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Un año después de los Juegos Olímpicos, Río de Janeiro está sumida en el caos

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RÍO DE JANEIRO (Sputnik) — El 5 de agosto de 2016, Río de Janeiro se convirtió en el centro del mundo al organizar los primeros Juegos Olímpicos que se celebraban en América del Sur, pero un año después el recuerdo es agridulce para una ciudad asolada por la crisis económica y una inédita ola de violencia.

"Superamos todas las dificultades, crisis que ningunos Juegos celebrados antes tuvieron que enfrentar en secuencia y aun así entregamos unos Juegos alegres, que aunque no fueron perfectos fueron muy brasileños, dejaron a todo el mundo que participó contento y orgulloso", dijo a Sputnik el portavoz del comité organizador de Río 2016, Mario Andrada.

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Para Andrada, la organización de los Juegos en sí fue un éxito, más allá de lo sucedido después a su alrededor.

Las ciudades olímpicas suelen vivir una "resaca" cuando pasan los Juegos.

Pero esta ciudad brasileña tuvo que enfrentarse a dificultades desde el principio, ya que consiguió organizar el mayor evento deportivo del mundo en medio de una grave crisis económica y política, pues tuvo lugar durante el "impeachment" a la entonces presidenta Dilma Rousseff (2011-2016).

Hubo algunas "decisiones empresariales" equivocadas, observó Andrada, como el planteamiento de la Villa Olímpica, un conjunto de torres de apartamentos de lujo que, debido a la crisis que vive Brasil, apenas logró compradores y está prácticamente vacía un año después de que los mejores atletas del mundo dejaran sus cuartos.

El portavoz de Río 2016 también lamenta que los políticos hicieran promesas ligadas a los Juegos que estaban fuera de la realidad, como descontaminar el 80 por ciento de la Bahía de Guanabara, donde se desarrollaron las pruebas de vela.

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Las aguas de la bahía siguen igual o peor, critican los ecologistas, que no creen que los Juegos hayan dejado ningún legado ambiental positivo.

Para Andrada, hay que separar las olimpíadas de la gestión que se hizo del legado, por lo que su balance, a pesar de que cree que algunas oportunidades podrían haberse aprovechado mejor, es positivo.

"Me gusta la definición de Thomas Bach (presidente del Comité Olímpico Internacional, COI): fueron unos Juegos maravillosos en la ciudad maravillosa", dijo.

Pero su visión contrasta con la de muchos cariocas, escépticos de los beneficios que la Olimpiada dejó en la ciudad.

Instaciones vacías y abandonadas

"Río está en el ojo del huracán, en un momento muy dramático, y ahora se ve claramente que aquello no tenía nada que ver con el deporte, sino con la mercantilización de la ciudad", explicaba recientemente en un debate público la coordinadora del Instituto de Políticas Alternativas para el Cono Sur, Sandra Quintela.

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Ese centro de pensamiento llevó a cabo un informe alternativo sobre el legado olímpico, según el cual los Juegos sirvieron para privatizar buena parte de la ciudad y entregarla a los empresarios.

Un ejemplo es el Parque Olímpico, repleto de modernas instalaciones deportivas que permanecen cerradas la mayor parte del tiempo a falta de un modelo claro de gestión.

Se gastaron 7.230 millones de reales (2.300 millones de dólares) en construir pabellones y estadios deportivos.

Concluidos los Juegos, la alcaldía planeaba entregar la zona a una concesionaria privada, pero ninguna empresa mostró interés y, ante la crisis económica que afecta al municipio, el Gobierno Federal tuvo que hacerse con el control del Parque Olímpico, sin que se haya presentado todavía un plan para el futuro de las instalaciones.

Mientras tanto, la piscina olímpica en la que se colgaba los oros el nadador Michael Phelps quedó abandonada y llena de mosquitos porque ni siquiera había dinero para desmontarla, como estaba previsto en un principio.

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El pabellón de balonmano también fue efímero; sus estructuras iban a servir para construir cuatro escuelas públicas, pero el plan se quedó en la nada.

Incluso el COI regañó recientemente a las autoridades cariocas por la dejadez para gestionar la herencia olímpica.

"Fue una Olimpiada maldita que devastó la ciudad (…) la primera Olimpiada de América del Sur debería haber sido un ejemplo, pero no dejó nada, las instalaciones están cerradas", criticó la exatleta Edneida Freide, quien daba clases de atletismo para niños y jóvenes en el estadio Célio de Barros.

Este recinto deportivo, situado justo al lado del estadio de Maracaná, fue destruido para dejar sitio a las operaciones logísticas de las ceremonias de apertura y clausura y hasta ahora no fue reconstruido, dejando sin lugar de entrenamiento a más de 800 niños.

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La alternativa podría ser el nuevo estadio olímpico de atletismo de Engenhão, construido para los Juegos Panamericanos de 2007, pero para hacer uso de esas instalaciones hay que pagar, algo lejos del alcance de muchas familias humildes que llevaban a sus hijos a los entrenamientos de Freide.

"¿Cómo es posible que un estadio que se dice olímpico no tenga un proyecto de iniciación al atletismo?", cuestionó la deportista.

Las obras que acabaron con el estadio para jóvenes atletas se hicieron con el argumento de que había que modernizar el mítico escenario del fútbol Maracaná, pero también sirvieron para que se enriqueciera el entonces gobernador de Río de Janeiro y uno de los principales impulsores de la candidatura olímpica.

Sérgio Cabral (del gobernante Partido del Movimiento Democrático Brasileño) se embolsó un parte del presupuesto de esta y de otras obras olímpicas, como la línea 4 del metro, que con seis estaciones, costó 10.000 millones de reales (2.300 millones de dólares) y su media de pasajeros está un 46 por ciento por debajo de lo previsto.

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Cabral está preso y condenado a más de 15 años de prisión, pero para la mayoría de los cariocas la corrupción o el abandono de las instalaciones olímpicas son desafíos secundarios comparados con la creciente inseguridad que se vive en las calles.

Otro de los proyectos que se fraguaron al calor de los años preolímpicos, la pacificación de las favelas (barrios hacinados) con unidades de policía fijas, también presenta fuertes señales de desgaste.

En los seis primeros meses del año, 920 personas murieron en operaciones policiales y 91 agentes fueron asesinados, mientras los índices de violencia caminan rápidamente hacia los peores años de la década de los 90.

El propio ministro de Defensa del Gobierno, Raul Jungmann, hablaba hace poco de "guerra" para definir la realidad de la "ciudad maravillosa".

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Ante el descontrol de la situación y la incapacidad de la gobernación del estado de Río de Janeiro, que está en bancarrota y apenas tiene dinero para pagar al día a los policías, el Gobierno Federal desplegó la semana pasada en la ciudad 8.500 efectivos de las Fuerzas Armadas, y colocó tanques en las plazas.

Para muchos, los soldados son un alivio, para otros, como la activista Gizele Martins, una amenaza y un signo preocupante de la normalidad con que se está "militarizando" la vida en la ciudad:

"¿Cómo una ciudad puede aplaudir los tanques de guerra? Apuntan hacia nosotros en las favelas como si fuéramos el enemigo", lamentó Martins, para añadir decepcionada: "Nunca veremos otra vez ningún gran evento deportivo de la misma forma que lo veíamos antes por televisión".

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