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Trumpismo sin Trump, un desafío para Biden y los republicanos

© AFP 2021 / Saul LoebEl presidente de EEUU, Donald Trump
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Los 75 millones de votantes de Donald Trump tienen cuatro años para reponerse de la derrota de su líder y esperar si dentro del Partido Republicano despuntará un candidato que consiga unir a la élite de la organización con la base popular, los "deplorables".
¿Trumpismo sin Trump? Es la pregunta que a pocas horas del asalto al Capitolio se hacen los politólogos del planeta. Sin el esperpéntico suceso del 6 de enero, Donald Trump todavía sería considerado dentro del Partido Republicano como un posible candidato para 2024. Su llamamiento a la calma y la condena de la violencia, a última hora, no le van a servir ni para mantener el apoyo de sus seguidores ni para ser perdonado por sus correligionarios de partido que, mientras se sorprenden todavía de su atractivo electoral, sueñan con liberarse de su omnipresencia.
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La 'casta' republicana, contra las bases

Pero la casta de los republicanos deberá tener en cuenta un elemento que a Trump no se le puede negar: haber atraído hacia el partido a millones de norteamericanos de clase media y clase baja, los parados y los olvidados de las élites políticas de la costa este y del poder político-tecnológico —quizá más poderoso— instalado en California. Los norteamericanos despreciados por Hillary Clinton y el establishment hablaron hace cuatro años y en 2020 a ellos se sumaron 10 millones de votantes más. Un éxito que, si no le ha valido la victoria electoral, dice mucho no solo del poder de atracción de un político no profesional que ha sido objeto de insultos, burla y tantas noticias falsas como las generadas por él mismo y su equipo. Entre los detalles que alguna prensa ha preferido ocultar es que, entre sus votantes, hubo un 18% de negros y un 37% del llamado voto latino, cosechados por el que algunos no dudan en tachar de racista.
Entre los millones de votantes de Trump, la reductio at Hitlerum no funciona. Los autodenominados progresistas tienden en Occidente a tachar de fascista a toda opinión diferente a la suya. Es una demostración de desconocimiento del concepto de fascismo, y del desconocimiento de su propio pueblo. Pero ya sabemos que esos mismos medios que desde 2016 han pasado cuatro años atacando cualquier acto, medida o pestañeo del presidente republicano solo se dirigen a la élite y a los votantes ya convencidos del Partido Demócrata.

Una herencia no desechable

Dura tarea les espera a los republicanos, que deberán también tomar posición sobre las columnas que han sostenido la política Trumpista: la batalla comercial con China, que ha ayudado al resto de Occidente no a unirse a él, pero sí a ser algo menos tímido y exigente ante la potencia y exigencias de Pekín. La oposición a la inmigración masiva, que bajo el lema "Construid el muro" tiene el apoyo de millones de norteamericanos. La crítica a la globalización, que ha arrojado al paro a habitantes de antiguas zonas industriales del país…El dilema, para los republicanos será separar al personaje de su política, incluida la herencia que deja en asuntos internacionales, especialmente los acuerdos de paz alcanzados en Oriente Medio.
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Cuatro años parece tiempo suficiente para optar por una opción, pero el peligro para el GOP (Grand Old Party) es que una parte de sus representantes y senadores opten por apoyar la vía Trumpista sin Trump, mientras otros se deslicen hacia un conservadurismo tradicional. Una división que favorecerá a los demócratas en las cámaras legislativas.
Los discursos de los vencedores en las urnas, tras peleas electorales marcadas por la histeria, incluyen siempre la palabra reconciliación. Esperando la alocución de toma de posesión del futuro presidente, no se puede decir que Biden haya insistido en ese concepto. Impelido por las escenas de violencia en el Capitolio, el nuevo presidente no quiso hacer la diferencia entre los asaltantes violentos y los que pretendían solo manifestarse ante o dentro de lo que pomposamente se denomina "corazón de la democracia norteamericana".
A los tipos armados, a los disfrazados de búfalo, a los individuos que destrozaron despachos, los acompañaban también ciudadanos que sinceramente pensaban que se les había robado la victoria en las urnas, pero que ni se les pasaba por la cabeza utilizar la violencia. Ellos no fueron objeto de la atención mediática; entrevistar a dos abuelas no vende tanto como mostrar a los que portan chalecos antibalas.

Obreros vs minorías

¿Cómo piensa tratar Joe Biden a los 75 millones de compatriotas que le han negado su apoyo? Reconciliar, muy bien, pero para ello hay que conceder. Y una mayoría de votos "deplorables" refleja lo que millones odian en lo que Biden representa: décadas de senador por un Estado, como Delaware, que es un paraíso fiscal con lo que ello significa para el beneficio de empresas y bancos que han masacrado económicamente durante años al consumidor norteamericano.
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Los obreros norteamericanos, como en otras geografías occidentales, se han pasado a la derecha nacionalpopulista. Sin trabajo asegurado, agobiados por créditos y trampas consumistas, responden así también al nuevo totem de la izquierda globalizada: la obsesión política con las minorías étnicas, raciales o sexuales por encima de la masa de desheredados que no hacen ni de su color de piel, de su religión o de su preferencia sexual una reivindicación política.
Biden no podrá integrar a los seguidores de la bandera confederada con los derribadores de estatuas. A los primeros nunca les convencerá; los segundos le critican ya la elección de sus ministros, demasiado "centristas". Entre los dos extremos queda un amplio espacio para desplegar la acción política que representará el tercer acto del "Obamismo".
Quizá la lección que mejor han aprendido los partidarios de Donald Trump, tras cuatro años de mandato y los sucesos del 6 de enero es que el verdadero poder no se encuentra en el Capitolio, y que el asalto y la ocupación debería de haberse hecho en la sede de las compañías tecnológicas que controlan el flujo de opinión e información en Estados Unidos. Las mismas que financian al Partido Demócrata y censuran lo que no les parece conveniente, ya provenga del presidente electo o de la abuelita de Iowa convencida por el complotismo de QAnon.
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