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Lo que queda de Dersu Uzala

© RIA Novosti . Eshtokin / Abrir banco de fotosEl científico ruso V.K. Arseniev, Investigador del Lejano Oriente (a la izquierda) y el conocido cazador y traductor Derzu Uzala (a su lado) en un campamento de la taiga de Ussuríisk
El científico ruso V.K. Arseniev, Investigador del Lejano Oriente (a la izquierda) y el conocido cazador y traductor Derzu Uzala (a su lado) en un campamento de la taiga de Ussuríisk - Sputnik Mundo
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Duele encontrarse con He Ruixin cuando uno ha llegado hasta la lejana frontera sinorusa buscando el espíritu de Dersu Uzala.

Dersu era aquel sobrio, huraño y dignísimo cazador que guió al explorador ruso Vladímir Arséniev por las taigas y estepas heladas y lamentaba al final del clásico de Akira Kurosawa que en las calles no podía disparar, montar su tienda ni respirar.

He viste un ridículo traje de bordados y tonos lisérgicos y regenta un restaurante en lo que se anuncia como un poblado hezhen y no es más que un parque temático, con un tótem salido de cualquier fábrica del Cantón, unos tipos que se esfuerzan con sus danzas regionales y tres tiendas de recuerdos que venden desde artículos locales hasta metralletas para niños.

Los hezhen o nanai son una etnia minoritaria repartida entre Rusia y China. En Rusia viven unos 12.000, según el último censo de 2002, alrededor del mar de Ojotsk. En China quedan menos de 5.000, concentrados en la norteña provincia de Heilongjiang, en un territorio encerrado entre los ríos Songhua, Wusuli y Heilong.

Hasta bien entrado el siglo XX vivieron de espaldas al mundo: nómadas, chamanistas y con una lengua propia de raíz manchú que ya sólo conoce un puñado de ancianos. Los hezhen, acostumbrados a los rigores siberianos, son supervivientes natos. La invasión japonesa de Manchuria redujo su población en un 80 o 90 %, a apenas unos 300 miembros. Muchos murieron en los trabajos forzados en minas o en la construcción de las vías de ferrocarril.

Los hezhen son una de las etnias más características de China. El río les procuraba el alimento, calculaban su edad contando las veces que habían pescado y con la piel de los peces forraban sus cabañas y se vestían. La tribu de la piel de pez, les llamaban. Pero ya hace décadas que la pesca y la caza son insuficientes para el sustento familiar y la llegada de extranjeros ha difuminado su cultura. El budismo ha sustituido al chamanismo, el mandarín a la lengua propia, los tejidos sintéticos a la piel de pez y la vida ya no se articula en torno al río.

He colgó las redes tras veinte años en el río, pidió un préstamo y abrió el restaurante de gastronomía local. “No, no añoro el pasado ni la vida de mis ancestros. Ahora gano más dinero. Mi hijo trabaja de funcionario en la oficina de impuestos de la ciudad y tampoco quiere ser pescador”, señala.

Cuesta encontrar hoy a un pescador entre los hezhen. Cada vez es necesario faenar más lejos para perseguir a los salmones y esturiones que antes abundaban. El Gobierno ha prohibido pescar en dos temporadas durante el año para preservar las especies locales y ha dado el último empujón a los hezhen hacia la ganadería y el turismo.

La elaboración de vestidos con piel de pescado es un proceso laborioso y artesanal que exige arrancarla, secarla, barnizarla, cortarla, coserla y embellecerla. Se utilizan utensilios de bambú porque el cuchillo la dañaría. Son necesarios unos 250 kilos de lucios, carpas o salmones para elaborar un vestido.

Sun Yulin modela la piel en el pueblo donde vive desde que abandonó el río diez años atrás. Invierte un mes en cada vestido y lo vende por unos 8.000 yuanes. Sólo ha colocado un par en lo que va de año. “Es imprescindible tener mucha paciencia y rigor. Necesitas uno o dos años para aprender este trabajo, pero no todo el mundo puede hacerlo. Necesitas un don”, señala.

El turismo ha salvado una tradición milenaria cuando ya expiraba. Sun aprendió el oficio de su tío y lo enseña ahora en colegios. Hace años recibió otro espaldarazo cuando famosos diseñadores de moda quedaron cautivados por los vestidos Hezhen y los exhibieron en las principales pasarelas del mundo. Algunos japoneses y surcoreanos llegan hasta aquí sólo para llevárselos. “Alguna vez aún voy a pescar”, dice Sun cuando se le pregunta si echa de menos el río.

El cuadro de las minorías étnicas en China es más complejo del que se suele presentar. Los que acusan a Pekín de arrinconarlas y promover la uniformidad tienen un problema con las cifras: la etnia mayoritaria han representa hoy el 91,5 % de la población, pero décadas atrás alcanzaba el 95 %. Las 55 etnias minoritarias no están sujetas a la restricción del hijo único, disfrutan de cupos en las universidades y otros beneficios que a veces soliviantan a los han. Pero el progreso ha condenado a los hezhen y otras minorías a sobrevivir como elementos folclóricos.

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