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"Había muchas ganas": el Rastro de Madrid vuelve después de 37 domingos

© Sputnik / Alberto García PalomoPedro 'Recicletas' en su puesto del Rastro de Madrid
Pedro 'Recicletas' en su puesto del Rastro de Madrid - Sputnik Mundo
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La pandemia dejó a este mercadillo de la capital en suspenso. Tras ocho meses de negociaciones con el Ayuntamiento, ha regresado con la mitad de puestos y un aforo limitado.

Por un momento, la nueva normalidad se parecía demasiado a la vieja. La gente destinaba el aperitivo al brindis con amigos, algunos músicos callejeros animaban las terrazas y por Ribera de Curtidores bajaban y subían hordas de curiosos entre puestos del Rastro. Madrid parecía vestir el domingo 22 de noviembre con ropajes de época prepandémica. Hasta que, bajo ese plató idílico, la realidad se imponía: entre las tiendas reinaba un extraño vacío, los policías controlaban el acceso a las calles y sobre los productos, botes de gel desinfectante. Casi nueve meses después, este mercadillo mítico de la capital española regresaba a su sitio. La pandemia lo había dejado en suspenso.

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Desde el 8 de marzo, el Rastro se había replegado. Al principio, como parte del paquete de medidas severas para frenar la crisis de coronavirus. Después, por desavenencias con el Ayuntamiento. En total, 37 semanas del calendario sin este zoco madrileño donde se mezclan la quincalla con la ropa interior y los vecinos de más pedigrí con los novatos en el arte del regateo. En la vuelta faltaba la mitad del millar de puestos, unos 150 agentes custodiaban el ajetreo y una cifra establecía el número máximo de personas que podían estar juntas: 2.702.

Varios policías municipales iban parando la cola de visitantes en lo alto de la plaza de Cascorro. A su lado, un miembro de Protección Civil contabilizaba el tráfico. En una de las primeras tiendas, Isaac Parra atendía a una pareja. Preguntaban por una sudadera. "Está yendo bastante bien. Y ya había muchas ganas", confesaba el vendedor.

​Un poco más allá, Antonio Calle también valoraba el reencuentro. "No sale muy rentable, pero es un aliciente", reflexionaba con un cigarrillo de liar y una mascarilla con la frase: El Rastro, mercadillo legendario de Madrid desde 1740. "La gente no tiene mucho dinero y nos han reducido los puestos, pero ha merecido la pena", añadía a sus 62 años y con más de 35 de experiencia. Su compañero Pedro Recicletas opinaba igual. Con las bicicletas recicladas que le otorgan ese apodo que usa como apellido, expresaba que no esperaba tanta afluencia. "De esto no vivo, pero saco algo", apuntaba quien lleva desde los 17 años ayudando en el mercadillo.

© Sputnik / Alberto García PalomoVarias personas reposan en la Plaza de Cascorro de Madrid durante el primer domingo del Rastro
Varias personas reposan en la Plaza de Cascorro de Madrid durante el primer domingo del Rastro - Sputnik Mundo
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Varias personas reposan en la Plaza de Cascorro de Madrid durante el primer domingo del Rastro
© Sputnik / Alberto García PalomoMilagros Mateos, tendera del Rastro de Madrid
Milagros Mateos, tendera del Rastro de Madrid - Sputnik Mundo
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Milagros Mateos, tendera del Rastro de Madrid
© Sputnik / Alberto García PalomoVarias personas miran un puesto del Rastro de Madrid
Varias personas miran un puesto del Rastro de Madrid - Sputnik Mundo
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Varias personas miran un puesto del Rastro de Madrid
© Sputnik / Alberto García PalomoDiana Casado, tendera del Rastro de Madrid, en su puesto de 'souvenirs'
Diana Casado, tendera del Rastro de Madrid, en su puesto de 'souvenirs' - Sputnik Mundo
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Diana Casado, tendera del Rastro de Madrid, en su puesto de 'souvenirs'
© Sputnik / Alberto García PalomoUn vendedor del Rastro de Madrid en su puesto de bolsos y accesorios
Un vendedor del Rastro de Madrid en su puesto de bolsos y accesorios - Sputnik Mundo
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Un vendedor del Rastro de Madrid en su puesto de bolsos y accesorios
© Sputnik / Alberto García PalomoUna tendera del Rastro de Madrid
Una tendera del Rastro de Madrid - Sputnik Mundo
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Una tendera del Rastro de Madrid
© Sputnik / Alberto García PalomoLa calle Ribera de Curtidores, en Madrid, el primer domingo de la vuelta del Rastro
La calle Ribera de Curtidores, en Madrid, el primer domingo de la vuelta del Rastro - Sputnik Mundo
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La calle Ribera de Curtidores, en Madrid, el primer domingo de la vuelta del Rastro
© Sputnik / Alberto García PalomoAntonio Calle, tendero del Rastro de Madrid, en su puesto
Antonio Calle, tendero del Rastro de Madrid, en su puesto - Sputnik Mundo
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Antonio Calle, tendero del Rastro de Madrid, en su puesto
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Varias personas reposan en la Plaza de Cascorro de Madrid durante el primer domingo del Rastro
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Milagros Mateos, tendera del Rastro de Madrid
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Varias personas miran un puesto del Rastro de Madrid
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Diana Casado, tendera del Rastro de Madrid, en su puesto de 'souvenirs'
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Un vendedor del Rastro de Madrid en su puesto de bolsos y accesorios
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Una tendera del Rastro de Madrid
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La calle Ribera de Curtidores, en Madrid, el primer domingo de la vuelta del Rastro
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Antonio Calle, tendero del Rastro de Madrid, en su puesto

A tramos, el tumulto se concentraba, se escuchaban gritos de "oferta en gafas de sol" o "dos por uno en calcetines" y algunos se paraban en las barras de los bares o las escaleras a observar la estampa. Milagros Mateos reseñaba que "gracias a la lucha" había podido instalar la carpa. "Llevamos meses negociando con el Ayuntamiento y como ya nos tenían en el punto de mira, vieron la pandemia de oportunidad para eliminarnos", expresa quien heredó el negocio de su padre, que vendía pantalones vaqueros. "Aún está registrada con su nombre", explica esta mujer de 55 años con cuatro décadas empleando los domingos en el Rastro.

​Enfrente, Diana Casado se movía entre souvenirs de España. "Lo que han hecho ahora lo podían haber hecho antes", advierte sobre esta espera de 258 días. Ella, de 23 años, trabaja en un laboratorio. Pero echa una mano a su padre los domingos. "Hemos vendido de todo. Ahora con esto no va tan bien, tendremos que pensar en otras cosas, porque siempre hemos estado a la moda", sonríe. Marcelo Bouso se quejaba del lío que había con las entradas y salidas. "Es incómodo para clientes y tenderos", analizaba este vendedor de 41 años, que indicaba: "Y han reducido demasiado el aforo. No entiendo cómo en un centro comercial como El Corte Inglés entran 8.000 personas y aquí unas 2.000".

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La asociación Salvemos el Rastro, que lleva todo este tiempo criticando los impedimentos del consistorio, ha celebrado este regreso. "Estamos satisfechos porque hemos conseguido un acuerdo digno", destacaba Mayka Torralbo, portavoz de la agrupación, a pesar de que en algunos momentos se lanzaron consignas contra las autoridades. "¡Almeida, dimisión!" o "¡Queremos trabajar!" fueron los gritos que profirió un grupo de vendedores. Acusaban al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, de haberles condenado a un año en blanco. Y protestaban por el caos de pasos que tenían en las calles. 

El horario se mantenía similar al de antes de la epidemia. De nueve a tres podían vender, con unos minutos extra para montar y desmontar. En este bautizo tras la crisis sanitaria, hacia mediodía se alzaba el momento cumbre. En torno a la una y media, cuando el sol caída oblicuo, la muchedumbre empezaba a desvanecerse. El tránsito se dispersaba de las principales arterias a los bares periféricos, que prometían en grandes letras vermú de grifo o raciones de calamares. Al salir de la zona, una notificación saltaba en ese centinela que llevamos en el bolsillo: "¿Qué te ha parecido El Rastro de Madrid?", preguntaba el móvil, como si nada hubiera ocurrido en estos meses.

Como si la nueva normalidad fuera idéntica a la antigua. Da la tentación de recordar las palabras de Andrés Trapiello, cuya obra comprende miles de pasajes sobre este mercadillo mítico, y responder: "El Rastro es como un retrato sin maquillaje de la ciudad. La gente comparece como cuando te vas a dormir o a la tumba: sin máscaras. Las cosas de El Rastro no quieren parecer mejores, ni tienen ninguna voluntad de aparentar lo que no son. Es ahí cuando la ciudad aparece y las personas se muestran más fielmente retratadas". No en esta ocasión: ahora la gente camina con tapabocas y por turnos, aunque haya instantes en que lo obviemos. 

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