvenes marcharon pidiendo que cese la violencia, ya que se registraron en menos de dos meses 38 enfrentamientos intraurbanos. Fue la respuesta desesperada de una juventud inerme ante la disputa territorial en que se trenzan tres bandas delincuenciales que se denominan la Local, los Shotas y los Espartanos.
La Alcaldía de Buenaventura hoy está en manos de Hugo Vidal, un líder social emergido del paro cívico de 2017 que paralizó el puerto en históricas movilizaciones. La principal defensa de los bonaverenses ha sido, históricamente, la pastoral social. Y no es un asunto de ahora, ni la guerra ni la acción humanitaria de la Iglesia católica. En 2013, en el puerto empezó a escalar la violencia a niveles de terror. El obispo de Buenaventura por esos días era Héctor Epalza, fallecido el 2 de febrero de 2021, quien denunció la existencia de casas donde descuartizaban personas a plena luz del día, que se conocen como casas de pique.
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La guerra de entonces no es muy distinta a la de ahora, y también hay un obispo que les está haciendo frente a los armados. Se trata de monseñor Rubén Darío Jaramillo, quien está afónico de pedirle al Gobierno que les haga frente a la violencia y la pobreza. Sus denuncias lo han puesto en riesgo y le han costado reiteradas amenazas en panfletos y llamadas.

¿Qué dice el obispo de Buenaventura?

Monseñor Rubén Darío Jaramillo es el obispo de Buenaventura, sus declaraciones sobre lo que ocurre en el puerto lo han puesto en la mira de los grupos armados. Tiene 54 años y acento paisa, de la región del Eje cafetero (centro-oeste). Reemplazó a Epalza en agosto de 2017 al ser ordenado por el papa en la Diócesis del puerto y desde entonces es una de las voces que dicen lo que pasa en Buenaventura sin aspavientos ni retahílas.
"Mientras esto esté revolcado, hay mucho dinero en juego, y en río revuelto pescan los legales, los ilegales, los de allá y los de acá, y todo el mundo tiene su pedazo. Y cualquiera que trate de buscar una ruta clara, transparente, para ellos es el malo. Para ellos lo malo es el bien. Todo al revés. A mí me aterra. Una sociedad no puede funcionar así. Está fallando en su base fundamental y terminamos todos muy afectados", señala para introducir su lectura sobre la violencia.
Para el obispo lo que ocurre en Buenaventura tiene que ver con su ubicación estratégica, y agrega algunos datos: "Al sur conecta con Ecuador y el departamento del Cauca; y al norte, con Chocó, que es contiguo a Panamá, y la puerta a Centroamérica y Estados Unidos. Por lo tanto, Buenaventura es la capital de una región. De aquí se abastecen todas las costas para arriba y para abajo, y de su economía se alimentan casi 1,2 millones de personas que viven en esta zona. Además, es la ciudad conectada con el centro del país. A 115 kilómetros de Cali, y por ahí con Medellín y Bogotá", detalla.
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Esta condición geográfica convirtió a esta ciudad en un puerto con cuatro terminales que operan de forma independiente, que mueve, según datos de 2019, 195,2 millones de toneladas de carga al año y produce más de 400.000 millones de pesos anuales (112 millones de dólares). Además, asegura Jaramillo, Buenaventura tiene 6.485 kilómetros cuadrados, de los cuales la zona urbana solo ocupa el 0,3% del territorio.
"También hay selvas y ríos, oro y otro tipo de metales preciosos. Hace parte de un pulmón ambiental que se extiende desde la Amazonia, pasa por Putumayo, Cauca, Buenaventura y sigue hasta el Tapón del Darién, en Chocó. La droga, incluso, viene de esas selvas. Una zona de gran riqueza biodiversa. Todo esto quiere decir que hay intereses de todo el mundo, y los que lo mejor lo tienen estudiado son los narcotraficantes", expresa.
Monseñor Jaramillo asegura que cada día crecen los sembrados de coca y que ha visto cómo lo que antes era selva ahora son cultivos ilícitos. “Y siguen creciendo porque es un mercado mundial que no va parar, y nosotros somos el principal puerto de envío de droga y de ingresos de armas y dinero ilegal. Buenaventura está dividida en dos, partida por un muro. Un muro de infancia como el que hay entre Estados Unidos y México, o entre Israel y Palestina. Este muro separa la zona portuaria, que son altos, electrificados y donde rueda el dinero; y una ciudad empobrecida, desempleada, sin agua potable permanente, donde el desorden y la delincuencia gobiernan”.
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Agrega que los grandes problemas de Colombia se pueden observar en Buenaventura: homicidios, despojos, masacres, desplazamientos, desapariciones, robos. Dice que aquí se profesionalizó la delincuencia y la caracteriza así: “Una delincuencia que crece en la falta de oportunidades y que además nos está llegando desde otras partes del mundo. Ya tenemos hasta cárcel para extranjeros, donde hay 30 o 40 personas de otros países —principalmente de México— que vienen a delinquir. Una ciudad que recoge una problemática de una sociedad que ha llegado al máximo de la corrupción, que se mueve a todos los niveles”.
Es tal el desespero de las comunidades, sostiene monseñor Jaramillo, que la gente hasta extraña a la guerrilla de las FARC, y explica: "Ellos tenían un comandante y lo que él dijera se hacía. Ellos controlaban la seguridad. Si alguien robaba, lo mataban, entonces nadie robaba. Ahora todos roban, todo hacen parte de un grupo que no se sabe ni qué es, todos tienen distintos nombres, jefes, hay comandantes por todas partes y nadie sabe ni con quién hablar para que dejen la matazón. Una descomposición absoluta con una revoltura de grupos y de intereses que uno no entiende". 
Y concluye su análisis: "Lo que sabemos es que aquí no hay institucionalidad, ni gobernanza, ni legitimidad. Aquí mandan las bandas, y los políticos están implicados en todo. Es un modus vivendi. Es una cadena que no se ha roto, porque el que se mete a cambiar cosas es amenazado, desplazado o asesinado. De aquí líderes muy importantes se han ido. Eso es lo que más me entristece. En muchas partes hay corrupción y delincuencia, pero lo disimulan con cierto desarrollo, pero acá ni eso intentan, y la única salida es colectiva, integral y estructural".
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