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El mito de los ovnis, algo de certidumbre en un mundo cambiante

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La noche del 3 de julio de 1947 en las afueras de la localidad de Roswell, en Nuevo México, Estados Unidos, algo cayó del cielo.

La noche del 3 de julio de 1947 en las afueras de la localidad de Roswell, en Nuevo México, Estados Unidos, algo cayó del cielo.

Más tarde supuestamente se encontró este “algo” y fue sometido a investigaciones. ¿Qué fue lo que ocurrió hace 65 años? No hay información exacta a día de hoy, pero apareció una cuasi-ciencia: la ufología.

El mito de los “platillos volantes” desde entonces no hizo sino reforzarse y recibir cada vez más pruebas por parte de aquella gente que creía en ello. En los cielos aparecían objetos voladores, aterrizaban y dejaban huellas. De ellos con regularidad se bajaban los extraterrestres y a veces buscaban contacto con los humanos.

Por supuesto, estos datos no están a la vista. Es información clasificada, porque los humanoides existen y el Gobierno está al tanto pero prefiere ocultarlo, aseguran los entendidos.

Los secretos mejor guardados

La amenaza de una callada infiltración de los extraterrestres evolucionó desde la misma idea de un posible y peligroso conflicto con una civilización tecnológicamente más avanzada. La catástrofe clásica de ‘La Guerra de los Mundos’ de Herbert Wells fue sustituida por la sospecha de que posiblemente ya están aquí, sin nosotros enterarnos.

El mito fue perpetuado por la industria cinematográfica del Hollywood, que creó la legendaria película ‘Hangar 18’; una más próxima a la reflexión, “Encuentros en la tercera fase”; y por supuesto la teleserie ‘Expediente X’, una historia completamente absurda pero con todos los detalles técnicos impecablemente trabajados.

¿Y en qué consiste el mito de la presencia extraterrestre en la Tierra? En primer lugar, en el mismo hecho de su presencia: están entre nosotros y dedicados a actividades peligrosas para el género humano, entre ellas, los secuestros y los más increíbles experimentos. Nos superan con creces en posibilidades, de modo que un particular está completamente indefenso ante la misteriosa fuerza que, para su completa sorpresa, lo ha elegido para algún propósito.

El mito en cuestión radica en una nueva dimensión, la tecnócrata, de la leyenda sobre los vampiros. Las coincidencias son a veces completas. También se pueden percibir vestigios de culpabilidad colectiva por la eliminación de la civilización india, desplazada de la conciencia universal.

Segundo, aparece el elemento de la conspiración: el Gobierno supuestamente oculta los datos relacionados con la presencia de los extraterrestres sobre la Tierra, porque de manera secreta entró en contacto con la otra civilización. Y acordaron que, a cambio de algunas migajas de tecnologías innovadoras, les permitirían realizar a su antojo investigaciones y experimentos. La única condición es no secuestrar a un gran número de personas a la vez, no extralimitarse y actuar con discreción.

Aquí también tenemos un determinado número de arquetipos. Los ‘Hombres de negro’ (‘Men in black’) son otra parte integrante del mito: agentes de un servicio estatal secreto que se dedican a ocultar los datos sobre los ovnis, se incautan de las pruebas materiales, intimidan a los testigos oculares y borran los recuerdos. Se desplazan en helicópteros negros.

Y encima de todo ello están unos enigmáticos comités estatales, diferentes comisiones y consejos que por un lado están en contacto con los extraterrestres y por otro, y debido a sus contactos, tienen el poder real sobre lo que ocurre en el planeta.

Aquí ni siquiera merece la pena buscar las raíces, el autor de los ‘Protocolos de los sabios de Sion’ puede yacer tranquilo en su tumba, sabiendo que su causa sigue viva. Sin embargo, para no traspasar los límites de lo políticamente correcto y a modo de disculpa por años de persecución de los judíos que se plasmaron finalmente en el Holocausto, la idea fue algo retocada.

En la conciencia de la plebe el malicioso pueblo judío que lo puso todo bajo  control del ‘Gobierno mundial oculto’ fue reemplazado por los no menos maliciosos marcianos que tenían su mano de cuatro dedos colocada con firmeza sobre el cuello de las autoridades estadounidenses y de los principales países. El parecido es más que evidente.

El sistema basado en el miedo

La afición a las conspiraciones es el fruto del miedo. El final de las revoluciones industriales del siglo XIX llevó a que el mundo fuera más complicado y el ritmo de los cambios que se producen a diario aumentara considerablemente. La conciencia humana a lo largo de generaciones se llegó a acostumbrar a una cierta estabilidad de las experiencias cotidianas y sobre este fundamento se basaron la cultura, los valores éticos y la vida misma. Pero ahora dicha estabilidad se vio reemplazada por la incertidumbre y el caos.

Las terribles guerras del siglo XX, las armas nucleares, las revoluciones de todo tipo (empezando por las socialistas y acabando por las sexuales), consiguieron su propósito, privando a la humanidad de manera irremediable de su entendimiento del funcionamiento del mundo en el que le ha tocado vivir.

Y en estas condiciones las más extravagantes teorías sobre logias secretas y las infiltraciones de los extraterrestres seguirán teniendo su público. Porque es más fácil asimilar que el mundo esté regido por un intelecto, aunque sea malicioso y falto de humanismo, que por el caos. Es más sencillo entender que sean los masones y los humanoides los que tomen las decisiones a que no haya nadie.

Porque, si hay alguien que tome las decisiones, algún agente experto e informado que asume las responsabilidades, tiene la posibilidad de aportar algo al mundo.

¿Seremos los únicos?

En realidad, los mitos sobre los ovnis no tienen otras explicaciones, a pesar de miles y miles de contactos supuestamente reales. No hay ningún artefacto, ninguna prueba confirmada que se pueda interpretar inequívocamente como señal de la presencia de civilizaciones extraterrestres.

Por mucho que uno quiera, no les puede decir “sí” a los entusiastas ufólogos, seguramente algún fenómeno existe, pero muestras contundentes de su existencia, no.

Y los frecuentes casos de contactos no merecen ser tomados en serios. Tampoco hay que preguntarse si existe algo en el enorme espacio informativo que se extiende entre dos extremos, las creencias paranoicas en los ovnis y la intransigente postura característica para los incrédulos.

Pero para quienes desean algo de certidumbre, pueden escoger una de entre numerosas teorías existentes y aceptarla como si fuera la verdad.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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