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Un presidente en busca del futuro

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Desde que los demócratas perdieron pie en el legislativo, con los republicanos ya al mando, Barack Obama tendría que ser lo que los estadounidenses llaman un "pato cojo". O sea, un presidente sin futuro.

Un fardo que sonríe y hace discursos. Incapaz de tomar iniciativas mientras cuenta los días que le faltan para abandonar la Casa Blanca. O al menos ese es el papel asignado.

Callar, posar, dejarse ir y comenzar la redacción de sus memorias. Unas típicas memorias políticas expurgadas de chicha, aburridísimas, como las que por regla general firman los presidentes amortizados una vez que enfocan la dorada jubilación.

Barack Obama, presidente de EEUU - Sputnik Mundo
Internacional
Obama se jacta de liderar el mundo

Contra el estigma del embalsamamiento en vida, frente a la imagen débil, difuminada, rota, que venía ofreciendo desde 2012, su discurso de ayer noche equivale a una declaración de guerra. No estoy muerto y no me he ido. Y usaré los poderes presidenciales para taponar cualquier iniciativa que juzgue contraria a los intereses del país.

Al respecto cabe recordar que si bien los republicanos lo acusan de situarse por encima de la voluntad popular, la orden ejecutiva (entre las que destaca, poderosa, la que ha establecido puentes para normalizar las relaciones con Cuba), y el veto presidencial, ni son un invento de Obama ni ha destacado por usarlos de forma imperial.

Franklin D. Roosevelt emitió 3.721 órdenes en 12 años. Thomas Jefferson apenas 4. George W. Bush, 291. Reagan, 381; Richard Nixon, 346. Dwight D. Eisenhower, 484. ¿Y Obama? 200. En cuanto al número de veces que un presidente devolvió una ley al congreso, o sencillamente se limitó a anularla, tampoco aparece destacado Obama.

Solo lo ha hecho en 2 ocasiones, mientras que su antecesor, Bush hijo, lo hizo 11 veces, Bill Clinton 36, Ronald Reagan 39, Nixon 27, Kennedy 12, Theodore Roosevelt 42 y Ulysses S. Grant 45 veces. Así que no. No cuela el discurso de un presidente bunkerizado, que tira abajo las decisiones de la mayoría y se conduce cual césar visionario.

El otro gran asunto del discurso, más allá de mostrar a un presidente dispuesto a aprovechar el tiempo que le resta por más que disponga de un pálido margen de maniobra, es ideológico.

Obama dedicó buena parte de la intervención a explicar que EEUU ha salido de la depresión, la que encontró al llegar al Despacho Oval, herencia envenenada de George W. Bush.

Barack Obama, presidente de EEUU - Sputnik Mundo
¿De qué hablará mañana el presidente Obama?

Tras abrumar con cifras, números y estadísticas, la gran pregunta. ¿Qué hacemos con esta riqueza? O mejor, ¿la clase media, las clases trabajadoras, se están beneficiando de la actual bonanza? La respuesta, obvia, es que no.

Crecen los beneficios de las grandes empresas, las carteras de Wall Street, las cuentas y patrimonios de los multimillonarios, pero los peatones siguen sufriendo, los salarios continúan estancados, la educación es muy cara, las familias destinan buena parte de sus recursos al cuidado de los niños, los derechos sociales son patéticos cuando se comparan con el resto de países occidentales, y en general puede afirmarse que el país mantiene las constantes vitales, neoliberalismo en vena, gobierno para las elites, fijadas por el reaganismo a principios de los ochenta.

Con su alusiones a la América que surge de la II Guerra Mundial, sus guiños al New Deal, y a la robusta clase media que floreció con Eisenhower (republicano y héroe, no lo olvidemos), Obama pretende marcar la senda para las próximas elecciones.

Lejos de arrugarse ante la retórica cainita del Tea Party, que el país debata sobre cuestiones de fondo, capitales, vertebradoras. ¿Acaso no vivió su época de mayor prosperidad cuando la clase media florecía y los ricos pagaban un porcentaje de impuestos mayor que el de sus secretarias?

De ser así, vino a decir, toca posicionarse y explicar si queremos o no regresar a ese paradigma. Si Hillary Clinton, o quien sea que termine por ser candidato, acepta el reto, acaba de recibir la mejor munición posible.

Unas elecciones en las que por vez primera en décadas se hable de la posibilidad de corregir el rumbo. No para llevar a EEUU por la senda del comunismo, tal y como contratacan desde Fox y similares, sino para que la socialdemocracia, versión USA, vuelva a un menú que durante años solo ha recetado liberalismo o más liberalismo.

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