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El interminable camino de las reformas económicas en Rusia

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Las reformas económicas en Rusia han cumplido ya veinte años. Un periodo lo suficientemente largo para poder sacar unas conclusiones sólidas. Lamentablemente, los resultados no invitan al optimismo.

Las reformas económicas en Rusia han cumplido ya veinte años.

Un periodo lo suficientemente largo para poder sacar unas conclusiones sólidas. Lamentablemente, los resultados no invitan al optimismo. Sí, el país ha abandonado el esquema de la economía planificada, pero a costa de la destrucción de la mayor parte de su tejido industrial, hecho que ha supuesto su salida del selecto grupo de los países desarrollados. Rusia finalmente se ha transformado en una economía periférica, suministradora de materias primas.   
Tras dos decenios desde el momento del comienzo de las reformas, los economistas todavía se preguntan si el país realmente no tuvo otra opción. Hoy este es un tema de actualidad, porque la economía de Rusia vuelve a necesitar de reformas estructurales. 

El peso de unas reformas abortadas

La mayoría de los especialistas coinciden en que, a comienzos de los años 90 del siglo pasado, la economía de la URSS “necesitaba de una reforma”. “Todo el mundo comprendía esto, pero había poca gente dispuesta a dar los pasos necesarios para llevarla a cabo”, declaró el ex jefe del Banco Central de la URSS, Víctor Gueráschenko el pasado 24 de noviembre en la mesa redonda del periódico Komsomolskaya Pravda “20 años de reformas económicas: éxitos y oportunidades desaprovechadas”.

Hubo, por supuesto, más de un intento de reestructurar la economía. Desde la segunda mitad de los años 80 hasta 1991, algunos grupos de economistas realizaron simulaciones de varios modelos económicos para las reformas, pero la indecisión inherente a la cúpula soviética y las luchas intestinas de la Nomenklatura (funcionarios públicos de alto rango) durante ese periodo, impidieron que se plasmaran en la realidad.  

“Estuvimos trabajando sobre varios proyectos desde 1984, - recuerda el subdirector del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias de Rusia, Andrei Gorodetskiy. – Todo estaba ya listo para ser puesto en marcha, pero una carta de dos académicos, Abalkin y Shatalin, dirigida a Mijail Gorbachov, provocó un cambio de rumbo que terminó con los planes de reforma radical y dio paso al llamado modelo de estabilización financiera. Mientras que el tiempo para llevar a cabo unas reformas normales, escalonadas y preparadas se nos escurría de entre los dedos. El descenso en los precios del petróleo ocurrido a finales de los años 80 y la crisis política interna pusieron a la URSS en un punto de no retorno, tras el cual las reformas radicales ya eran ineludibles.”

Los efectos de la liberalización

La ausencia de alternativas fue la explicación que dieron los partidarios de las reformas neoliberales a las duras medidas impuestas por el gabinete del primer ministro en funciones Yegor Gaidar durante 1991-92, mientras que las duras consecuencias se relacionan con los errores del gobierno soviético, cometidos con anterioridad.

“La liberalización de los precios fue una medida extremadamente dolorosa, muy impopular. El problema es que no hubo alternativa”, considera el ex ministro de Economía de Rusia Andrei Nechaev. Según su opinión, el gobierno de Valentín Pavlov, de facto, ya había liberado los precios al por mayor. Ante esta situación, congelar los precios minoristas sólo era ya posible mediante subvenciones provenientes del presupuesto público. El problema es que el presupuesto se financiaba en un 60% con la emisión. “Si no se pueden controlar los precios minoristas, hay que liberalizarlos”, asevera Nechaev. 

Los efectos negativos de la liberalización fueron muy resonantes: la inflación en 1992 fue del 2500%, mientras que en los países del Este de Europa este indicador fue menor.

La diferencia en los resultados, en opinión del director del departamento de análisis estratégico de la compañía gestora FBK, Igor Nikolaev, estribaba en que otros países del bloque oriental habían comenzado el proceso de liberalización de los precios un par de años antes que la URSS. Además, en ese momento en el tejido económico de esas naciones ya se había imbricado el sector privado, por lo que los precios ya eran libres.

Otros expertos piensan que la hiperinflación fue el resultado de unos malos cálculos. “El sistema de precios que teníamos en la URSS, no se podía cambiar sólo con liberalizarlos. Analizando las causas de la destrucción del mercado de bienes de consumo, vemos que los precios se dispararon, mientras que las tarifas arancelarias se mantuvieron en torno a un 0, 001% del precio de los productos. Este sistema no estaba en condiciones de regular nada, no podía garantizar en absoluto la estabilidad económica del mercado interno y esto provocó lo que provocó”.

Gorodetskiy está convencido de que la liberalización era inevitable pero, llevada a cabo sin una preparación adecuada, se convirtió en un freno para las reformas: “El quid de la cuestión no está en la conveniencia de las reformas, sino en que las mismas fueron implementadas, como siempre, mal. Después, como consecuencia, durante toda la década de los noventa estuvimos lidiando con los efectos perniciosos de esta imperfecta liberalización”. 

No hay justificación

Es cierto que se desarrollaron acciones con efectos mucho más graves. Los partidarios de las reformas liberales incluso hoy califican la privatización de la propiedad pública de “sucia e injusta”.

Es difícil buscar culpables en este complicado asunto. Según Igor Nikolaev, la decisión de plantear un sistema de privatización por bonos de la propiedad pública se tomó a mediados de 1991. El problema es que se aplicó en unas condiciones de hiperinflación y eso fue un craso error. “El bono se convertía pronto en un papel casi sin valor que se compraba y se vendía. En aquella situación económica esa privatización fue injusta, sucia”. 
La segunda etapa del proceso privatizador fue todavía más cuestionable. “Si la privatización de los bonos tenía alguna justificación, las subastas de acciones contra crédito no la tuvieron –afirma categóricamente, Igor Nikolaev. – La herencia de esa forma de hacer las cosas todavía va a pesar sobre nosotros como una losa durante mucho tiempo”.  Una de las consecuencias fue el gran nivel de desconfianza de la gente hacia el hombre de negocios y el mercado libre, y la confianza en los mecanismos de la economía de libre mercado es “un fundamental componente socioeconómico”. 
Por otra parte, el director del Instituto de la globalización y los movimientos sociales, Boris Kagarlitskiy propone valorar las reformas desde el prisma de quienes se han beneficiado de ellas.

Los agraciados por las reformas

“Se impuso la parte de la Nomenklatura que veía la solución de sus problemas en el paso al capitalismo. Y definitivamente los solventó; la burocracia gestora del partido comunista se transformó sin traumas en una burocracia burguesa”.

El camino de las reformas, según Kagarlitskiy, fue diseñado por la Nomenclatura no en los años 90 y ni tan siquiera al final de la perestroika, sino mucho antes. “La decisión la debió haber tomado el gabinete de Brézhnev, sin ser plenamente consciente de ello, cuando orientó la economía a la exportación de hidrocarburos a mediados de los años 70. Tras ese paso, todos los demás no fueron más que detalles”.

La versión es aventurada pero, en parte, da una respuesta a la pregunta candente todavía hoy: ¿Porqué la economía rusa requiere de una reforma radical?     

    
LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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