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Los hibakusha o los fedatarios del horror

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Kenji Kitagawa tocaba el órgano en su colegio aquella mañana del 6 de agosto de 1945 cuando le sorprendió un flash lejano de una intensa luz azulada. Le siguió un rugido, el desplome del edificio, la oscuridad, el fuego y los gritos de sus compañeros pidiendo ayuda. A duras penas gateó hasta la salida dejando atrás cadáveres carbonizados.

"Aunque no pienso cada día en aquellos sucesos, es muy fácil para mí recordarlo con todos los detalles cuando alguien me pregunta o escucho hablar de la bomba atómica", explica Kitagawa a Sputnik Nóvosti, quien en aquellos momentos tenía diez años.

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Kitagawa es uno de los 183.000 hibakusha o supervivientes de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, muchos de los cuales se esfuerzan estos días en contar sus experiencias para evitar que se repitan.

La vida de los hibakusha no ha sido fácil. Muchos arrastran el sentido de culpa del superviviente. En su país fueron discriminados durante mucho tiempo y la severidad de sus heridas les impedía ocultar su condición. La creencia de que sus enfermedades eran contagiosas rompieron matrimonios. Muchos eligieron la soltería para evitar que sus hijos nacieran con dolencias radioactivas heredadas. También tenían problemas para encontrar trabajo. A su soledad ayudó que algunos perdieran a toda su familia en aquella mañana estival de 1945. Kitagawa perdió a su hermano y a su madre.

"En Hiroshima apenas siento la discriminación, pero sí en otros lugares", afirma. Hiroshima es la excepción a la ausencia en Japón de monumentos a las víctimas de las bombas. La ciudad tiene una especial sensibilidad por los problemas de los hibakusha pero está lejos de cubrir todas sus necesidades. Los supervivientes, con una media de edad de 80 años, tienen una lista de espera de tres para ingresar en el asilo.

"No hay palabras para describir lo dura que ha sido mi vida. Sin comida, sin ropa ni lugar donde dormir. Pensé que aquello terminaría pronto, pero duró cinco años, diez años… aún hoy mi situación es complicada", continúa Kitagawa.

Bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki - Sputnik Mundo
Bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki

El estigma del hibakusha ha remitido, pero aún reciben más atención fuera que dentro del país. El mayor estudio sobre la salud mental de los hibakusha fue realizado por investigador estadounidense Robert Jay Lifton en 1967. En sus conclusiones subrayaba su eterno sentido de vulnerabilidad por los efectos de la radioactividad que podían manifestarse en ellos tarde o temprano o en sus descendientes. 

Un grupo de descendientes de hibakushas pidieron esta semana a las autoridades nuevos y más amplios estudios sobre las enfermedades relacionadas con la radioactividad después de que una encuesta interna revelara que el 60 por ciento de ellos "albergaba preocupaciones".

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La encuesta, practicada sobre 2.391 hibakushas de segunda generación, evidencia que el temor sigue 70 años después en quienes ni siquiera sufrieron directamente la bomba nuclear.

Los supervivientes ejercen hoy como un activo grupo de presión contra las políticas del primer ministro Shinzo Abe, quien prevé reabrir los reactores nucleares y modificar la pacifista constitución japonesa en contra de la opinión pública.

Como principales víctimas de la guerra y la energía nuclear, los hibakusha piden que Japón no olvide las enseñanzas de la Historia. "Abe no sufrió nunca la guerra, pero espero que sea más cuidadoso con sus políticas", señala Kitagawa.

 

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