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Así viven los extranjeros atrapados en España por la pandemia que ya no se quieren ir nunca más

© Foto : Instagram/@geofotojsJesús Salazar, fotógrafo venezolano atrapado en España por la pandemia
Jesús Salazar, fotógrafo venezolano atrapado en España por la pandemia - Sputnik Mundo, 1920, 22.03.2021
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¿Cuántos extranjeros se quedaron atrapados en España por culpa de la pandemia? Es incalculable, pero una parte de ellos ya no se va. Apuestan por una vida diferente que les sorprendió en un principio como el peor momento de su vida; pero ahora han dado un giro de 180 grados. ¿Cómo han hecho para sobrevivir, reinventarse y encima hacerlo bien?
Aterrizar en España de vacaciones un 5 de febrero de 2020, con el objetivo de pasar dos meses en el país, visitar amigos y aprovechar para promocionar su libro de fotografía "Objetivo Geopark", un trabajo realizado para la UNESCO Naturtejo da Meseta Meridional Geopark de Portugal. Quedarse atrapado poco más de un mes después en un país desconocido; sin planes, con miedo a la incertidumbre y en medio de una pandemia mundial de la que por aquel entonces nadie sabía absolutamente nada.
Es el caso de Jesús Salazar, un venezolano de 38 años, geólogo y fotógrafo de profesión, que aterrizó en Madrid después de vivir cuatro años en China donde estuvo estudiando, trabajando y buscándose la vida. En Pekín, Jesús ganó el primer premio del concurso Expat Photo Contest 2019 y no le fue mal en su interés a la hora de retratar la vida cotidiana de este país. Fue seleccionado como invitado especial por parte del gobierno chino para retratar a las comunidades de Sanya, Sichuan y a la minoría étnica Miao de Guizhou.
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Pero después de todos esos años intensos decidió que era hora de volver a Venezuela y retomar el contacto con su familia. Hizo las maletas y España iba a ser solamente una escala antes de regresar definitivamente a su tierra. Pero la pandemia por el coronavirus lo atrapó, literalmente, en Madrid, y desde entonces, este caraqueño ha tenido que reinventarse. Ante la imposibilidad de moverse para ningún sitio, sin casa, sin trabajo, sin expectativas, y en soledad; Jesús dio un giro de 180 grados y ahora España es su nueva casa. Ya no se va.
Según estimaciones de la ONG Oxfam Intermón, hasta 790.000 personas habrían caído en 2020 en la pobreza severa en España. Las personas que viven en pobreza severa son las que viven con el equivalente de 16 euros al día. Según la ONG, los colectivos que han engrosado las listas de pobreza en España como consecuencia de la pandemia son principalmente los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes, porque han sido los grupos más castigados ante la pérdida de empleo o que tienen trabajos más precarios.
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En el caso de los inmigrantes, la pobreza alcanza al 57% frente al 22,9% del total de la población extranjera. Entre ellos, Oxfam destaca que hay 300.000 personas sin documentación que trabajan en España y que son los más desprotegidos de las medidas tomadas por el Gobierno y los más expuestos a sufrir abusos por parte de empresarios que los contratan en negro.
Afortunadamente, este no es el caso de Jesús, aunque podría haberlo sido. Cuando aterrizó se quedó en casas de amigos, pero no podía convertirse en un okupa permanente; así que cuando llegó el confinamiento estricto, también llegó la desesperación.
"No había vuelos y no sabía qué hacer. Estaba viviendo con mis ahorros, pero tienen un límite; así que después de pensarlo mucho decidí quedarme y probar suerte en Madrid. Cuando tomé la decisión sentí una gran tranquilidad. Fue un alivio decidir quedarme y ser recibido, porque a partir de ese momento sentí que tenía una meta y que empezaba un nuevo proceso en mi vida", cuenta Jesús a Sputnik en entrevista telefónica.
Dicho y hecho. Jesús se puso a hacer lo que más le gusta, que es la fotografía. Por internet ha creado una página que se llama Madrid Photowalks y se promociona a través de las redes sociales. Internet y el boca a boca son sus mejores aliados.
Cada fin de semana, Jesús promociona sus paseos por diferentes rutas turísticas de Madrid, junta a grupos pequeños, de no más de seis personas para cumplir con las medidas de bioseguridad, y les enseña fotografía caminando por lugares históricos de la ciudad. Aprenden a mirar Madrid de otra manera, o al menos, ese es el objetivo de este venezolano, que asegura que su proyecto va de "enamorarse de la ciudad, de conocer los barrios y de usar la fotografía como canal para llegar a la gente y para que las personas se expresen. Sobre todo en estos momentos de desmoralización generalizada de la sociedad. Aprender a apreciar los detalles que te entrega la ciudad en la que vives; cosas que, aunque siempre han estado ahí, a lo mejor no habías visto. Es importante para la moral de las personas y siento que les doy un poco de ánimo en estos tiempos de crisis y bajón anímico", cuenta.
Jesús dice que poco a poco su proyecto ha ido creciendo y que cada fin de semana lo contacta más gente. Cámara en mano enseña a fotografiar la Gran Vía de noche, por ejemplo, a cómo usar la luz, la velocidad o la exposición. Dos veces por semana se dedica a pasear durante horas por lugares diferentes de Madrid para organizar nuevas rutas, no solamente por los barrios más conocidos de la capital sino también por zonas desconocidas hasta para los propios madrileños. Rincones recónditos de la capital donde exprimir el disparador.
Ahora, aunque pudiera irse a Venezuela ya no se iría. Ha decidido quedarse en Madrid y hacer crecer su sueño y vivir de ello. Todavía tira de ahorros, asegura, pero cada vez menos; y ya pudo "independizarse" de sus amigos y alquilar un espacio para él en la ciudad. Lo peor: renunciar a ver a la familia. En su condición de migrante con intención de regularizarse en España debe permanecer en el país durante un periodo determinado de tiempo para conseguir sus papeles.
"España me parece un país genial y siento que hay muchas posibilidades culturales para crecer en él". Su PhotoWalk nació en China y la versión española por el momento le está dando muchas alegrías. Su carácter y sus ganas hacen el resto.

Reinventarse con más de 60 y siendo extranjero

Que la población extranjera es imprescindible para la economía de un país no es ningún secreto, aunque a la hora de la verdad, los inmigrantes, sean de la condición que sean, siempre van a ocupar los últimos puestos en el ranking de calidad de vida y acceso a servicios que ofrece un maltrecho estado del bienestar en España.
Según el informe de Oxfam Intermón citado anteriormente, la tasa de desempleo entre las personas migrantes llegó en 2020 al 27,7%, diez puntos por encima de la población española. Además, según cálculos de la ONG, la probabilidad de perder el trabajo ahora para la población migrante es de un 145% superior respecto a los nacionales.
Con estos datos sobre la mesa, las historias de Domingo Fernández y Ramona Durán, venezolanos de 66 y 61 años respectivamente, tengan quizá más valor a la hora de hablar de personas extranjeras que se reinventan en un país que no es el suyo, en mitad de una pandemia y con una edad más cercana a la jubilación que a la del emprendimiento.
Domingo y Ramona no se conocen de nada, pero ambos llegaron de Venezuela a España en sendos aviones prepandémicos para visitar a sus hijos en Madrid; y lo que no sabían es que ya nunca más volverían a sus casas en el país caribeño.
En el caso de Domingo, arquitecto de profesión y viudo desde hace cuatro años, viajó solo para pasar una temporada corta visitando a dos de sus hijos en la capital. Aprovechó, y antes de que el coronavirus lo trastocara todo, pudo visitar las Islas Canarias y varias ciudades españolas. Sus hijos son estudiantes de ingeniería y trabajaban en España como tantos otros extranjeros: repartiendo comida a domicilio en bicicleta o en moto para alguna de las empresas de servicio delivery por excelencia: Glovo, Deliveroo o Just Eat.
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Pero llegó el estado de alarma, la incertidumbre, el miedo, los contagios y el maldito virus; y Domingo, un señor acostumbrado a su vida y a sus rutinas, a su barrio en Caracas y a las vistas del Ávila, la montaña impresionante que rodea la capital venezolana y que es el pulmón de una urbe petrolera abocada al coche, al ruido y al asfalto; y el orgullo de los caraqueños que la evocan como reminiscencia de paz en un mundo de caos.
"La ansiedad cuando nos encerraron me provocó estrés y no podía dormir. Tenía miedo", cuenta Domingo a Sputnik. "El médico me recetó unas pastillas, pero dejé de tomarlas en seguida porque no me gusta estar dopado. Las cosas hay que vivirlas como vienen, ¿sabes? Y yo siento que esto me ha pasado por algo", asegura.
Y como llegaron las cosas para Domingo las vivió, desde luego. A día de hoy continúa compartiendo apartamento con sus hijos y haciendo esfuerzos por controlar la nostalgia; pero su situación es completamente diferente a la de hace un año. Ante la certeza de que no podría volver a Venezuela ante la falta de vuelos y el cierre de fronteras decretado por el gobierno de Nicolás Maduro (que continúa hasta la fecha), Domingo se puso a pensar qué podría hacer para que si no lo mataba el virus, lo matase el aburrimiento o la falta de dinero.
Junto a sus dos hijos y dos amigos de estos, Domingo alquiló una antigua churrería de Leganés y lo ha reconvertido en una "cocina ciega", la última tendencia gastronómica en tiempos de pandemia. Las cocinas ciegas son restaurantes sin público pensadas única y exclusivamente para servir comida a domicilio. De esta manera es más sencilla la logística y se requiere menos inversión. Con sus conocimientos de arquitectura remodeló el antiguo bar (cerrado por culpa del COVID) y lo transformó en una cocina que desde su inauguración el 20 de octubre lleva por nombre Crazy Brothers Kitchen. En su interior, el equipo hace cocina mexicana y venezolana tradicional y la reparten mediante las aplicaciones de envío de comida.
"Siempre quise tener un restaurante y mira, justo ahora, las vueltas que da la vida", se ríe Domingo al teléfono. Asegura que poco a poco van creciendo y que cada día les va mejor. Y mientras tanto, Domingo dice que lo que más le gusta de Madrid, como no podía ser de otra manera tratándose de un arquitecto de vocación, son sus edificios.
En el caso de Ramona, profesora universitaria, también vino de visita, esta vez para acompañar a su hija que acababa de ser madre. Ramona conoció a su nieta en febrero de 2020 y un año después todavía no se ha separado de ella.
Cuando se dio cuenta de que estaba atrapada en España y de que no podría volver pronto a su tierra natal, Ramona tomó la decisión de pedir asilo político en España para facilitar los trámites del papeleo y su residencia legal.

"Fue un carrusel de emociones nuevas. Me sentía tan desarraigada; extrañaba a mi gente… Me vine con un bolsito de 10 kilos… Y la palabra asilo me tumbó emocionalmente. Fueron días de llanto, de incertidumbre, de sentirme muy mal emocionalmente", cuenta a esta agencia.

Pero cuando lo aceptó, su vida comenzó a cambiar, empezó a tomarse la situación con más calma y aunque dice que todavía tiene la sensación de que la "arrancaron de raíz de un sitio para tirarla en otro", le gusta la vida en España y por eso ha decidido quedarse. Ahora esta es su casa.
Como el apartamento de su hija es muy pequeño y ella vive con su marido y la recién nacida, Ramona pasó cinco meses y medio (todo el confinamiento) en una casa de las misioneras Verbum Dei, una congregación de religiosas a la que ella pertenece en Venezuela. Cuenta que pasó todo ese tiempo haciendo vida de misionera, que las ayudaba en sus tareas y que a cambio, las religiosas le dieron comida y cobijo.
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Después encontró trabajo como interna en casa de una anciana a la que cuida, y aunque dice que el salario no es muy alto, al menos le da para vivir, tener tiempo libre y ser independiente. Su empeño ahora es traer a su hijo de 40 años desde Venezuela. Tiene una discapacidad mental y no puede valerse por sí mismo, pero el trámite para sacar el pasaporte en el país caribeño es tremendamente largo y tedioso, y puede que el proceso se demore todavía años.
"En medio de todas las dificultades, ha sido un proceso de aprendizaje, vivencias y nuevas aventuras. Es una vida diferente para la que quizás yo no estaba preparada, pero ahora me doy cuenta de que Madrid me encanta. Me encanta la ciudad, el orden, la limpieza, la tranquilidad, la seguridad. Aquí todo es muy fácil", asegura Ramona. "He desarrollado una gran capacidad de adaptación".

De Barranquilla a maquilladora de novias en Madrid

El caso de Marles Negrete, colombiana de 32 años, fue diferente al de sus compatriotas latinoamericanos, aunque también basado en un comienzo de encierro y miedo para terminar en una historia de éxito y superación personal apostando al todo o nada.
Llegó a Madrid para estudiar un máster de maquillaje y estética y tendría que haber vuelto en abril de 2020. Vivía en Goya con otras estudiantes y el confinamiento las obligó a convivir en un apartamento demasiado pequeño. Lo superaron, pero ella se quedó sin dinero porque no tenía ahorros. Tuvo que pedir dinero prestado a varios amigos y pensar qué hacer para rentabilizarlo.
"Decidí que solo podía ganarme la vida con lo que sabía hacer que era dedicarme al mundo del maquillaje".
Montó su marca: "Make Up By Marles" y "Mardenovia"; y a través de las redes sociales promociona su trabajo. Está especializada en producción y maquillaje de novias, pero como la pandemia también ha cancelado numerosos matrimonios, la colombiana se ha convertido en una todoterreno, y ahora sobre todo hace colaboraciones con el mundo de la moda. También está comenzando a diseñar complementos para los peinados de novias y para las comuniones, cuya época, además, y a pesar de las restricciones, está a punto de comenzar.
En todos estos meses, el boca a boca, conocer a unos y otros, relacionarse, no decir que no a ninguna colaboración y sobre todo moverse mucho, le han hecho salir adelante. Todavía el volumen de trabajo no le da para vivir holgadamente, pero su situación es indudablemente mejor que hace doce meses. Incluso está pensando comenzar a dar talleres para enseñar sus conocimientos a otras personas que quieran aprender el mundo del make up y hacer de ello su profesión.
Marles ya no ha vuelto a mirar si hay vuelos a Colombia. Ya no le importa porque ahora ha decidido quedarse en España y asegura que su futuro está aquí. Quiere continuar con su proyecto, desarrollar su marca y regularizar su situación aquí.
"Me ha cambiado la vida sin pensarlo, pero que la vida se ponga como quiera, que yo me la bailo", asegura sonriente la colombiana.
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