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Educación en tiempos de pandemia en Colombia: la casa se metió en las aulas

© REUTERS / Luisa GonzalezVuelta a clases en Colombia
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La educación en Colombia empezó su retorno a la presencialidad tras el aislamiento por el COVID-19, un anhelo de estudiantes y maestros que propone nuevos desafíos. Sputnik consultó a profesores de colegios públicos y privados en la Colombia urbana y rural para conocer cómo han vivido la educación lejos de las aulas.
En Colombia ha empezado el retorno gradual a la educación presencial, tras casi un año de confinamiento. A los colegios que por más de un año estuvieron cerrados, convertidos en aulas vacías, donde reinó el silencio, han empezado a volver los niños y niñas. A las casas volvió la ansiedad del regreso a clases. Y esta vez con más fuerza porque la educación en tiempo de pandemia fue una experiencia transformadora para niños, familias y maestros. Un tiempo que marcó a la humanidad entera.

"Educar desde la virtualidad fue un viacrucis emocional. Perder el contacto con los niños y niñas, que es lo que le da sentido a la educación, fue traumático. La dificultad de capturar su atención detrás de una pantalla fue enorme. El estrés de los problemas propios de la conectividad o la presión que le sumó a la clase la presencia de los padres fue muy difícil", expresa a Sputnik Andrés Páramo, maestro de preescolar de un colegio privado en Bogotá.

¿Cómo lo vivieron los maestros de colegios privados?

Una sensación parecida relata Rocío Vera, profesora de inglés de un colegio privado en Barranquilla, que en el primer pico epidemiológico se convirtió en uno de los epicentros de personas muertas e infectadas por el nuevo coronavirus. Es maestra de primaria y recuerda que nunca pensó que la cuarentena duraría tanto.
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"El cambió fue duro emocionalmente. Pensamos que en dos semanas volvíamos y qué va, aquí seguimos. El choque fue duro porque mandamos trabajo para dos semanas. Tuvimos que repensar la educación. Aprender a utilizar herramientas digitales al tiempo que enseñábamos. Pienso que así como los médicos fueron héroes que salvaron vidas, los maestros también lo fuimos. Sobre nuestros hombros recayó la salud emocional de muchas familias", puntualiza.
Isabel Martínez, maestra de un colegio privado en Medellín, cuenta que en su institución las clases se hacían en las tardes para que los padres pudieran acompañar a los niños sin que se les cruzara con su horario de oficina. "Esto hizo que trabajáramos horarios más extensos que, sumados a la preparación de las clases, significaron más horas laborales, pero no en mejor remuneración. Incluso, en mi colegio sacaron profesores por la crisis económica en la que entró la institución", relata.

"Una cosa positiva de la pandemia fue que muchos padres de buenos recursos económicos conocieron a sus hijos. Estaban acostumbrados a que otros educaran y criaran a sus hijos. Con la pandemia convivieron. Los niños conocieron en qué trabajaban sus padres, y estos, a sus hijos. Lo que les gusta, en lo que son buenos, en lo que no. Lo malo de esto fue que además de los niños tuvimos, en su mayoría, a las mamás en el salón de clases", sostiene, apuntando que esto le sumó presión a los profesores.

Juan Carlos Menez, un maestro de educación física de otro colegio privado, narró que al principio de la pandemia no podía dormir por el peso de la responsabilidad. Recibía muchas llamadas de madres cuestionando sus clase y otros le pedían consejos para manejar a sus hijos. "Me convertí en psicólogo, profesor, animador y hasta youtuber", añadió el maestro de 40 años, quien trabaja también en un colegio privado de Bogotá.
Para Camilo Ojeda, maestro de música de otra institución en Bogotá, lo más complejo fue la imposibilidad de improvisar, de conectarse con los niños a partir de sus estados de ánimo. "La flexibilidad que permite la presencialidad ya no era una posibilidad. Además, la conectividad se convirtió en un factor que afectaba la clase. El estrés de que el video no corriera o de que el internet no funcionara me producía mucha angustia, y cuando tengo problemas para entrar ya la clase se me daña", detalla Ojeda, para quien la sedentariedad le ha afectado su salud emocional.

¿Y en los colegios públicos?

Blanca Martínez trabaja en un colegio público de niñas en Bogotá. Su experiencia fue también difícil pero para ella el primer problema fue el uso de la tecnología. "En el colegio tenemos maestras antiguas que no están acostumbradas a actualizarse. Muchas compañeras mías son de edad avanzada y han sufrido mucho con la virtualidad. Hasta el punto que este año varias de ellas tuvieron que renunciar y para mi fue desgastante porque tuve que hacerme cargo de otros cursos", arranca su narración.
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Algunas de esas profesoras decidieron atender a las niñas por la aplicación WhatsApp, mandaban audios, videos, y esto hizo que su horario de trabajo fuera más extenso. "Muchos docentes tuvieron que cambiar sus hábitos de trabajo y eso generó situaciones de estrés, angustia, ansiedad, impotencia. Yo trabajo con familias de estratos bajos (pocos recursos económicos) y eso implicó enseñarles a niños y padres a manejar las plataformas. Eso dificultó mucho el trabajo", explicó la maestra. En este contexto muchas familias tenían dos y tres hijos y la única herramienta es el teléfono de la madre, quien trabaja como empleada de servicio y no está en su casa en el día.
Otra docente de una entidad pública, que prefirió omitir su nombre, aseguró que el confinamiento también trajo violencia intrafamiliar. Padres que no permiten que sus hijos vivan el proceso normal de aprendizaje y reaccionan con recriminaciones o violencia física y verbal. "Estos ambientes de violencia influyeron negativamente en la emocionalidad de los estudiantes". En su caso ha experimentado también un aumento de la asistencia a colegios públicos de estudiantes por la fragilidad de la economía familiar, que producto de la crisis económica optó por la educación gratuita.
"Para muchas familias el colegio es una especie de guardería de sus hijos para que ellos puedan trabajar. Tenerlo en casa agudizó la violencia familiar. Muchos padres creen que estudiar es un castigo, y uno los oye amenazando a sus hijos con las tareas y no les tienen paciencia", dice, y agrega que los más afectados emocionalmente han sido las familias de los jóvenes de los cursos más altos.
"La casa se nos metió a las aulas y observamos muchos dramas familiares que afectan a nuestros niños. En mis cursos hubo muchos divorcios en este año de pandemia. También nos tocó ver angustias económicas, ambientes muy tensos que afectan a la niñez colombiana", puntualiza esta maestra con 20 años de experiencia en una de las escuelas públicas más tradicionales de la capital.

¿Y en el campo?

Muy distinta ha sido la situación de Henry Blandon, profesor en una entidad pública en Bahía Solano, un pueblo ubicado en la frontera entre Colombia y Panamá, en Chocó, el departamento más pobre del país, donde la conectividad a internet es muy limitada, la energía eléctrica funciona por momentos y las distancias entre el colegio y la casa de los jóvenes puede ser de más de tres horas, por la falta de vías.
"Aquí pocas familias tienen acceso a internet entonces el trabajo con los muchachos ha sido a partir de guías o planas con las que los estudiantes trabajan en casa. El problema que tuve fue que cinco estudiantes de un mismo curso desertaron. También tuvimos que hacer jornadas con los padres para explicarles, porque los muchachos no tienen acceso ni a un celular inteligente", narra el maestro chocoano, quien también siente temor por lo que será la presencialidad, ya que la planta física de su escuela está en mal estado producto del abandono y de que unas familias de indígenas desplazados por la guerra se han refugiado allí.
Blandón afirmó que para él ha sido muy difícil no tener contacto directo con los muchachos pero teme por la amenaza a la salud que puede implicar volver a la presencialidad pues en su pueblo se han reportado varios casos de muertes por COVID-19. "Me preocupa que no hallan las medidas de bioseguridad. Dijeron que el departamento iba a proveer los implementos de bioseguridad y nos toca a los maestros comprarlos porque no han llegado. Hay familias que no tienen para comer, ni para pagar una horita de internet y no van a tener para comprar tapabocas ni alcohol", añade con preocupación.
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Situación similar se vive en Chigorodó, un municipio mediano de Antioquia, un departamento del centro del país. La profesora Ángela María Jaramillo vive en una vereda alejada de esta zona, donde no hay internet y la señal de celular es inestable. "Mi trabajo se basó en las mamás. Ellas fueron las que hicieron el trabajo. Yo las fui guiando. En la población con la que trabajo hay muchas víctimas del conflicto armado, con nivel educativo muy bajito y muchas son amas de casa", expresa ambientando su narración.
Es profesora de preescolar y de los 30 estudiantes solo ocho tenían acceso a internet por lo que trabajó por teléfono celular. "Fue muy complicado. Muchas horas de trabajo y para mi fue frustrante no ver a los niños. No poder bailar, jugar, correr. También sufrí mucho de ver padres y madres con hambre y sin condiciones para vivir un encierro como éste", cuenta, y sostiene que ha notado una fuerte deserción escolar pues de los 35 cupos que hay solo se han ocupado 23, cuando usualmente para esta época ya no tiene dónde sentar a un estudiante.
Esta maestra también está preocupada por las condiciones de bioseguridad, pues los maestros tienen que pagar los materiales que el Estado no suministra, y el calendario escolar de los colegios públicos arranca este 15 de febrero. Un reencuentro que, pese a las dificultades, será feliz para estudiantes y maestros que reconocen que el conocimiento se fortalece con el encuentro, aunque teman por su salud porque todo indica que en Colombia la vacunación no llegará a estas regiones en este año escolar.
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