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Ataques de ansiedad y frustración: cómo viven médicos y enfermeras el segundo pico de COVID-19 en Bogotá

© Foto : Alfredo Molano JimenoCoronavirus en Bogotá, Colombia
Coronavirus en Bogotá, Colombia - Sputnik Mundo
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Médicos de diversas especialidades y enfermeras cuentan cómo viven la nueva oleada de contagios. Los hospitales están colapsados y el personal de salud también. Historias narradas por cinco doctores y una enfermera.
Tras las festividades de fin de año, en que los colombianos olvidaron la pandemia y se entregaron al encuentro con familias y amigos, Colombia tuvo que regresar al cierre estricto de la actividad social. Los datos advierten de un nuevo pico epidemiológico que, desde hace unas semanas, deja a diario casi 400 fallecidos y más de 15.000 nuevos infectados.  
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En Bogotá, una ciudad de poco más de 8 millones de habitantes, se han registrado 576.000 casos (más del 25% de total del país). El último reporte de ocupación de camas en las unidades de cuidados intensivos es de 1.867, que representa el 93.2% de la capacidad de atención que tiene la ciudad. Una tragedia que las cifras nunca alcanzarán a describir y cuyo rostro enfrentan día a día los médicos y el personal de salud. 
© Foto : Alfredo Molano JimenoCoronavirus en Bogotá, Colombia
Coronavirus en Bogotá, Colombia - Sputnik Mundo
El ambiente en los hospitales es de máxima tensión. Médicos, enfermeras y camilleros van, presurosos, de un lado a otro. En sus miradas hay rasgos permanentes de preocupación, concentración y cansancio. En la sala de urgencias de un hospital de una de las localidades más populosas de Bogotá, un hombre de unos 60 años espera su turno para ingresar al "triage". Se ve sereno y a la vez fatigado. Cierra los ojos como buscando calma. La sala de urgencia solo está recibiendo pacientes de COVID-19, y hay cerca de 30 personas en condiciones similares en un solemne silencio.
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El encargado de la seguridad advierte mi presencia y me pregunta si necesito orientación. Le explico que soy periodista y me informa que necesito un permiso de la dirección para ingresar al centro de salud y me pide que me retire hasta que tramite la autorización. 
Es que en los hospitales y clínicas colombianas hay un estricto hermetismo sobre lo que está ocurriendo. Al punto que los consultados por Sputnik, en su mayoría, pidieron la reserva de su nombre por miedo a revelar información que pueda ser sensible para las entidades para las cuales trabajan.

¿Cómo lo vive un anestesiólogo?

Sputnik consultó a médicos de diferentes especialidades y enfermeras que están en la primera línea de batalla contra el COVID-19 para conocer sus relatos sobre el repunte del virus más contagioso que haya conocido la historia reciente de la humanidad. 
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Los consultados utilizaron un término común para expresar el sentimiento que tienen por estos días: frustración. Frustración de no poder salvar la vida de muchas personas. Frustración porque, a pesar de los inmensos esfuerzos que han hecho durante casi un año, hoy hay más pacientes que antes. Frustración por ver la inconsciencia con que la gente festejó en diciembre.
También dijeron sentir impotencia, porque aun cuando lleva meses sin descanso, cada hora hay más pacientes en estado crítico, y ya no hay camas en cuidados intensivos, ni en las salas de urgencias. Una situación que hace que los médicos y el personal de salud viva su propia pandemia. Una que ataca la salud emocional de quienes están dando la batalla contra el COVID-19 y que toma formas de frustración, ansiedad e impotencia.
"Este año ha visto más muertos que en toda mi carrera", señala un médico anestesiólogo que lleva diez años trabajando en un hospital del nororiente de Bogotá. 
Afirma que desde que empezó la pandemia, su trabajo ha sido tan intenso y desgastante que por salud mental pidió descansar unos días. "Regresé el 28 de diciembre y me encontré un hospital con mayor afluencia de personas. La primera semana de enero fueron de incremento diario y la segunda ya tiene al hospital colapsado. Empezamos con un piso para atender casos de COVID y ya vamos en uno de los dos edificios que tiene la clínica", añade para ilustrar lo que vive.
Al ser anestesiólogo ha estado atendiendo las intubaciones y acompañando algunas intervenciones, pero asegura que son las enfermeras las que principalmente están llevando la carga de trabajo y presión emocional. 
En su caso, ya olvidó lo que es una cirugía programada, lo que impacta directamente en sus ingresos. En condiciones normales recibe un bono por productividad y ahora no solo está cancelado este estímulo, sino que han tenido que regalar un turno de trabajo para amortiguar la crisis financiera que enfrenta el hospital por cuenta de los saldos que le adeudan las Empresas Prestadoras de Salud (EPS).
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Colombia tiene un sistema de salud privatizado, en el que los dineros de los contribuyentes son administrados por estas Empresas Prestadoras de Salud (EPS), las cuales son encargadas de pagar a las entidades prestadoras de servicios, médicos y hospitales, por la atención de los ciudadanos. 
La mala administración de estos recursos es un capítulo oscuro que por años ha sido diagnosticado en Colombia, sin embargo, hay una cobertura de salud de la mayoría de colombianos, aunque no es total.
Aun así, el hospital ha dispuesto un apoyo psicológico y de bioética para atender la salud mental de su personal. "He vivido ataques de ansiedad que nunca había vivido, no estoy durmiendo bien y me he tenido que enfrentar todos estos meses sin participar de reuniones sociales de ningún tipo. La diferencia de este pico con el primero [en julio y agosto] es que ahora, por la apertura de la economía, además de los pacientes por COVID hemos tenido un repunte de urgencias de otro tipo. Incluso, más mortales que antes porque la gente está consultando tarde para evitar ir a las clínicas", cuenta.

¿Cómo se vive en las Unidades de Cuidados Intensivos?

Marcela Poveda es directora de la Unidad de Cuidados Intensivos de la Clínica Shaio, ubicada en Suba, una localidad al norte de Bogotá que enfrenta el mayor número de contagios de la ciudad. Detalla que bajo su dirección hay 22 camas. "En este momento hay mucho estrés. No tenemos más camas por lo que estamos intubando en las habitaciones", sostiene, eso sí, poniendo en claro que en este momento la situación más difícil se vive en las salas de urgencias.
"Este segundo pico ha sido muy difícil porque además de que hay una demanda tan alta por hospitalizaciones, el personal de salud está más cansado que hace unos meses, hemos tenido muchos compañeros incapacitados o que han renunciado por agotamiento, y eso representa una sobrecarga en quienes estamos hoy enfrentando el momento", advierte. 
También observa que en este segundo pico los pacientes han llegado en estados de salud más avanzados y la mortalidad ha sido más alta que en el primer pico.
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La doctora Poveda coincide con varios de los consultados en que una de las situaciones más difíciles de manejar es a los familiares de los pacientes.
"Las familias se angustian mucho y le imprimen esa angustia a uno, como se espera. Le piden que no deje morir a su pariente, que haga todo lo posible, le cuentan que es la cabeza del hogar o narran lo importante que es para ellos. Lo llaman a uno con insistencia y eso es una situación muy difícil para uno. Lo más duro para mí ha sido eso: ver cómo las familias se despiden del paciente por videollamadas. Eso le parte a uno el alma", añade.
No duda en advertir que, si bien los médicos han recibido importantes reconocimientos por parte de entidades y la sociedad, considera que hace falta mayor reconocimiento para el personal de enfermería, camilleros, conductores de ambulancias y seguridad de las clínicas y hospitales. 
Su turno diario es de más de 12 horas y señala que por momentos le resulta frustrante regresar de su casa al hospital y encontrar nuevos fallecimientos.
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"Estamos haciendo todo lo posible. Lo hemos dado todo y no es suficiente. Siento a muchos colegas cansados. No han podido tomar vacaciones. Vivir con un tapaboca N95 todo el día tiene consecuencias. Me lavo las manos al menos 40 veces diarias. Pero lo más difícil es no tener capacidad de recibir más pacientes porque no hay dónde ponerlos", concluye Poveda.
Otro médico intensivista que trabaja en un hospital militar, pero pidió reserva de su nombre, relata que el pico empezó a sentirse la segunda semana de enero. 
"En mi caso, entre dos y tres médicos atendemos a 40 y 50 pacientes. Estamos reventados, puede haber hasta camas y ventiladores, pero no el personal especializado para manipular equipos y atender pacientes. Los internistas no nos podemos multiplicar", enfatiza.
Para él, como para Poveda, ha sido especialmente complejo el tema de talento humano y las condiciones en que está desempeñándose el personal de salud. 
"Tenemos muchos compañeros incapacitados. De los 30 internistas con que yo trabajo 20 ya tuvieron COVID y uno tiene que cubrir los turnos de ellos. Algunos tuvieron que salir de vacaciones por salud mental y otros han tirado la toalla. Y es que nosotros también hemos visto morir compañeros en esta batalla y eso es muy difícil de asumir", alega.
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Explica que una de las más grandes frustraciones es la de hacer grandes esfuerzos para salvar un paciente y que este muera. 
"Nadie sabe la frustración que uno siente. El dolor de comunicarlo, la impotencia de no haber podido salvarlo, y la angustia que produce repasar cada decisión tomada. Muchas veces me pregunto si acerté en mis decisiones, si no vi bien que estaba dedicando esfuerzos a un paciente que no tenía posibilidades y dejé de atender a uno que sí las tenía. He vivido dilemas éticos muy grandes y que nunca había tenido", concluye.  

¿Cómo se vive la pandemia en las salas de urgencias? 

Un doctor especializado en medicina de emergencias, que también pidió la reserva de su nombre, define la situación como "sencillamente terrible". 
"En una época normal tendría 30 pacientes. Hoy tengo 100, de los cuales 70 son por COVID. Los médicos no damos abasto. Estamos muy cansados y frustrados", sostiene con un gesto de desesperanza.
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Coincide con Poveda en que el manejo de las familias es un reto complejo. "Me han llamado como nunca en la vida amigos, vecinos, familiares y conocidos a recomendarme a un familiar. La gente tiene mucho miedo de la intubación, entonces cuando uno les cuenta que vamos a hacerle este procedimiento a su familiar la mayoría entra en estado de angustia y llanto como si su pariente ya se hubiera muerto. Me llaman varias veces al día. No. Esto ha sido muy jodido", confiesa.
Para él, ha sido aplastante el papel de ser quien carga la esperanza de tantas familias. "Psicológicamente ha sido muy pesado cargar con la responsabilidad de ser la esperanza de muchas familias, además, en muchos casos en los que el pronóstico es malo. Eso ha sido para mí lo más difícil", sentencia, a la vez que explica que los turnos son tan intensos que ya no tiene tiempo para tomarse un tinto, relajarse por unos segundos y que las últimas semanas ha pasado los días llamando a todas las áreas del hospital en que trabaja buscando una cama para remitir a uno de los pacientes.
"El problema no son los ventiladores. El problema es que no hay donde acostar pacientes y no hay personal especializado para manejar equipos. La atención se ha concentrado en los aparatos pero el problema ha sido otro. Conozco casos donde han tenido que intubar gente en pasillos y en el suelo. En Bogotá parece que hubiera caído un meteorito, y estamos en el cruel momento en que tenemos que decidir a quién darle una cama porque, como dice el dicho, no hay cama para tanta gente", sostiene.
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El doctor Fabian Rosas es médico especialista en emergencias y terapia intensiva, además es presidente de la Asociación Colombiana de Especialistas en Urgencias y Emergencias. Es decir, es vocero no solo de médicos sino de todo el personal de salud que atiende en la puerta de entrada al sistema médico.
"Lo que estamos viviendo es consecuencia de la apertura social y económica del país, y en especial de las fiestas decembrinas", arranca diciendo Rosas, quien reconoce que la infraestructura hospitalaria se ha ampliado, pero no alcanza para cubrir la demanda.
"Los cupos en las Unidades de Cuidados Intensivos son limitados entonces son los servicios de urgencias los que le están metiendo el hombro a esto, pero ya veo síntomas de cansancio físico y mental en muchos. El 30% del personal de urgencias está agotado, incapacitado o ha fallecido” expresa con preocupación. Rosas no duda en contestar que lo más desgastante es notificar a las familias del fallecimiento del paciente y afirma: "lo más frustrante es ver que nosotros hemos dado el 200% por meses y la gente se sigue reuniendo a festejar como si no pasara nada, y hasta dicen que no se quieren vacunar"
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La situación descrita por Rosas y los otros médicos consultados coincide con un pronunciamiento firmado por las principales organizaciones del sector salud en Colombia. 
El documento titulado "Si hay camas, no hay priorización” recuerda que Colombia tiene un sistema de salud que padece una crisis hospitalaria desde hace 25 años y hace una serie de recomendaciones para todo el personal médico.
“Los médicos no deben, por ningún motivo, asumir responsabilidades que no les corresponden. El manejo de la salud pública y la emergencia sanitaria por la pandemia es responsabilidad de la autoridad sanitaria nacional y territorial. Mientras que no se reestructure el sistema nacional de salud vigente, los aseguradores y administradores privados del sistema tienen el deber de dar respuesta, oportuna y adecuada a cada paciente con eficiencia y calidad”, señalan las organizaciones.
Y en otro aparte advierte: “Mientras el Gobierno no declare un colapso del sistema hospitalario, es decir, que la demanda de Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) supere la oferta en todo el territorio nacional, los médicos no tienen la obligación de utilizar un principio o un criterio en forma aislada, (lo que ahora conocemos como la “priorización”). Estos principios y criterios deben ser considerados en forma conjunta, colegiada, con pares idóneos y deben ser siempre ponderados de acuerdo a la mejor evidencia científica disponible”.

¿Y las enfermeras?

Sputnik también quiso conocer la perspectiva de quienes desempeñan la labor de enfermería que, a juicio de la mayoría de consultados, son las heroínas anónimas de esta tragedia -mayoritariamente son mujeres-. 
Un médico ruso (imagen referencial) - Sputnik Mundo
Internacional
Los médicos, héroes y víctimas de la pandemia
Natalia trabaja en un hospital del noroccidente de Bogotá, pide no revelar su apellido ni el nombre de la institución para poder narrar lo que allí se vive con soltura.
Es una joven de poco más de 30 años, vive en un sector popular de Bogotá, tiene un hijo y es divorciada. Todos los días atraviesa la capital para hacer turnos de más de 12 horas en la institución médica. 
“La UCI de mi clínica esta terrible. No hay dónde acostar un paciente. Usualmente tenemos 12 camas, hoy tenemos 21, que son atendidas por el mismo personal, como si no viviéramos una emergencia inédita. Y eso que no están haciendo operaciones programadas, por eso la ampliación ha sido en el piso de urgencias y en las salas de cirugía”, detalla.
Cuenta que en la clínica para la que trabaja se inició el tratamiento de pacientes COVID en un solo piso y que hoy todo el edificio está dedicado a atender la pandemia.
 “El repunte empezó después de velitas [7 de diciembre], luego vino el fatídico 24 y para terminar la fiesta de fin de año. El resultado es un sistema de salud colapsado, un personal que no da más y una mortandad inatajable”, refiere la enfermera, quien cuenta que ha tenido turnos de 17 horas por cubrir a compañeros que se han incapacitado por enfermedad física o mental.
Una enfermera (archivo) - Sputnik Mundo
Internacional
Gobierno: el aumento de contagios de COVID-19 en Colombia no obedece a nueva cepa
“Es terrible ver la ferocidad del virus. Usted le dedica semanas a un paciente, pero el bicho lo mata en tres horas. Y lo más duro es ver que también se mueren pacientes de 35, 40 o 50 años que llegan pidiendo que no los intuben porque sienten que van a poder ganarle el pulso a la enfermedad, pero mueren. Esta es una enfermedad a la que no se le puede hacer mucho médicamente entonces la carga la tenemos las enfermeras que tenemos que hacer maromas para mantenerlos estables”, reflexiona.
Al final, Natalia concluye que los hospitales y clínicas están haciendo malabarismo con las camas, intubando en cuartos, utilizando las salas de cirugías, las salas de emergencias, todo. En su clínica hay 24 camas de UCI, cuatro más en cirugías y 12 en urgencias. Todas están llenas y han tenido que enviar pacientes de Bogotá a Barranquilla, una ciudad a más de mil kilómetros de distancia. 
El día que Natalia fue consultada ya contaba cuatro muertos por COVID en una mañana y se le quebraba la voz por el llanto cuando narraba las tristísimas despedidas de los familiares con los pacientes a través de videollamadas. 
Así es una pequeña radiografía del segundo pico de COVID-19 en Bogotá, relatado por quienes están dando su vida para combatirlo, en la capital de Colombia, donde, valga decirlo, se tiene la mejor infraestructura y talento médico del país.
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