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Lecciones de la guerra entre Rusia y Georgia

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Fiodor Lukiánov - Sputnik Mundo
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Han pasado tan sólo cinco años desde el enfrentamiento armado entre Rusia y Georgia por el control de Osetia del Sur, pero hoy parece que transcurrió mucho más tiempo.

Han pasado tan sólo cinco años desde el enfrentamiento armado entre Rusia y Georgia por el control de Osetia del Sur, pero hoy parece que transcurrió mucho más tiempo.

En este periodo, muchas cosas han cambiado, tanto en Georgia como en Rusia, así como en los países que participaron indirectamente en el conflicto.

Empecemos por Georgia, que fue el primer país entre las exrepúblicas soviéticas en entrar en un conflicto armado abierto con Rusia. Un acontecimiento significativo, sin duda alguna. Georgia ha sufrido una transformación política y en otoño pasado vivió un cambio del poder. Aunque la Guerra de los Cinco Días no acarreó el derrumbamiento del entonces presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, como esperaban muchos en Moscú; es cierto que le hizo un gran daño moral y político. El régimen fue cambiando hacia otro menos reformista y más represivo, enfocado exclusivamente a la tarea de mantener el poder. Cuando tres años después apareció un rival fuerte ante Saakashvili, se hizo evidente que el poder era mucho más débil de lo que parecía.

La mayoría gobernante del partido Sueño Georgiano de hoy promete investigar las causas del conflicto armado y aclarar qué papel desempeñó entonces Tbilisi. Ciertos portavoces del gobierno reconocen los graves errores cometidos entonces, pero no cabe esperar que Georgia cambie su visión de esta guerra al 100%. El trauma es muy profundo. Más aun, todavía amenaza con impredecibles consecuencias políticas en caso de que algún líder de ahora intente cambiar la idea, habitual para los ciudadanos georgianos, de que fueron víctimas en este conflicto. Desde este punto de vista, no sería razonable hacerlo, aunque para las relaciones con Rusia significaría una revolución, una evolución en una dirección totalmente nueva.

El nuevo Gobierno tiene bastantes problemas. Según la mayoría de las predicciones, el Sueño Georgiano ganará fácilmente las elecciones presidenciales en octubre, y el partido de Saakashvili, el Movimiento Nacional Unido (MNU), está perdiendo terreno. Sin embargo hay que tener en cuenta que Georgia aun depende mucho de Occidente, y éste ve los intentos del Sueño Georgiano de arreglar la situación interna como una persecución política, aunque esté justificado.

Así que cierta precaución no les haría mal a los partidarios de Ivanishvili. Además, ahora que la gente se siente mucho más relajada sin la presión del régimen anterior, se ponen en evidencia los defectos de la democracia. En Georgia se habla y discute mucho, la vida política bulle, pero apenas se nota actividad constructiva eficaz. Y cuando el poder no tiene en esencia ninguna oposición la situación es peligrosa. Ahora que el MNU está desacreditado, no hay otra fuerza política seria. Y se sabe muy bien que la falta de oposición corrompe al poder. En todo caso, ahora no se vislumbran nuevas aventuras como las de antaño, Georgia ha sacado buenas lecciones de lo ocurrido.

También han sacado conclusiones en Occidente. La guerra de agosto de 2008 acabó con la idea de la expansión de la OTAN hacia Este, esto ya no figura en las discusiones políticas de Occidente. Para que este tema vuelva a ser prioritario, en EEUU debe ocurrir algún giro político muy brusco. Hipotéticamente, no puede excluirse, pero en realidad por ahora todo progresa en dirección contraria. La expansión de la OTAN ahora cede a los intentos de adaptarla a tareas reales. Y éstas tienen muy poco que ver con el Cáucaso así como con todo el espacio post soviético.

Para Rusia, los últimos cinco años han sido un período de búsqueda. La victoria en la guerra con Georgia fue percibida como un paso importante, como una revancha psicológica por los dos decenios de retroceso geopolítico. Pero al mismo tiempo se hizo evidente que no habría ninguna expansión en aras de la recuperación de lo perdido después de la desintegración de la URSS (que temían en Occidente y algunos países vecinos). Moscú poco a poco sustituye sus ambiciones postimperiales por nuevos intereses y la percepción distinta de su propio papel en sus relaciones con los vecinos. El proyecto de la Unión Aduanera, propuesto unos meses después de la guerra de 2008, era algo muy diferente de todo lo proyectado antes. La racionalidad económica y la lógica de la integración mutuamente provechosa predominan por encima de la idea de la reintegración por la reintegración que solía determinarlo todo antes.

No obstante, el reconocimiento de la independencia de Abjasia y Osetia del Sur fue una solución muy controvertida y complicada. En estos cinco años ningún actor internacional significativo llegó a reconocer la soberanía de Sujum y Tsjinval, y es dudoso que esto ocurra en un futuro próximo. La decisión de Moscú estaba condicionada por circunstancias concretas, fue una medida de estabilización forzada. Sin embargo, no resolvió el problema. El conflicto político-diplomático está congelado, pero no puede quedar en este estado siempre. Hasta que no esté elaborado un modelo que satisfaga a todos, el caso no estará cerrado, y esto quiere decir que algún día puede haber una exacerbación, aunque hoy por hoy el status quo es estable y nadie está interesado en una nueva escalada de tensiones.

Se puede decir que la guerra en el Cáucaso, que emana de la descomposición de la URSS, ha cerrado un capítulo. La crisis financiera mundial que estalló un mes después puso en tela de juicio los resultados de la época que empezó ya en 1990, el momento del triunfo de Occidente y el mercado. La crisis sirvió de catalizador de los procesos que trastocaron todo. La primavera árabe, que arrancó dos años y medio después, agravó la situación aun más. Habrá todavía muchas conmociones de este tipo hasta que se definan los contornos del nuevo orden global. Rusia, que tuvo un papel principal en la historia del siglo XX, y pagó por ello un precio muy alto, ya agotó su límite de conmociones. Y ahora se conformará con el papel de espectador. Si lo permite el argumento de la nueva pieza.

*Fiodor Lukiánov es presidente del Consejo de Política Exterior y Defensa. Director de la revista Rusia en la política global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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