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El Líbano agoniza ante la indiferencia de sus dirigentes

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El Líbano vive la peor crisis económica y social de su historia. El sistema político confesional y la corrupción de las élites dirigentes frena cualquier tipo de reforma.

De ser considerada la Suiza de Oriente Medio, a equipararse con Afganistán o Somalia. El Líbano vive este año un triste centenario de su nacimiento como país; soporta una agonía que ha dejado al descubierto años de engaño sobre el sistema económico del que presumía.

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Economía
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Durante las tres décadas posteriores al fin de la guerra civil (1975-1990), el Líbano recibió miles de millones de dólares de la diáspora. Los bancos locales ofrecían tasas de un 10% a sus clientes, mientras prestaban al Banco Central del país al 15% de interés. La paridad artificial de la libra libanesa con el dólar ofrecía una imagen de moneda fuerte que atrajo también a muchas fortunas del Golfo.

Pero cuando la situación internacional en el área se agravó —conflicto en Siria, tensiones entre Arabia Saudí y Estados Unidos con Irán— las fortunas extranjeras y nacionales se llevaron sus ahorros en dólares al exterior. Todo el sistema financiero se vino abajo y se descubrió que el milagro económico ocultaba en realidad un sistema piramidal a la Ponzi o a la Madoff.

Las cifras de la catástrofe

Hoy, el Banco Central cifra su deuda en más de 68.000 millones de dólares; los bancos privados, en 50.000. El Estado, ineficiente desde siempre, está en bancarrota. La deuda ha superado los 100.000 millones de dólares, es decir, el 170% del PIB. La inflación se acerca al 60%.

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La situación social traspasa cualquier límite de alarma. El paro llega al 45% de la población, más de la mitad de los libaneses viven en la pobreza. Habiendo cotizado toda su vida a la seguridad social, la clase media debe renunciar a cuidados sanitarios, a menos que se trate de operaciones a vida o muerte. Un sistema económico improductivo desde siempre, obligado a importar la mayoría de los bienes de consumo provoca ahora que un paquete de pañales cueste 20 dólares; el precio de la leche para bebés ha aumentado de 9 a 27 euros. En total, entre el pasado mes de octubre y mayo de este año, el precio de los productos alimentarios escaló hasta un 72%.

Un poder en manos de los 'señores de la guerra'

Estas cifras apabullantes deberían hacer reaccionar a los dirigentes del país. Pero es el sistema de reparto del poder uno de los principales inconvenientes para solucionar la crisis. En el Líbano, el Estado reconoce 18 comunidades religiosas. Entre ellas, cristianos, musulmanes suníes y musulmanes chiíes se reparten los resortes del poder, en teoría, según su representación demográfica.

Esa "democracia del consenso" no ha servido sino para que los cabecillas de esas comunidades y los clanes y las redes que les apoyan se hayan repartido los frutos de una economía basada en la corrupción y la mala gestión.

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Ya en 2018, el Fondo Monetario Internacional y países como Francia (ligada al nacimiento del Líbano) acudieron al rescate en la llamada Conferencia CEDRO (el cedro es el símbolo del país). Sobre la mesa se habló de 11.000 millones en préstamos urgentes para poner un primer remedio a la crisis. Pero los negociadores internacionales chocaron con la oposición de los dirigentes de cada confesión. Las exigencias de los prestamistas internacionales podían arruinarles sus negocios. Efectivamente, una ley de independencia judicial, un sistema de control transparente de las aduanas y fronteras o los inevitables recortes en el gasto público acabarían con el sistema que ha mantenido a clanes y familias no solo en el poder, sino vivir en la opulencia.

Esos jefes de clan son casi los mismos que dirigían las milicias confesionales que se combatieron durante 15 años, cada uno, claro está, respaldados por padrinos internacionales. Treinta años más tarde, han cambiado el uniforme color caqui o verde por el traje y la corbata, pero siguen siendo 'señores de la guerra' a la afgana, que defienden sus intereses materiales por encima del bien de su país.

La 'Revolución de octubre', apagada

La llamada Revolución de Octubre, de 2019, representó el hartazgo de la mayoría de la juventud contra el sistema de representación comunitaria que dirige el país; contra la corrupción endémica de la clase dirigente, tapada durante décadas por una economía mantenida con artificios financieros sin base real. Las calles de la capital, Beirut, y otras ciudades reunieron a ciudadanos de diferentes confesiones religiosas para pedir el fin de un sistema que impide al Líbano desarrollarse como un país independiente del comunitarismo que atenaza su desarrollo económico y social.

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Pero el COVID-19 apagó el fuego que iluminó durante muchas noches las calles de la protesta. Además, la tensión internacional en el área volvió a dispararse entre Estados Unidos e Irán, acusado de ejercer su influencia a través del movimiento chií Hizbulá, con el que cristianos y musulmanes suníes deben negociar obligatoriamente para gobernar el país. El Líbano ha sido tradicionalmente escenario de las rivalidades de sus vecinos: Siria, Israel, Arabia Saudí, Egipto, Irán… La catástrofe que vive el país de los cedros no puede sino activar los intereses exteriores que apoyan a los dirigentes locales. Unos jefes de clan que han transformado las diferencias confesionales en divisiones, como señala la escritora libanesa Dominique Eddé.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE SPUTNIK
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