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Ralentización del COVID-19 no trae un horizonte de normalidad a los hospitales españoles

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MADRID (Sputnik) — Las medidas de confinamiento dictadas por el Gobierno de España están permitiendo contener la expansión del COVID-19 y aliviar la carga de trabajo en los hospitales, pero el sistema público de salud sigue enfrentando una situación sin precedentes que no permite imaginar un escenario de vuelta a la normalidad en el corto plazo.

Este lunes 20 de abril el Ministerio de Sanidad reportó la muerte de 399 personas en las últimas 24 horas por COVID-19, lo que supone la cifra más baja en casi un mes, desde el pasado 22 de marzo. Esta tendencia a la ralentización de la enfermedad se deja notar también en la ocupación de unidades de cuidados intensivos (UCI), que muestra descensos en muchas comunidades autónomas.

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Por ejemplo, en la Comunidad de Madrid —la más afectada de todo el país— a día de hoy están ocupadas 1.111 camas de UCI por enfermos de COVID-19, lo que supone una reducción importante respecto las 1.528 que estaban ocupadas el 2 de abril, hace poco más de tres semanas.

No obstante, los profesionales sanitarios recuerdan que la situación sigue siendo de absoluta excepcionalidad, algo que se refleja en que la mayoría de esas camas no son ordinarias, sino que forman parte del refuerzo específico contra la pandemia.

"La situación de las UCI todavía en Madrid está a algo más del doble de la capacidad de camas antes de la crisis. La reducción se sustenta en un sobresfuerzo dos veces por encima de lo habitual", señala Ángela Hernández, vicesecretaria general de la Asociación de Médicos y Titulados Superiores de Madrid (AMYTS).

Más allá de las unidades intensivas, que siguen arrastrando un importante volumen de trabajo, donde más se nota la reducción de la presión es en los servicios de urgencia, aunque también están lejos de volver a la normalidad.

Espejismo en urgencias

Ana Giménez, que trabaja en las urgencias del Hospital Infanta Leonor de Madrid, cuenta que durante este fin de semana la recepción de pacientes se redujo a baremos muy fuera de lo habitual, creando lo que a sus ojos es "una especie de espejismo" causado por las circunstancias excepcionales.

De forma habitual este hospital recibe alrededor de unas 300 urgencias diarias, pero en la jornada del 19 de abril hubo "un número bajísimo de consultas en urgencias, por debajo de 100".

"Estamos teniendo una situación anormalmente buena, anormal incluso para la vida habitual de las urgencias. Ocurre que por un lado tenemos el descenso espectacular de los pacientes COVID-19 y por otro lado el miedo todavía persistente en los pacientes de otras especialidades", apunta Giménez.

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El relato de esta doctora —que también es miembro de AMYTS— incide en que a los hospitales "están llegando muy pocos pacientes ordinarios", pero cuando lo hacen "están muy malitos", porque el miedo al contagio les retiene en su casa y sólo buscan ayuda cuando su condición empeora de verdad.

Con todo, este escenario es más alentador que el de las últimas semanas, en el que según las palabras de Giménez había "un desbordamiento brutal, con pacientes graves en sillas y otros incluso en el suelo" a la espera de que quedara una cama libre.

El escenario es mejor, pero cabe destacar que la expresión utilizada por esta trabajadora sanitaria para describir la situación es "espejismo", ya que es consciente de que no hay margen para relajarse.

La falta de equipos de protección adecuados sigue siendo un problema en los hospitales, y la creciente llegada de pacientes no COVID-19 abre nuevos retos. Estas personas deben ser testadas y en caso de dar negativo se deben crear circuitos limpios para que su paso por el centro no acabe con un contagio.

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Esto implica que cualquier persona que cruce la puerta del hospital, sin excepciones, debe ser tratada en como si tuviera el virus. "El 30% de los pacientes que ingresamos por causas ajenas al COVID-19 al final resultan ser positivos, que en realidad serán un 40% por los falsos negativos. Nosotros no podemos jugar a la ruleta rusa, tenemos que estar siempre protegidos", relata Giménez.

La constante vigilancia con pocos recursos de protección, más allá del espejismo de la menor actividad, configura los parámetros de la nueva normalidad para los médicos: una amenaza constante de contraer o transmitir el virus mientras cada centro improvisa su forma de establecer circuitos seguros.

"Ya se oye hablar a algunos gerentes del reinicio de la actividad normal, y estamos preocupadísimos, porque no puede haber actividad normal en el sentido con médicos de bata de algodón atendiendo a sus pacientes, eso ya no puede ser, y no sé si podrá volver a ser", concluye Giménez.

Más allá del foco

El relato de los sanitarios en Madrid refleja que la vuelta a la normalidad es un horizonte lejano incluso cuando se recibe a menos pacientes. Sin embargo, la realidad de España es diversa, y lejos de los principales focos de transmisión —en los que habría que incluir Cataluña, País Vasco o las dos Castillas— algunos territorios sí empiezan a tomarse un respiro.

Cantabria es una pequeña región del norte de España que con 580.000 habitantes que contabiliza más de 2.000 casos y 150 fallecidos por COVID-19, superando las cifras oficiales de muertes en países como Argentina o Ucrania. Gracias a las medidas de confinamiento, Santander, la capital de esta región, ya nota una reducción de la presión que le permite incluso retirar el refuerzo en sus UCI.

"La menor presión asistencial de pacientes COVID-19 se traduce en menos hospitalizaciones y por tanto en menos ingresos en intensivos, lo que por ejemplo nos ha permitido retirar los refuerzos extra que se colocaron en las UCI", explica la doctora María Ángeles Ballesteros, intensivista en el Hospital Marqués de Valdecilla de Santander, donde se llegó a doblar el número de camas UCI para atender la crisis.

Incluso en ese contexto de menor tensión, esta especialista —que además es coordinadora de la Sociedad Española de Medicina Intensiva Critica— coincide con sus colegas de Madrid a la hora de concienciar sobre la imposibilidad de un retorno a la antigua normalidad.

En concreto, Ballesteros subraya que "esto nos va a cambiar a todos", algo que en el ámbito sanitario se traducirá en "una nueva realidad" en la que será necesario "aprender a convivir con el virus" para prestar atención a todos los pacientes, siendo imprescindible compatibilizar eso con la protección de población y sanitarios porque "la amenaza siempre está ahí".

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