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La mayoría de los rusos no quieren la ampliación territorial del país

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Un año después de la integración de Crimea a Rusia, son más los ciudadanos rusos que no quieren la ampliación territorial de Rusia y abogan por mantener el país en el marco de sus fronteras actuales, según una encuesta realizada por el Centro Levada en marzo de este año.

La integración de la península de Crimea es vista por la sociedad rusa más bien como una excepción que como un ejemplo de solución de situaciones parecidas en el futuro.

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Los datos del Centro Levada testimonian que cada vez más ciudadanos de Rusia llegan a la conclusión de que el país debe existir en el marco de las fronteras actuales, sin pretensiones respecto a otros territorios de la antigua URSS.

En 1998 solo el 19% de los rusos se atenían a esta opinión.

En marzo del año pasado esta cifra ascendió al 32% y en la actualidad conforma un 57%.

El subdirector del Centro Levada, Alexei Grazhdankin, señala que esta tendencia solo cambió el año pasado.

"Sobre la onda de la integración de Crimea algunos sintieron el deseo de integrar algo más", expresó Grazhdankin.

Sin embargo, según el sociólogo, la tendencia general indica que paulatinamente "desaparecen las consecuencias del trauma sufrido por los soviéticos tras la desintegración de la URSS".

El investigador principal del Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias de Rusia, Leonid Bizov, comparte la idea de su colega, al afirmar que "la tendencia principal que se advierte durante los últimos 20 años consiste en la formación en el territorio de Rusia de un Estado nacional, por su puesto, en el sentido político de la nación".

La gente quieren planificar sus vidas, tener un salario estable, organizar sus ahorros, y para ello es necesario un Estado con fronteras aceptadas por el mundo, una legislación estable y sin indeterminación respecto al futuro.

Incluso la existencia de personas con otros puntos de vista en los estratos más pobres de la sociedad no cambian la situación general, ya que, según el politólogo, "la vida toma lo suyo".

Grazhdankin también recuerda que durante estos años en el país ha crecido una generación que ya no percibe la nostalgia soviética.

"Solo las personas mayores abogan por el retorno de nuestros viejos amigos", subraya el experto.

Bizov, por su parte, no descarta que el deseo de los ciudadanos rusos de cambiar sus fronteras a finales de los noventas no fuese un síntoma del expansionismo, sino todo lo contrario, ya que "entonces existían aspiraciones fuertes de librarse de las regiones que provocan inquietud y alarma, como es el caso del Cáucaso Norte".

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Una regularidad semejante puede ser advertida en las respuestas de los encuestados respecto a si consideran permisible que Rusia integre exrepúblicas soviéticas si los rusos residentes en ellas son reprimidos.

Inmediatamente tras la integración de Crimea esta variante extrema fue apoyada por un 58% de los ciudadanos, pero un año después, la cifra disminuyó al 34%.

"La mayoría de los ciudadanos transitan hacia la posición de que Crimea fue una excepción, pero en la mayoría de los casos Rusia no tendría derecho a actuar de este modo", explica Grazhdankin.

Sin embargo, los partidarios de atenerse de modo absoluto a las leyes internacionales continúan siendo pocos, solo un 10%, sin embargo se nota un incremento es superior a años anteriores.

Bizov considera que la comprensión paulatina del papel de los acuerdos internacionales es inevitable, ya que "si consideramos que la opinión pública varía como un péndulo, ya alcanzamos el extremo".

Según el experto la gente asumió el precedente de Crimea sin comprender toda la magnitud de sus consecuencias, por lo que no puede convertirse en un modelo para la mayoría de la sociedad.

"Esta posición extrema no puede ser dominante en la conciencia social, por lo que al llegar al extremo, comenzamos a librarnos de ella", pronostica Bizov.

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