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Rusia aprendió bien las lecciones de grandes potencias. Nezavisimaya Gazeta

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La operación de coerción a la paz en Osetia del Sur demuestra que Rusia aprendió de forma impecable todas las lecciones que  las grandes potencias le enseñaron a ella y al mundo entero en esta última década, opina Vladislav Inozémtsev, director del Centro ruso de estudios sobre la sociedad postindustrial. La imposición de paz es una medida legítima, señala él en un artículo publicado hoy en Nezavisimaya Gazeta

 

La primera lección asimilada por Moscú es que el mundo, con la experiencia de conflictos en la ex Yugoslavia, Timor Oriental y otras regiones del planeta, asume una actitud tolerante ante la defensa armada de minorías étnicas que son oprimidas de forma brutal por la mayoría. Los bombardeos de Serbia en 1999, por monstruosos que fuesen, son indudablemente mejores que la pasividad de las fuerzas de paz en Srebrenica, en 1995, o en Ruanda, en 1993.

A la hora de lanzar un ataque contra Tsjinvali, Georgia cometió un error garrafal al suponer que Rusia se abstendría de una respuesta militar. Ésta no tardó en llegar y obedeció a los cánones elaborados por potencias occidentales.

Otra lección consiste en el uso acertado de la doctrina de intervención humanitaria. Es la primera vez que Moscú consiguió hacerlo, tanto al nivel de retórica como en la práctica, avalando su actuación con referencias al mandato de las fuerzas de paz otorgado en su día por la ONU. 

El término de coerción a la paz, que el presidente ruso Dmitri Medvédev escogió para definir la respuesta militar a Georgia en Osetia del Sur, no tiene nada que ver con las promesas arrogantes de su antecesor dispuesto a cargarse a los extremistas "hasta en las letrinas". Al concepto de intervención humanitaria le espera, probablemente, un gran futuro: tiene ahora un adversario menos.

En tercer lugar, Rusia actuó en el marco de la doctrina favorita de EEUU, la de acción preventiva. Sus bombardeos contra objetivos militares georgianos apartados de la zona del conflicto causaron indignación en Occidente pero difícilmente son criticables: en su mayoría, se asestaron contra instalaciones que podían usarse para atacar a tropas rusas. Tal actuación reproduce exactamente la lógica que guió a Israel cuando bombardeó un reactor nuclear iraní, en 1981, y el esquema que EEUU ensayó en Iraq en 2003 y se empeña en aplicar ahora a las instalaciones nucleares en Irán.

El conflicto en Osetia del Sur hizo a EEUU sufrir un fuerte revés político, igual de grave que en el caso del Sr. Saakashvili. Por vez primera, Rusia actuó al estilo occidental: no rebasó el marco que la ONU había establecido para sus fuerzas de paz; resaltó el carácter humanitario de su operación; y recordó su derecho de liquidar puntos de fuego del enemigo, si éste se opone a la imposición de paz.

Lo único que le queda a EEUU es preguntarse hasta qué punto es cierta su tesis favorita de que una nación democrática jamás actúa en calidad de agresora.

De forma inesperada resultó que Rusia tiene asimiladas muchas lecciones que aparentemente nunca iba a aprender. Es un resultado alentador. Y contrariamente a lo que piensan algunos expertos, no hay motivos para suponer que Dmitri Medvédev se vea influido ahora por los cuerpos de seguridad. El uso de la fuerza en un caso de necesidad, en particular, para prevenir la masacre de civiles, testimonia que el nuevo presidente de Rusia es capaz de dar pasos adecuados.

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