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La 'lista Magnitski': el combate todavía no ha terminado

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Las tensiones en las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, provocadas por la aprobación de la llamada 'ley Magnitski', parecen haberse relajado un poco.

Las tensiones en las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, provocadas por la aprobación de la llamada 'ley Magnitski', parecen haberse relajado un poco.

El Departamento de Estado de EEUU comunicó que la lista de personas sujetas a sanciones consta de 18 nombres, una cifra muy modesta en comparación con las casi 300 personas vetadas que contenía la lista inicial. Sin embargo, el congresista James McGovern, promotor de la iniciativa, no tardó en manifestar que el trabajo no ha hecho más que empezar y que la lista será ampliada.

No cabe la menor duda de que esta tarea -la lucha política entre la Casa Blanca y el Congreso inspirada en el trágico caso del abogado ruso Serguéi Magnitski- continuará. Y todo porque, además de su faceta internacional, tiene razones internas. Al mismo tiempo, existe otro motivo: la ley aprobada a finales del año pasado, se convirtió, debido a una serie de factores, en parte de la política estadounidense. De modo que el Congreso velará por esta herramienta que puede aplicarse en las más variadas situaciones. Bastaría con recordar la tan socorrida enmienda Jackson-Vanik que siguió haciendo política incluso cuando nadie se acordaba ya de las razones de su aprobación.

La Administración de Barack Obama nunca ha apoyado la intención del Congreso de dar al caso Magnitski repercusión internacional y en la medida de lo posible la Casa Blanca y el Departamento de Estado intentaron frenar el proceso, buscando minimizar el daño causado a las relaciones bilaterales. No lo hacían por simpatías hacia Moscú, sino por razones meramente pragmáticas: una serie de asuntos concretos, principalmente relacionados con los conflictos locales, estaba pendiente de solución.

Se pretendió evitar complicaciones adicionales en una comunicación ya no demasiado fluida, sobre todo porque ni Barack Obama ni su equipo parecen creer en la posibilidad de cambiar la postura de países importantes mediante presión de carácter político. Pero por supuesto, nunca lo reconocerían abiertamente, para evitar ser acusados de traición de los intereses nacionales.

El Congreso, por su parte, no está obligado a tener en cuenta semejantes detalles, porque, como se suele decir en el Capitolio, todo congresista y todo senador tienen su propia política exterior. Y es determinada, en primer lugar, por sus objetivos electorales, dado que los miembros del Congreso, que son elegidos cada dos años, viven una campaña electoral continua. Eso significa que un político de nivel federal tiene que tener en mente de manera constante dos factores: la opinión de los electores de su distrito y la recolección de fondos para la campaña. Cualquier tema que se encuentre fuera de este ámbito difícilmente podría atraer la atención de un congresista. Su tiempo es demasiado valioso como para distraerse con problemas secundarios, en este caso los asuntos internacionales.

Sólo una situación relacionada con los electores, una campaña calculada de algún grupo de presión o la posibilidad de afianzar su fama de defensor de los valores opuestos a los da la oposición son capaces de motivar a un político estadounidense. Y este último factor es especialmente relevante, porque el pragmatismo en su estado puro no es muy apreciado en un país con evidente inclinación por la ideología.

En el 'caso Magnitski' han coincidido varios componentes capaces de provocar el interés de los congresistas y los senadores estadounidenses. El asunto se hizo famoso gracias a los esfuerzos del financiero británico Bill Browder, el cliente de Serguéi Magnitski. La necesidad de abolir por cuestiones económicas la enmienda Jackson-Vanik, que había empezado a estorbar a los empresarios estadounidenses, sirvió de catalizador para la aprobación de la nueva normativa. Dado que el Congreso no puede suprimir sin más una sanción contra Rusia, porque ello siempre se vería como una concesión a Moscú, surgió la idea de aprobar alguna otra “medida punitiva”.

Los republicanos se plantean el objetivo de enfrentarse de forma global a cuanto haga la Administración de Barack Obama y de atacar de una manera especialmente activa en los asuntos de más relevancia. Dado que el 'reinicio' de las relaciones bilaterales durante mucho tiempo era visto como un relativo éxito del equipo presidencial, lógicamente esta distensión fue puesta en la picota. Y era una ocasión inmejorable para acusar al líder del país de olvidarse de los principios morales.

Según apuntó un comentarista estadounidense, el trágico destino de Serguéi Magnitski, una vez conocido por los miembros del Congreso, fue tomado por ellos muy a pecho por tratarse de un abogado contratado por un importante fondo de inversiones: era de la misma profesión y clase social que la mayoría de los congresistas y senadores. Acabaron poniéndose en su lugar y adoptando una postura de lo más radical.

Además, la forma que se le dio al caso enmarcaba a la perfección en el contexto ideológico del país: un abnegado y honesto representante de una empresa privada desenmascaraba a los corruptos funcionarios públicos y caía víctima de la despiadada venganza por parte del Estado. Parecía el argumento ideal de una película de Clint Eastwood sobre el enfrentamiento de un valiente y solitario héroe contra un monstruo burocrático. No sorprende que precisamente Serguéi Magnitski fuera inmortalizado por los legisladores estadounidenses en una ley.

De allí varias conclusiones. La primera consiste en que la polémica por la  'ley Magnitstki' irá para largo. El Congreso de EEUU no se retractará, y más por motivos de carácter general que por amonestar a Rusia. La Administración del presidente Obama, intentará gestionar los daños ocasionados a las relaciones bilaterales, pero tampoco pondrá todo de su parte para eliminar este obstáculo.

En realidad, la ley en cuestión podría aprovecharse en un determinado momento por la Casa Blanca. Obama y su equipo tienen una relación muy intensa con el legislativo, siendo la cooperación con Rusia solo uno y no el más importante de sus elementos. De modo que no se querrá arriesgar el capital político del que se pueda beneficiar en caso de real necesidad.

Además, en opinión de Washington, la Casa Blanca ya está asumiendo demasiados riesgos para no agravar las relaciones con Rusia. Sin embargo, tampoco se lanzarán iniciativas que vayan abiertamente contra Moscú, sino que se recurrirá a la diplomacia. Habría que esperar también la reacción de Rusia. Si no es muy global, se podría hablar de un empate, pero si se responde a lo grande, la situación se seguirá agravando.


*Fiodor Lukiánov es presidente del Consejo de Política Exterior y Defensa.
LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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