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"Solo queremos trabajar, como sea y donde se pueda": testimonio de un inmigrante irregular en Canarias

© Foto : Cortesía de Malick KaMalick Ka, como repartidor en Mbour, su ciudad de Senegal
Malick Ka, como repartidor en Mbour, su ciudad de Senegal - Sputnik Mundo
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Malick Ka, un senegalés de 23 años, salió de su país en barco para llegar a España y ganarse la vida de cualquier forma.
Sostiene Malick Ka que en África han nacido con el riesgo en la sangre. Si no te la juegas, no sobrevives. El día a día viene marcado por el instinto. Y a él le llevó fuera de sus fronteras. El pasado 2 de noviembre, este joven senegalés de 23 años llegó a las islas Canarias, territorio español. Le precedió un viaje en lancha por el océano Atlántico de 24 horas y la fe ciega en cumplir su objetivo.
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Una vez arranca, Malick Ka no tiene reparos en detallar su periplo. Va incluso a los años previos. Según cuenta, proviene de una familia numerosa. El árbol genealógico que explica se desparrama entre abuelos y ancestros, pero lo más próximo está formado por unos progenitores separados, dos hermanas de 20 y 18 años y una hija de un año y dos meses.
"Mi padre se dedicaba al comercio internacional y le iba muy bien. Se hizo bastante rico cuando yo era pequeño, pero desde hace una década está arruinado", analiza.
Con un panorama desalentador, Malick Ka creció escuchando historias de emigración. Residía en esta ciudad costera de unos 600.000 habitantes con su padre. Visitaba poco a su madre, que se había mudado. Y oía a amigos cuyos primos habían marchado. Observaba las ausencias en el barrio. Su tío les enviaba dinero desde Tarragona, donde se instaló en 2006. Y se imaginaba la opulencia de España en comparación con Senegal gracias a lo que intuía viendo partidos de fútbol.
Valencia, Barcelona, Bilbao, Sevilla… Esos nombres de equipos le transportaban a otros lugares. Allí jugaban sus futbolistas preferidos, pero también se abrían las posibilidades para quienes quisieran vivir holgado. Adorador de Cristiano Ronaldo y forofo del Real Madrid, cuando escuchaba esta palabra pensaba en un futuro lejos de la escasez.
"Empecé a ayudar a mi padre, que tenía trato con Nueva York o Chicago. Luego se acabó y me metí a distribuidor. Con una moto, repartía productos de una tienda. Pero el COVID-19 fue el último golpe", indica.
Ya le tiraba lo de abandonar el país, pero con la pandemia lo tuvo claro. Todo estaba de capa caída y cada mañana le tentaba más lanzarse a la aventura. "Donde vivía hay muchos pescadores y es fácil saber si van a venir o no a España", señala. Él fue con varios amigos a uno de confianza. Preguntaron varios días. Y un conocido les ofreció la oportunidad. Estaba construyendo una embarcación. Saldrían pronto por un precio de 200.000 francos senegaleses (unos 300 euros). "Sabía que costaba eso, o 300.000 (450 euros), o 400.000 (600 euros) y ahorré durante meses", afirma.
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Al cabo de unas semanas se concretó el aviso. Saldrían a mediodía. 129 personas. Él se montó con varios amigos. Habían sufrido la pérdida de gente cercana en estas mismas aguas. "Muchos compañeros o familiares han muerto, pero yo tenía esperanza”, aduce. El día era soleado, pero pronto la humedad les caló. "Hacía mucho frío y la lancha se inundó", dice. Malick Ka, de hecho, cargaba una mochila con "mucha ropa" que se cayó al agua. Solo pudo mantener el pasaporte y el celular que guardaba en los bolsillos: "Lo compré por 110 euros antes de salir, para avisar", confiesa. Las primeras llamadas desde el extranjero alegraron a su padre y pillaron a contrapié a su madre: "Él me había dicho 'si quieres, vete' y ella no sabía que lo había hecho".
La travesía tuvo momentos tensos. Sobre todo de noche. Pero cantaban al profeta y ahuyentaban los malos augurios. Malick Ka dice que ejercía un poco de guía. “Animaba y mantenía la calma”, apunta. Se hizo de día y parecía terminado, pero aún quedaban horas. De repente, vieron una silueta en el horizonte. "Era la montaña más bella que he visto nunca", recuerda. En unos vídeos que envía posteriormente aparecen esos momentos, jaleados por frases en wolof, su lengua materna.
Era una loma de Gran Canaria, la isla a la que se dirigían. A pocos metros de la costa, les aborda una lancha. "Nos recogió la Cruz Roja y nos llevó a un puerto. No sé cuál es”, comenta. Al ser los primeros días de noviembre, aún no había tanta cantidad agolpada en estos lugares y le dirigieron pronto a un hotel. El Holiday Club Puerto Calma, situado al sureste de Gran Canaria: estos establecimientos se están utilizando, ante la falta de turismo, para alojar a los inmigrantes. También se está levantando un campamento provisional y usando instalaciones del ejército. Desde el 1 de enero hasta el 15 de noviembre de este año habían llegado a las costas canarias 16.760 migrantes en patera o cayuco, un 1.019,6% más con respecto al mismo periodo de 2019, según datos del Ministerio de Interior.
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"Aquí nos han tratado muy bien. La gente muestra su cariño y nos ofrecen de todo", dice, contando cómo desde aquella llegada a España solo ha esperado a ver qué puede hacer. "Cada día me levanto, desayuno, hago algo de ejercicio y luego estamos en la habitación o el comedor", anota. Tienen manutención incluida. "A veces hay problemas porque ponen cosas que ni los senegaleses ni los de Malí ni los marroquíes comemos", ríe. También intenta aprender alguna palabra en español, aunque sigue manejándose en francés.
Cuando pasen las fiestas, verá cómo juntarse con su tío en Cataluña. "Quiero ir allí. Solo quiero trabajar como sea y donde se pueda", asegura. Incide en eso: "Nosotros solo queremos trabajar. No somos ni bandidos, ni ladrones, ni drogadictos, ni alcohólicos". Su única ambición es sacar un sueldo. "En Senegal es imposible. Con el trabajo de una persona se mantiene a toda la familia", expone.
​Ka lamenta que se les mire mal. "Si vas a mi ciudad verás que hay americanos, franceses, italianos… y no les ponen ningún problema. Al revés, se les trata bien porque hacen cosas. A nosotros en Europa nos ponen mil problemas, y son ellos los que quitan nuestros recursos: en mi playa, todos los barcos grandes son chinos. ¡Y no quedan ni peces!", exclama, reconociendo la suerte de estar bajo techo y lamentando la coyuntura de otros compatriotas, hacinados en barracas o esperando ayuda. Una situación que ha provocado las quejas de vecinos y el temor a que la isla se convierta en una bomba migratoria como Lesbos, en Grecia. "Tengo esperanza. Y no me preocupa el riesgo que haya que tomar", sentencia sobre su futuro.
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