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Perú, ante la peor crisis constitucional de su historia

© REUTERS / Enrique Castro-MendivilPresidente de Perú, Ollanta Humala con nuevo primer ministro, Pedro Cateriano
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El nuevo jefe del Gobierno de Perú, Pedro Cateriano, tiene un mes para formular su programa, recabar apoyos y sellar pactos antes de saber si el Parlamento le respalda.

Perú se encuentra probablemente ante la peor crisis constitucional de su historia. Este es el complejo panorama que hereda el nuevo primer peruano, Pedro Cateriano, nombrado para el cargo por el presidente Ollanta Humala después de que el Congreso de la República censurara a su antecesora, Ana Jara, por un escándalo de escuchas ilegales a manos de la Dirección Nacional de Inteligencia (Dini).

La Dini cometió ciertamente actividades irregulares al recopilar miles de datos de políticos, periodistas y personalidades públicas, así como de otros ciudadanos y empresas particulares, pero Jara ha resultado ser el chivo expiatorio de una especie de "tormenta perfecta", pues no ha quedado demostrado que ella ordenara o estuviera al tanto de las operaciones.

Este caso de espionaje ha tenido un fuerte impacto en la opinión pública peruana, muy sensibilizada después de los delitos cometidos u ordenados —desde sobornos hasta asesinatos- en los años 90 del siglo pasado por el temido Vladimiro Montesinos, jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) y mano derecha del expresidente ahora entre rejas Alberto Fujimori.

Pedro Cateriano, que ya ha ocupado la cartera de Defensa, ha tendido de inmediato la mano a la oposición, consciente de que debe ganarse a pulso la confianza de las bancadas adversarias pues el oficialismo no tiene mayoría parlamentaria. Lo tiene muy difícil, porque su talante confrontacional le ha ido granjeando muchas enemistades políticas por el camino y ahora tiene la obligación de pasar una moción de confianza de resultado bastante incierto. En caso de que no ganara la votación, según recoge la Constitución peruana, el presidente Humala estaría facultado a disolver el órgano legislativo y convocar elecciones, lo que supondría una mayor fase de incertidumbre política.

Las primeras palabras de diálogo lanzadas por Cateriano —el séptimo primer ministro en cuatro años de Administración Humala- ya han sido examinadas con lupa por los diputados afines a la populista Fuerza Popular, de Keiko Fujimori, y a la socialdemócrata Alianza Popular Revolucionaria Americana (Apra), del expresidente Alan García.

Por fortuna para Cateriano, los legisladores de Perú Posible, fieles a otro expresidente, Alejandro Toledo, ya han recogido su rama de olivo. Pero sus voces no son suficientes para superar el envite.

El nuevo jefe del Gobierno —hombre incondicional del premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, quien apoyó a Humala en los comicios que ganó en 2011- tiene un mes para formular su programa, recabar apoyos y sellar pactos antes de enfrentarse a la decisión de los diputados.

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El sacrificio de Jara no ha sido un hecho baladí, y posee trascendencia histórica. Ha tenido que pasar casi medio siglo, desde 1963, cuando los militares estaban en el poder, para que un primer ministro fuera censurado por el Congreso. Los analistas locales coinciden en señalar que la moción iba destinada realmente al propio presidente, cuya popularidad ha caído hasta el 25%.

Humala podría haber elegido a un tecnócrata entre las filas de los suyos para que presidiera el Gabinete de ministros y éste continuara trabajando hasta el verano que viene, cuando termina su mandato. Los empresarios y algunas fuerzas políticas apoyaban esa línea de consenso que habría pasado por un candidato más conciliador para reconducir la complicada situación, envenenada por los continuos enfrentamientos entre facciones que a veces se dirimen en los juzgados.

Sin embargo, al optar por el agresivo Cateriano, el jefe del Estado parece indicar a propios y extraños que es proclive a la disolución del Parlamento y que no la teme a estas alturas del partido. La apuesta es ciertamente muy arriesgada porque en ese hipotético escenario de elecciones parlamentarias anticipadas —que se celebrarían en noviembre o diciembre de este año- podría perder terreno hasta su propia formación, el Partido Nacionalista Peruano, que forma parte de la alianza Gana Perú. Para los fujimoristas, que lideraron la moción contra el Ejecutivo, la jugada tampoco sería muy ventajosa porque sólo podría mejorar su número de escaños (ahora tiene 36 de 130) si aumentara mucho la participación electoral, una circunstancia que se antoja improbable. El adelanto podría beneficiar a los que cuentan con menos diputados en la Cámara, como es el caso del Apra de Alan García, y a los que no poseen representación parlamentaria.

Visto lo visto está claro que en su último año de mandato —los próximos comicios presidenciales están fijados para abril de 2016- Humala no quiere caer en la irrelevancia y apuesta por luchar y mantener cuotas de poder a través de su formación, y especialmente gracias a su esposa, Nadine Heredia, una comunicadora atraída por el mundo de la política que no descarta ser candidata al Congreso (la ley le impide serlo a la Presidencia).

Todos estos movimientos sólo se explican porque la campaña presidencial ya ha empezado con fuerza un año antes de que se abran las urnas. Y dos son los candidatos más conocidos por todos: Keiko Fujimori y Alan García. También suenan en las quinielas el exministro del Interior, Daniel Urresti, militar y nacionalista como Humala, y el exprimer ministro democristiano Pedro Pablo Kuczynski ¿Quién ganará? Difícil pregunta porque, como bien apostilla Álvaro Vargas Llosa, "en el Perú resulta imposible hacer pronósticos".

Algunos politólogos ya aventuran que la salida forzada de Jara y la entrada sorpresiva de Cateriano representan el triunfo del sector humalista que se decanta por Urresti. Otros prefieren ver en la moción de censura una pinza entre fujimoristas y apristas para deshacerse de una buena gestora de reformas que podría haberles hecho sombra en las presidenciales. Lo cierto es que unos y otros han actuado de forma conjunta y han dejado al país en medio de un monumental embrollo.

Las previsiones de crecimiento económico en Perú para este año rondan el 4% frente al 2,3% de 2014 y, por consiguiente, no se puede hablar todavía de "vacas flacas" como sucede en otros países vecinos. Sin embargo, este ambiente de enfrentamiento político y de debilidad gubernamental no favorece la inversión ni interna ni externa, de ahí que la patronal peruana haya mostrado su disgusto por el candidato que Humala ha elegido. A esta circunstancia se suma el contexto poco favorable en la región donde se vive una desaceleración de la economía, fruto de una menor producción minera, una ralentización de las inversiones y una caída de los precios de los metales.

La crisis política de Perú se engloba en el contexto de una serie de procesos clave que sacuden América Latina, procesos como la desaceleración económica, el abaratamiento de las materias primas (petróleo, cobre, soja), la agitación social y los escándalos de corrupción que hacen presagiar el fin del hegemonismo reinante en toda la región y el comienzo de una nueva etapa mucho más volátil, cambiante y a la postre más inestable.

 

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