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Gran Bretaña, Francia y la "entente cordiale" del siglo XXI

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(actualizada a las 20:31 10.12.2014)
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El presidente francés, Nicolas Sarkozy, y el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, firmaron un pacto de cooperación militar y nuclear sin precedentes.

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, y el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, firmaron un pacto de cooperación militar y nuclear sin precedentes.

Francia y Gran Bretaña tienen intenciones de coordinar de forma tan estrecha su defensa que la comunidad internacional no ha dudado en calificar este hecho como la creación de una nueva "entente cordiale" (alianza entre Gran Bretaña y Francia, plasmada en el acuerdo de 1904 y que culminó en 1914 con la entrada conjunta de ambas potencias en la I Guerra Mundial).

El acuerdo de cooperación militar estipula la creación de fuerzas mixtas, el mando conjunto en determinadas operaciones militares y la mutua protección de sus buques, sobre todo, de los portaaviones.
Además, el convenio prevé la cooperación en el ámbito de desarrollo y fabricación de armamento y material bélico, así como en materia nuclear. Históricamente, la fuerza nuclear británica se ha formado con la colaboración de los EEUU, mientras que Francia creó su potencia nuclear independientemente.

El largo camino hacia la cooperación

Francia y Gran Bretaña durante los últimos 1000 años han tenido unas relaciones muy complejas que han pasado de la más cálida amistad al odio absoluto. Unas relaciones que, en esencia, han determinado el destino y el rostro de Europa.
Estas dos naciones, con siglos de rivalidad militar, lograron establecer una alianza sólida a mediados del siglo XIX, aunque en los años 20 y 30 del siglo XX pudo haberse producido un conflicto militar entre Francia y Gran Bretaña. Además, también se registró un encontronazo cuando se firmó el armisticio de Francia con Alemania en Junio de 1940. A Gran Bretaña no le gustó y atacó a la flota de su aliado francés.
Pero la situación se complicó tras la Segunda Guerra Mundial. Los imperios coloniales, las grandes potencias europeas que habían regído los destinos del mundo en el pasado, Francia y Gran Bretaña, no pudieron resignarse con su nuevo papel de actores secundarios en la política de los nuevos líderes globales, EEUU y la URSS.
E intentaron reaccionar con su participación en la Guerra del Sinaí, llamada también la crisis de Suez o bien la guerra de Suez de 1956. Aquello fue un conflicto militar librado en el territorio egipcio que implicó una alianza militar formada por el Reino Unido, Francia e Israel con el fin de mantener el control sobre el Canal de Suez (hasta ese momento en posesión anglo-francesa). Este canal se había transformado en la principal ruta para transportar el petróleo desde el Golfo Pérsico a Europa resultando, por ello, clave para todas las economías de Europa Occidental.
Sin embargo, los EEUU y la URSS tenían otros planes al respecto y optaron por apoyar la nacionalización del Canal de Suez por Egipto. La coalición formada por el Reino Unido, Francia e Israel tuvo que retirarse.
Esta cooperación dentro de la estructura de OTAN parece un tanto extraña. Por un lado, estas potencias formaban parte del grupo fundador de la Alianza Noratlántica, pero, por el otro, Francia, que siempre ha tenido un talante independiente, a mediados de los 60 empezó a tener contactos con la URSS, y en 1966 abandonó la estructura militar de la OTAN.
A pesar de esto, Francia y Gran Bretaña mantuvieron su política de cooperación. Francia llevaba le voz cantante, mientras que el Reino Unido, cuya situación económica tras el colapso del Imperio Británico dejaba mucho que desear, se aprovechó del tirón francés para preservar su industria de Guerra y no convertirse directamente en una base militar y una sucursal de corporaciones estadounidenses.
Para la elite gobernante del Reino Unido, la alianza con Francia y ampliada al entorno de la Unión Europea siempre ha sido una alternativa muy válida a la tradicional cooperación con los Estados Unidos. El trabajo conjunto con sus vecinos ha dado hasta ahora frutos como el avión comercial supersónico Concorde, el cazabombardero Jaguar, el sistema de misiles PAAMS, entre otros.
Entre los años 40 y 60 del siglo pasado, cuando Washington y Nueva York se convirtieron en los centros políticos y económicos de la civilización anglosajona y, por ende, mundial, Gran Bretaña era un mero satélite de los EEUU. Este era un papel muy poco agradable para un país referente como el Reino Unido. Es bien conocido que a los líderes nunca se les perdonan sus debilidades, por lo que las burlas no tardaron en llegar: el “51º Estado de la Unión”, “el portaaviones insumergible”, etc.

La crisis facilita un nuevo acercamiento


2010. La situación es tan difícil para el Reino Unido como para Francia. La crisis económica ha obligado a recortar los gastos militares a ambos países que, por otra parte, se han topado con la barrera tecnológica que provoca una drástica subida de los precios en los trabajos de investigación y desarrollo, además de retrasos en los plazos de entrega del nuevo material y armamento.
Pero los problemas en el Reino Unido son más graves que en Francia. La nueva Estrategia de seguridad nacional hecha pública por el gobierno británico a finales de octubre pasado, estipula un recorte en los presupuestos militares de un 8% durante los próximos cuatro años. Y es evidente que este proceso continuará.
Hoy en día, los dispendios militares del Reino Unido son de unos 60 mil millones de dólares. No parece una suma pequeña pero, si tenemos en cuenta los altísimos precios del armamento en Europa Occidental y los enormes gastos que conlleva el mantener un ejército profesional, este presupuesto, en realidad, resulta modesto.
Estos cambios afectarán en primer término a los Ejércitos más costosos: la Marina de Guerra y la Fuérza Aérea, que se verán privadas de una buena parte del material existente, así como de los suministros en el futuro.
En estas condiciones, el Reino Unido, sin disponer del potencial necesario para aplicar una política independiente, está en peligro de convertirse en una potencia militar de segunda categoría, cuya influencia militar se limitaría a la participación en las misiones de la OTAN.
En ese caso, Washington o Bruselas controlarían las actividades de Londres, cosa de difícil asimilación en el Reino Unido.
 
La tercera vía

Francia que ha vuelto a la estructura militar de la OTAN, también quería conservar un cierto grado de independencia respecto a las decisiones tomadas por Bruselas y Washington. Además, a pesar de las relaciones de amistad franco-alemanas, París buscaba una alternativa a Berlín, que durante los últimos 20 años ha pasado a desempeñar un papel muy importante en todos los procesos europeos.
Las operaciones conjuntas de las fuerzas francesas y británicas, la cooperación en el desarrollo de armamento y una estrategia militar única recuerdan las gloriosas páginas de la colaboración de ambos países durante los tiempos más difíciles de la historia mundial.
Las partes, no obstante, conservan cierto grado de independencia. Por ejemplo, a pesar de su cooperación en el ámbito del desarrollo y fabricación de armas nucleares, Francia y el Reino Unido tienen previsto controlar sus fuerzas nucleares en forma independiente.
Todavía es prematuro hacer pronósticos sobre el éxito de esta alianza. Pero si sale bien, habrá que aplaudir a Londres que logró encontrar una tercera vía donde sólo había dos: la Unión Europea o Washington.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI