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Maradona, una pelota y un viejo violín stradivarius

© REUTERS / Ted Blackbrow/Pool/FileDiego Maradona tras marcar un gol en el partido con Inglaterra en el Mundial de México 1986
Diego Maradona tras marcar un gol en el partido con Inglaterra en el Mundial de México 1986 - Sputnik Mundo
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MOSCÚ (Sputnik) — El flash que anunció la muerte de Maradona entró como un latigazo. Y lo grité. No con el orgullo de quien celebra un gol, sino con el dolor de quien se come un penal con el que se le escapa algo grande. Tal vez único.

Después tomé mis cosas y me fui a casa sin escribir una línea más. Por el camino, en el metro, leí infinidad de mensajes del mundo del fútbol, la política, de los artistas y de gente común, que lloraban, todos, la partida del más grande jugador que mis ojos vieron.

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Repasé después aquel resumen del Mundial de México-1986. Lo vi un par de veces, a pesar de haberlo visto muchas otras, y de haberlo compartido siempre en mis redes sociales, aunque solo fuera por si alguno, que llegara tarde, lo encontrara y no se perdiera todo aquello que disfruté en la sala de mi casa ante un humilde televisor en blanco y negro.

Luego me dormí. Y soñé. Fue un sueño a retazos, casi intermitente. De esos que se van y vuelven, en el cual siempre el Diego era el protagonista, unas veces con la pelota y otra sin ellas. Hasta el amanecer.

Crónicas bestiales

Tenía 60 años Maradona. Los había cumplido el 30 de octubre. Y con esa edad cualquiera puede morir, de cualquier cosa. Aunque para morir no hay edad, solo basta con haber nacido y tener un poco de mala suerte, la misma que tuvo el Diego hace un día, poco después de haber pasado por el quirófano para corregir algo en su cabeza.

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En las redes y los medios llueven los mensajes. Los grandes ases del deporte recuerdan al eterno capitán de la selección argentina. Escriben Rafael Nadal, Magic Johnson, el mítico Pelé, Roger Federer, Cristiano Ronaldo, el gordo Ronaldo y Messi. Y también el genial Joaquín Sabina, entre muchos otros.

Pero lo mejor está en los medios. José Luis Hurtado lo hace genial desde una columna en Marca, con aquello de "Mira hijo, Maradona no sabía meter goles feos". O Jorge Valdano desde El País con "Adiós a Diego y adiós a Maradona", donde describe, como nadie, las dicotomías de la vida del astro con el cual compartió en la cancha momentos de gloria.

Nunca vi tanto dolor en las redes, ni tantas portadas en los medios. Ni con la muerte del papa Juan Pablo II, ni con la de Kobe Bryant, el 26 de enero de este año fatídico para el deporte, y para muchos.

Un balón para soñar

En su vida, el Diego solo necesitaba un balón para convertir en arte aquellos toques. El golpeo cariñoso a la pelota lo hizo grande, lo convirtió en un artista infinito y perdurable, del cual casi nadie puede pasar. La mayoría para bien. Algunos para mal.

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En un bando están los que admiran al artista, al jugador bestial que no solo llevaba la pelota atada a sus botines, sino que tenía ojos, además, para esquivar al defensor rival, que, planchas por delante, venía directo a cortarle las piernas, como pasó alguna vez en España.

En el otro, los que que creen que su amistad con ciertos personajes y su adicción lo lastraron para siempre.

Yo me quedo con mi sueño de anoche: una habitación semioscura, con un sofá enorme en una esquina, sobre el cual descansaban una pelota y un viejo violín Stradivarius. Todo delante de una mesa con unas partituras encima, una botella de Capitán Morgan (cualquiera sabe porqué) y un habano aún ardiendo.

De la habitación, por una ventana entre el humo, mucho humo, se iba Diego.

© REUTERS / Marcos BrindicciDiego Maradona fumando
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